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A R E N A S
Revista Sinaloense de Ciencias Sociales
Número 17
Publicación trimestral de la Maestría en Ciencias Sociales. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad Autónoma de Sinaloa. Otoño del 2008, Mazatlán, Sinaloa, México.
MEXICO: BAJO LAS VIOLENCIAS DEL ESTADO Y DEL NARCO

DIRECTORIO
M.C. Héctor Melesio Cuén Ojeda, Rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Dr. Jesús Madueña Molina, Secretario General.
M.C. Giova Camacho Castro, Director de la Facultad de Ciencias Sociales.
Dr. José Luis Beraud Lozano, Coordinador de Investigación y Posgrado de de la Facultad de Ciencias Sociales.
Consejo Editorial: Dr. Luis Astorga Almanza; Dr. José Luis Beraud Lozano; M.C. Pedro Brito Osuna; Dr. Nery Córdova Solís; Lic. José Luis Franco Rodríguez; Dr. Segundo Galicia Sánchez; Dr. Ernesto Hernández Norzagaray; C. a Dr. René Jiménez Ayala; Dr. Arturo Lizárraga Hernández; M.C. Roxana Loubet Orozco; Dr. Carlos Maciel; C. a Dr. Juan Manuel Mendoza; Dr. Rigoberto Ocampo Alcántar; Dr. Arturo Santamaría Gómez; Dra. Lorena Schobert; M.C. Liberato Terán.
Dirección Editorial:
Nery Córdova
Edición y Diseño Editorial
Pedro Humberto Rioseco Gallegos.
Ilustraciones de Arenas 17: Colección “Agua en colores” de Josemaría Miranda
Arenas, número 17, publicación trimestral de la Maestría en Ciencias Sociales. Otoño 2008. Tels: (669) 981–07–62 y 981–21–00. nerycor@yahoo.com.mx. http://faciso.maz.uasnet.mx/editorial/

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CONTENIDO
PRESENTACIÓN………………..……………………………… 5
LAS DROGAS: LAS GANANCIAS IDEOLÓGICAS
de la prohibición
Nery CORDOVA ………………………………………..….7
LA MUJER EN EL “NARCOMUNDO”:
imágenes tradicionales y alternativas
Lilian Paola OVALLE y Corina GIACOMELLO ………..32
EL NARCOCORRIDO Y CULIACÁN a través de
su historia
Luis Omar MONTOYA ARIAS ………………………….46
LA MARIPOSA AMARILLA: el autor, el crimen, un
idiota y el silencio en torno al narco
Gabriela POLIT …………………………………………..66
JUVENTUD, NARCOCULTURA Y CAMBIO SOCIAL
¿el regreso a la cosmovisión tradicional mexicana?
Geowwanny IVANHOE VALDEZ ……………………….86
VIOLENCIA DE GÉNERO: una realidad que
lacera la identidad femenil
Florina Judith OLIVARRIA CRESPO ……………..……100
LA VIOLENCIA EN SINALOA y dos años del
régimen de Felipe Calderón
Arturo SANTAMARÍA GÓMEZ …………………..…..112

P R E S E N T A C I O N
En ARENAS nos acercamos y nos interiorizamos de nuevo en torno al mundo del narcotráfico en sus manifestaciones culturales y en los aspectos que como secuela se han configurado en distintos escenarios y ámbitos de la vida pública. No es necedad. Han sido la realidad social y el Estado y el gobierno los que se han involucrado en una abierta confrontación que sigue lastimando a la sociedad y a la inteligencia y que sigue sangrando a la población. La temática, o mejor dicho, la problemática, parece imponerse casi hasta de forma natural, dada la importancia que la misma reviste para la estabilidad social, para las propias instituciones, y para los ámbitos internacionales, nacionales y regionales y los diversos sectores asediados e involucrados. De forma particular, en Sinaloa se resienten los acontecimientos de forma muy especial, habida cuenta de la relación histórica existente con el llamado submundo de la transgresión y el delito.
De manera que en esta entrega (número 17) sólo conducimos lo que la sociedad muestra respecto de esta faceta, en la que las fuerzas institucionales y oficiales juegan un papel central y protagónico, que le otorga un cariz, un rostro y un estilo a un gobierno que no se sabe de otra para enfrentar al fenómeno sociocultural de la producción y tráfico ilícito de las drogas. En su protagonismo, sin embargo, donde destacan la espectacularidad y la mediatización de las acciones de las fuerzas punitivas del ejército mexicano y de la PGR, la política del gobierno federal no toma en consideración los efectos y los impactos que la violencia institucional genera en las realidades íntimas de los fondos sociales, ahí donde los rencores se siguen acumulando y resguardando como elementos filosos y explosivos y que constituyen una seria amenaza, en el mediano y largo plazo, para la vida social en su conjunto.
A la enorme cantidad de grupos e individuos involucrados en el narcotráfico, pareciera que se han ido sumando ex miembros de las fuerzas armadas, otrora ligados al combate contra las actividades ilegales propias del tráfico de drogas. Esa es la composición sustantiva, por ejemplo, de los “zetas”, al servicio de uno de los grupos más fuertes del mapa de la violencia: el llamado Cártel del Golfo. Desde el gobierno de Carlos Salinas de Gortari al actual, habrían desertado de las fuerzas militares mexicanas cerca de 200 mil hombres, con conocimiento, habilidades y capacidades de distinta índole, no sólo en cuanto a manejo de armas, sino en cuanto a prácticas, disciplina, normatividad y estilo y con información diversa respecto a rutas, tiempos, espacios y estamentos
del delicado mundo del trasiego internacional de los enervantes. Porque, en esta idea, habría que preguntarse: ¿dónde están, qué hacen, a qué se dedican tales desertores y/o renunciantes del ejército y la marina? ¿Seguirán en el desempleo o en el subempleo?
El gobierno federal declaró una supuesta guerra contra la delincuencia y el crimen organizado y por todos lados se destaparon también otras cloacas de la violencia. La muerte se enseñorea en prácticamente todas las regiones y todas las entidades federativas. Miles de muertos, miles de heridos, y una población como rehén de tal guerra que no es solamente mediática sino que implica a los abusos y los excesos por parte de las fuerzas federales, es hasta hoy el resultado más claro de la política antidrogas del régimen de Felipe Calderón.
Por lo pronto, en esta edición de ARENAS se miran varios escenarios de la conflictiva, sobre todo con el ánimo de llamar la atención respecto de las incidencias y profundidades que el problema ha ido alcanzando a lo largo de los años. Por ejemplo: ¿quiénes han obtenido más ganancias con la prohibición de las drogas en el mundo? La reflexión en torno a ello ofrece pistas y señales, sobre todo en lo que concierne a los aspectos ideológicos y culturales. Y en este marco, ¿cómo y de qué manera es la participación de las mujeres en los ámbitos de las drogas? Las especialistas Lilián Paola Ovalle y Corina Giacomello, colombiana una, italiana la otra, pero coincidentes en el estudio, la reflexión, el análisis y la investigación a través de la Cátedra UNESCO del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, han realizado este puntual trabajo conjunto: “La mujer en el narcomundo”.
De su lado, el joven Luis Omar Montoya Arias, de la Maestría en Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa, con sede en la capital del estado, entrega un interesante texto sobre el narcocorrido y Culiacán, en donde apuesta por una taxonomía respecto de las letras de algunos corridos emblemáticos. Y en su turno, la colega de la Cátedra UNESCO, Gabriela Polit, que efectúa ahora sus labores de investigación y de docencia desde Austin, en la Universidad de Texas, presenta sus impresiones sobre la violencia sinaloense, a partir de un encuentro con el escritor Elmer Mendoza. Desde la metáfora y desde su aguda percepción de los fenómenos socioculturales a través de la filosofía de la literatura y la poesía, la doctora ecuatoriana reflexiona y diserta, pese a la rudeza del tema, para beneplácito del intelecto.
El joven Geowwanny Ivanhoe Valdez, egresado de la FACISO y que cursa ahora un doctorado en la Universidad Autónoma de Puebla, nos hace llegar algo de sus preocupaciones de investigación: “Juventud, narcocultura y cambio social” es el título de su colaboración. Por su parte, la maestra Florina Judith Olivarría Crespo se inmiscuye en torno de la violencia de género y expone que se trata de “Una realidad que lacera la identidad femenil”. Y cierra Arturo Santamaría Gómez con un recuento y un balance sobre las duras y constantes acciones y reacciones de los grupos del crimen organizado, en contraste a las incapacidades, limitaciones o insuficiencias del Estado y de los gobiernos federal y estatal para hacer frente a una violencia cada vez más amplia, cada vez más escandalosa y cada vez más escatológica.
Como una suerte de paradoja de la violencia de nuestra temática, participa en cambio el artista sinaloense Josemaría Miranda, para por lo menos soñar con la creación humana, con una treintena de intensas obras, muy recientes, de la colección pictórica “Agua en colores”, muestra que estuvo expuesta en museos de las ciudades de Los Mochis y Culiacán y que concluyó su gira en las mamparas luminosas del Museo de Arte de Mazatlán, con apoyo del Instituto Sinaloense de Cultura. Se trató de una espléndida exposición artística, pletórica de sensibilidad, significación y colorido, ajena por supuesto a los aquelarres de Tánatos, del narcotráfico, del crimen y de la pudrición social.
Nery Córdova

LAS DROGAS: LAS GANANCIAS IDEOLOGICAS de la prohibición
Nery CORDOVA•
(Este ensayo está basado en la ponencia del autor expuesta en el Foro Internacional sobre Drogas, efectuado en Culiacán, en 2008, con especialistas de Canadá, Estados Unidos y diversos países de América Latina, organizado por el periódico estatal Ríodoce).
• Investigador, catedrático, ensayista, cronista, poeta, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de CONACYT. Es integrante del Seminario Permanente “Representaciones sociales y teoría y análisis de la cultura”, y de la cátedra UNESCO sobre drogas ilícitas, ambos del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, y colabora en el Instituto de Estudios Críticos, de la Ciudad de México. Consejero universitario, es también coordinador editorial de la Facultad de Ciencias Sociales.
Alienado y domesticado el mundo occidental a través de los mass media, entre contenidos subyacentes y explícitos que dicen velar por los valores supremos del orden, el progreso, el decoro y la moral como pruebas indiscutibles que garantizan y obligan a la defensa de tales valores por parte del Big Brother yanqui, junto con otros gobiernos adalides de la democracia, la libertad y las sanidades cívicas, buena parte de las naciones y de la población mundial parecieran haber absorbido e introyectado, en frecuencias impunes y sistemáticas, las esencias del discurso hegemónico del poder capitalista multinacional. Etiquetados en listas negras unilaterales, regañados y maiceados, y bajo las advertencias perennes de las represalias del imperio, los gobiernos de las naciones productoras de drogas ilegales, vistos de paso como potenciales gérmenes de narcoterroristas, y con ellos unos 200 millones de consumidores, no han tenido más remedio que habituarse a identificar y estigmatizar al nuevo enemigo de la humanidad, sustituto del comunismo que era ya de por sí perverso: el narcotráfico.
Aunque esto no oculta al hecho, pese a los velos ideológicos y a los desvíos de atención pública, de que tanto las derramas económicas como los impactos y efectos sociales del tráfico internacional de las drogas terminan por concentrarse y evidenciarse, en términos gruesos, en la sociedad norteamericana, que tiene una sólida y extendida industria de reproducción y consumo de prácticamente todos los narcóticos, incluidas las metanfetaminas con su variedad y potencialidad química, y que en su uso y abuso terminan por hojalatear y formatear a seres sin pensamiento, las que de manera literal obstruyen las facultades de sentir, pensar y soñar como el halción y similares. Sólo en el estupefaciente más suave, tienen a mucho más de 20 millones de “mariguanos” como consumidores habituales y adictos. Respecto de los montos de dólares ligados al narcotráfico, cálculos siempre inasibles por la telaraña de intereses involucrados, en cuanto a la plusvalía que actúa como resina en el reciclamiento de inversiones y capitales, nos remiten a cantidades descomunales que van desde los cien mil (sólo en relación con la cocaína) a los 300 mil (con inciertos datos de la DEA) y hasta los 400 mil millones de dólares por año en el tráfico mundial, según informes del Departamento de Estado. Pero sea la aproximación y hasta los inventos de los datos como fuere, dadas las dificultades de medición de una industria que no cotiza directamente en la bolsa ni tiene registros oficiales hacendarios, sin duda que la prohibición es buen negocio.
Empero, lo que nos interesa destacar no son precisamente los dólares, sino lo que tiene que ver con el narco y sus ramificaciones y dones de ubicuidad con la sociedad y la cultura. Más cerca de los ámbitos sociales, comunes y cotidianos del mundo de la vida, el narcotráfico es una representación social, una representación colectiva nutrida hasta el tuétano, o hasta las dimensiones abigarradas de su núcleo, de realidades, hábitat y percepciones cercanas, y que ha sido construída en la confabulación y urdimbre de aspectos como la recurrencia histórica de los hechos y aconteceres; la fenomenología escatológica del sensacionalismo y la mitología; el escándalo mediático-moralista en torno a la estigmatización de los traficantes y el crimen organizado; así como el aderezo de la mezcla de las medias verdades y las medias mentiras que los sistemas y los gobiernos del mundo libre nos han vendido a fuerza, entre demanda y oferta y vía los medios de masas, a lo largo de casi un siglo de combatir supuestamente al flagelo que tiene postrado al hombre: el pecado infernal de las drogas. Administrados que hemos sido casi todos, seguimos percibiéndonos así: bajo el signo y el opio de las creencias y la enajenación.
Pero casi todos sabemos que hasta antes del Siglo XX, las drogas ahora ilícitas formaron parte de un legado antiquísimo de mucho más de dos mil años, y que se hicieron parte y norma de las costumbres, de las prácticas de vida, del aprovechamiento de sus propiedades, y también de sus potencialidades adictivas, y de los hábitos, la fiesta, la recreación y los rituales y que en algunas vastas regiones forman parte de la doxa y por tanto de la propia cotidianeidad y de la cultura. Durante ese largo período el hombre aprendió a vivir, a convivir con ellas, a hundirse en ellas, a confrontarlas como aspectos de su libre albedrío individual, a mirarlas o a soslayarlas. Y así, hemos sabido de reyes y líderes sabios de multívocos estilos y de emperadores sin brújula exudantes de cannabis; pero igual de príncipes idiotas y gobernantes lelos atizándole como pránganas benditos; de papas promiscuos y sacerdotes pederastas quemándole las patas al chamuco; de jefes tribales incestuosos y en “delirium tremens” atascándose de yerbas y ungüentos; de estamentos aristocráticos y puñeteros aspirando y soplando polvos de variada estirpe, que se daban sus buenas amodorradas alucinógenas, y el mundo seguía su curso, entre los renglones torcidos de Dios, y acaso muy pocos se encrestaban por empezar cruzadas, invasiones, satanizaciones, exorcismos y represalias en nombre del Altísimo o la Constitución, ni se daban golpes de pecho ni emitían edictos lacrimógenos por la salvación y la pulcritud del alma de la patria, mientras hoy, bajo las luminarias de la civilización y del progreso y bajo la batuta política e ideológica de los criminales con corbata que dirigen al planeta, centenares de millones de mujeres, niños y ancianos esqueléticos se mueren de inanición y hambre en el atraso y subdesarrollo del hiperrealismo miserable de Africa, Asia y América Latina.
No todo ha sido ludicidad o intoxicación en el ámbito de las élites. En su caso los sectores populares –la perrada nuestra de casi todos tan querida y que nunca falta en los andamios y paréntesis de la historia–, ante la clásica carencia de recursos pues ha utilizado a los enervantes de brujería más inverosímiles como artilugio medicinal para curarse o alivianarse hasta de las dolencias de la marginación más prosaicas, e igual han sido cáñamo, humo, fibra, polvos, aceites y pastas naturistas de la dieta para engañar a la pobreza, al hambre, a las lombrices y al cerebro. Pero igual las han usado como antesalas de la inspiración artística y como ornamentos estéticos o sagrados. Y han sido protagonistas esenciales en los ritos de sus desorbitadas plegarias a las musas, a los dioses y a los pretextos que cada quien se inventa como mecanismos caprichosos de sus propias libertades. O bien las han consumido para andar simplemente hasta atrás, escondidos de sí mismos, alienígenas, encantados, hilarantes y olvidados de los dramas y las cosas insufribles de la vida y francamente como “apaches mariguanos”.
En la llamada “guerra contra las drogas”, establecida como principio en la agenda norteamericana por Ronald Reagan, y que han adoptado y aplicado acríticamente los gobiernos lacayos de América Latina, a cambio de la certificación, las cuentas de vidrio y los consabidos y aceitosos platos de lentejas que se traducen en dólares y armamento para fortificar a los “señores de la guerra” policiacos y militaristas de las nomenclaturas políticas de las naciones productoras, lo que destaca es el ruido de la metralla ideológica, las cursis campañas estilo Paco Stanley, Martita Sahagún o Chabelo que más bien son caricaturas y patrañas, los televisivos tiros al aire y los supuestos de un combate contra los llamados cárteles, mafias, clanes, jefes de jefes y barones de las drogas ilícitas. Sin duda que la muerte de miles de hombres ligados a la industria, en sus eslabones medianos y débiles ha sido real y sangrienta, que ha generado miedo y que ha enlutado y agraviado a millones de individuos, familias y grupos de distintos sectores, pero en el fondo ha sido más precisamente una sórdida batalla contra las sombras, las huellas y los fantasmas del mundo real, contra las supercherías y los mitos prohijados por el propio sistema, aunque desde las sombras los fantasmas sigan aquí causando estragos. Sin embargo, el sistema se envalentona y se consolida al mismo tiempo, cuando ciertos protagonistas cruzan territorios geográficos y jurídicos y se pasan de la raya, y no queda de otra más que exhibir o mostrar a ciertos peces gordos capturados con las manos en la mota. Un dato: en los llamados delitos contra la salud, del total de reos que cursan sus posgrados de delincuencia en las cárceles mexicanas, alrededor de un 40 por ciento están ahí por posesión o consumo de drogas; y sólo un minúsculo uno por ciento de ellos han sido catalogados o etiquetados como traficantes.
Por lo pronto, el despliegue militar del régimen de Felipe Calderón desde el 2007, en busca (de esta forma son concebidos esos grupos y sujetos por las autoridades federales) de los malosos indolentes y acaso de los narcos despistados que andan turisteando, exhibiéndose al aire libre y hasta repartiendo autógrafos en restaurantes y antros, pero sobre todo para que el mundo vea y sepa quién manda en México, aparte de ser un acto que de algún modo aún busca distanciarse del gobierno panista de circo del sexenio anterior que encabezara la caricatura presidencial llamada Vicente Fox, reiteró en realidad el apego a la directriz en materia política de combate a las drogas: hacer como que se combate con ráfagas y rachas de militarismo, que ponen a temblar a los ciudadanos que no tienen vela en los entierros, haciendo gala de la elocuencia institucional de la violencia. Se muestra y se demuestra, por lo menos en las pantallas mediáticas y periodísticas de la comunicación de masas, que las cosas ahora sí van en serio, caiga quien caiga y con todo el rigor de la ley, de su retorcida ley.
Los retenes castrenses en las ciudades, pueblos, carreteras y caminos rurales; las avanzadas hacia los ranchos y zonas emblemáticas de las montañas; el peinado militar de algunos míticos parajes y hondonadas de la sierra; los sobrevuelos desde helicópteros artillados para amedrentar en los campos de cultivo legales e ilegales; los cateos de bodegas y una que otra residencia urbana, pero las más de las veces viviendas, casuchas y arrabales en despoblado; los decomisos hormiga y las incineraciones para solaz, divertimento fotográfico y recreación “chayoteada” de los periodistas en vivo y en directo desde el lugar de los hechos; las detenciones de ladronzuelos y surtidores de carrujos sueltos, grapas y gramos; los enfrentamientos contra guardias, pistoleros y sicarios desmañanados; los ametrallamientos y asesinatos a mansalva de inocentes pero acusados in flagrancia de sospechosismo o de ser sujetos oriundos de las cañadas, cerros, abismos y precipicios de Badiraguato; los desfiles de camiones, jeeps y pertrechos militares ostentando y presumiendo su marcial estampa; la prepotencia inconstitucional investida de verde olivo, vociferando, más si osare, su vocación y su estulticia disciplinada y su fiera creencia de que al matar, agredir o detener a un hombre vestido de narco sinaloense y pueblerino están salvando a la patria. Se trata de imágenes que han revivido los viejos escenarios de la Operación Cóndor de hace una treintena de años, la infamia militar del gobierno mexicano que, con el mismo pretexto de la lucha para acabar de raíz con el narcotráfico, arrasó pero con las raíces de miles de poblados y rancherías con todo y habitantes, en Sinaloa, Chihuahua y Durango, y que aún se recuerda rencorosa y doloridamente. En la sierra, centenares de “pueblos fantasmas” ya se están borrando hasta de los archivos y de los mismos mapas, mas no de la memoria.
Las “flores de la ira”
De ese período aún quedan muchos episodios para ser contados, pero sobre todo es necesario recordar que el uso de la fuerza y la violencia institucional sólo genera y multiplica otro tipo de violencias, sociales, culturales y simbólicas, las cuales se han manifestado no sólo en las regiones ultrajadas, como en una especie de esplendor enervante de “las flores del mal” o “las flores ilegales de la ira”, sino que se han expandido con sus poderes subterráneos y corrosivos hacia otros ámbitos geográficos. Por supuesto, la industria de los estupefacientes no fue erradicada. Al contrario: se hizo más fuerte, ensanchó sus alcances nacionales e internacionales con la avalancha posterior de la cocaína proveniente de Sudamérica por cielo, mar y tierra, amén de la fabricación masiva de las metanfetaminas, y se expandió, se modernizó, se sofisticó, se adecuó a las exigencias del mercado y de los intereses internacionales, además de enriquecer a corporaciones legales, inversionistas, funcionarios y traficantes, que en el trayecto muchos de ellos han sido, de tan vistos y conocidos, prácticamente indistinguibles. Sólo desde Colombia invadirían al mercado del norte del Continente unas 300 toneladas de cocaína: 300 mil kilogramos cada año; y el kilogramo del alcaloide puro en las calles de las principales ciudades estadounidenses llega a alcanzar hasta 150 mil dólares. Sin embargo, en la guerra de las cifras de los organismos multilaterales, se llega a considerar una fabricación potencial de hasta más de 900 toneladas de cocaína: 640 de Colombia, 180 de Perú y 90 de Bolivia. En el periplo, las incautaciones se calculan en un 20 por ciento proporcional, como una suerte de cuasiimpuesto previsto; y son decomisos que, se arguye, son planeados también desde el inicio de los embarques para desviar la atención, con el propósito de que la paquetería valiosa pase libre y sin mayores dificultades las aduanas reales y virtuales.
A pesar de la propaganda o la doctrina méxicoestadounidense, con el uso de la tecnología de punta en la producción intensiva, es muy probable que hoy, tanto California como México y Canadá, por ejemplo y en ese orden, sean los principales productores de marihuana de alta tecnología e ingeniería genética. Un informe del 2005 del Departamento de Estado refiere que Estados Unidos produce y consume unas 10 mil toneladas de ese tipo de marihuana, más unas 5 mil importadas de México y Canadá. Uno de las ventajas es el aprovechamiento integral y óptimo tanto de las hojas, las flores, los tallos, las raíces y las semillas de la cannabis del primer mundo, conocida como “hidropónica”. Hay especial atención por el crecimiento fast track de la fronda de las verdes criaturas, con uso de medidores de tiempo, riego puntual y preciso gota a gota, ventilación para reproducir ambientes naturales, luces móviles adecuadas, nutrientes especiales rociados directamente sobre las raíces, con lo que se garantiza mayor calidad, vigor, vouqué, olor y sabrosura, tamaño y rendimiento. Al final, dice el Departamento de Estado, se tiene una motita “poderosa, peligrosa y adictiva”. Claro, se cultiva en interiores (aunque también en parques y bosques nacionales had hoc), casi exenta la “narcoagricultura científica” de los riesgos de la producción a cielo abierto, sin menoscabo de que la mágica planta se siembre y se cultive en más de 530 mil hectáreas de tierras propicias y naturales, entre ellas las de Marruecos, Afganistán y Pakistán (que surten el 70 por ciento del hachís que se consume en Europa), así como Nepal, Nigeria, Birmania, Turquía, Tailandia y Australia.
¿Tiene memoria histórica el gobierno mexicano? Pareciera que las instituciones siguen respondiendo a la lógica de actuar para conseguir básicamente la legitimación interna y externa, con la reiteración de la política “del garrote”, que genera, en tanto acción plebiscitaria, respaldos sociales inmediatistas y vistos buenos, pero muy escasa eficacia frente a la magnitud del tráfico y su expansivo poder transgresivo. Francisco Thoumi ha advertido con precisión lo que los cruzados no quieren reconocer: la existencia de la corrupción y del narco son sencillamente “síntomas de problemas sociales más profundos”: son efecto y no necesariamente causa.
Ha descrito muy puntualmente los referentes contextuales de Colombia. Dice: “El poder económico se concentra en un grupo de conglomerados que ejerce influencia en el sistema político y triunfa torciendo y manipulando leyes y regulaciones”. Y al referirse al papel del gobierno y la sociedad frente al delito y a lo que denomina como “trampa de la deshonestidad”, en el marco de la rentabilidad de la actividad y a las rutas peculiares e históricas en la conformación de la cultura, Thoumi ha llamado la atención respecto de que en una sociedad como la colombiana, cuyos tejidos se han movido entre la transa, la ilegalidad, la corrupción y la desviación de las normas institucionales y sociales, tener un comportamiento legal tiene un mayor costo. De otra manera: es mucho más difícil acatar las normas sociales y las leyes que incursionar y caminar entre las trampas de la corrupción y la ilegalidad. Los individuos legales llegan a padecer los estragos y las burlas de la estigmatización pública, además de la pérdida de oportunidades para enriquecerse; de lo menos que se llega a acusar a tal tipo ideal es el de ser un “soberano pendejo”. Dirían los versos ya casi clásicos, llenos de esplendor popular y de cinismo, de una narcocanción: “Más vale vivir cinco años como rey, que cuarenta y cinco como buey”.
Los programas federales en México, que se regodean entre los efectos sangrientos y la superficie de un fenómeno que no se agota en su percepción sólo como problema policiaco y de salud, sino que tiene hondas y prolíficas raíces sociales y culturales; y los nuevos estilos y las ocurrencias de gobierno, ahora de los panistas, adolecen de similar sintomatología a las del régimen de antaño, donde al final de cuentas terminan por rendirle una especie de culto, con humor negro involuntario, a los descabezados ubicuos, a las hordas de maratruchas, comandos de zetas y los especializados kaibiles al servicio de las redes de las mafias más siniestras; y en la parafernalia, se ha llegado a la extrema paradoja de las marchas tumultuarias serranas contra el Ejército, desde Badiraguato a Culiacán y Mazatlán, con proclamas hasta hoy inverosímiles e insólitas, pero nomás eso nos faltaba: “Los narcos unidos jamás serán vencidos”, como la gesta de la hiedra y de una confrontación inédita, atizada por la ebullición y el despertar de las larvas de la venganza de grupos alterados, y sobre el magma histórico de los profundos rencores sociales, como de algún modo han narrado los medios, entre ellos, con agudeza nuestro violentólogo semanario Ríodoce.
En el tratamiento político del problema de parte del gobierno panista, se reedita la misma gata parda revolcada, pero ahora llena de furtivos signos, que entreteje, mete hilo y madeja y borda los asuntos, como este tema que nos ha reunido en Culiacán (aún la capital mexicana del narco, pésele a quien le pese), aprovechándose de las situaciones dadas, explotando los agudos problemas nacionales y respondiendo subrepticiamente a sus vergonzantes intenciones redentoras de relumbrón, con el sutil estilo modosito de San Felipe Arcángel (muchos respetables panistas, desde los estrados, pedestales y atriles oficiales transformados en púlpitos supuran hipocresía hasta cuando se persignan). No hay nada nuevo en la estrategia gubernamental, pero si se miran bien, se trata de medidas y campañas extremosas de relaciones públicas y decomunicación social que han sido instrumentadas y exhibidas –por encima de los inocultables abusos depredadores, humillantes y desgraciados de la fuerza, la violencia y la inercia implícita de los batallones, las bayonetas y las botas castrenses–, y hasta presumidas como acciones hollywoodenses, efectistas, como apariencias de un poder presidencial que no se tiene o no se conoce bien a bien y al cual se accedió de manera retorcida o por lo menos no de forma inobjetable, un poder civil que ni se ejerce cívicamente y que, desatada la cacería militar, e in crescendo sus poderes indexados frente a otro poder, profano y corruptor por antonomasia, se corre el riesgo de que tampoco se controlen, pero eso sí, arropándose con la moralina social como máscara, disfraz e ideología. Escandaliza, grita, aúlla, ladra y muerde, ya que al final, en las percepciones y las representaciones sociales de la llamada opinión pública, algo queda.
En el fenómeno de las drogas, que no es sólo un problema, acaso se le ven la cola, las orejas y las huellas al monstruo, pero nunca al ente de cuerpo entero que es precisamente como un fantasma que ronda en la vida pública y que sin duda toca con sus tentáculos los ámbitos gubernamentales de todos los niveles; pero es claro que ese fantasma tiene sus más sólidos asideros y fundamentos en las penumbras y tinieblas de la sociedad. Alguien, siendo gobernador, se atrevió a expresar que la ejemplar y orgullosa economía sinaloense, por ejemplo, estaba sustentada en más de un 60 por ciento con capitales provenientes del narcotráfico. Y claro, los sufridos empresarios, herida y abofeteada su decencia, pusieron el grito en el cielo y exigieron lo que de antemano saben se ha llevado el viento y los alzheimer de la burocracia y de la historia: las inefables pruebas de la complicidad y del olvido.
Si se piensa tan sólo en las confiscaciones, las cifras apabullan. Y en parte tienen esa función: apantallar, y de hecho, en el marco de los planes con respecto a fines de justificación y protección institucional, recrear un contexto de credibilidad para las mismas instancias gubernamentales, con lo que se fortalecen políticamente y ponen a trabajar a cuerpos, élites y batallones especiales contra el delito; explican y justifican sus programas, sus tácticas, sus estrategias y su presencia, sus cargos, su reciclamiento y su existencia. Decenas de miles de individuos con credenciales o encargos federales forman parte de la nómina de la jurisprudencia, la investigación y la persecución del crimen organizado; son actividades peligrosas pero apetecibles, sobre todo para medianos y altos mandos, generadas de manera oblicua por la vigorosa industria del narcotráfico, que le da ocupación, chamba, futuro y destino a sus mismos persecutores. Y gran porcentaje de éstos terminan por engrosar y engrasar las cadenas cada vez más especializadas de la transgresión: persecutores y perseguidos como las dos caras de la moneda, asediados por los desbocados imperios de la corrupción. Se habla de increíbles cifras de quienes han desertado de las fuerzas militares con presumibles ideas o conocimientos sobre las drogas: 270 mil hombres desde el régimen de Salinas hasta el gobierno de Fox. ¿Dónde están, qué hacen?
Pese a que iniciativas, programas y políticas van y vienen, pareciera que éstas nunca fallan ni fracasan, aunque las drogas sigan germinando, caminando, corriendo, flotando y volando por el país y el mundo. Sólo de la que se cosecha, se amasija y endosa desde las tierras controladas por los traficantes, paramilitares y guerrilleros colombianos (ubicados en alrededor de un 60 por ciento del territorio, adonde difícilmente tienen acceso los representantes del gobierno), en el 2007 fue interceptada cocaína pura con un valor aproximado a los 297 millones de dólares, si hemos de creer en los reportes de las cifras oficiales.
“Los guerreros de la muerte”
En su caso, el llamado “Plan Mérida”, anunciado en marzo del 2007, otorgará al país por parte de Estados Unidos de unos 1,400 millones de dólares para su instrumentación durante los primeros dos años (para usarse en equipo satelital de información, capacitación, armamento y tecnología), que es una mísera cantidad frente a la magnitud del tráfico internacional. El plan, que se ha llegado a emular con las acciones gringas en Colombia, que recibió unos 5,000 millones de dólares, es un espaldarazo más, sin embargo, a los guerreros de las drogas con su guerra de humo y simulación y contra los efectos visibles del tráfico; se trata de una medida de más de lo mismo, con el fin político de darle cuadratura y legitimación al régimen calderonista, acordada en instancias claroscuras por ambos gobiernos, y que incluye propósitos contra la inmigración y el terrorismo.
Para quienes hablan de una supuesta “colombianización” del país, habría que recordar que las diferencias de Colombia y México son abismales, tanto por montos, trasiego y tipos de producción como por la cantidad de participantes en los negocios de la droga (un 10 por ciento de la fuerza laboral colombiana está ocupada en tales menesteres de alta y significativa productividad: 1 millón 200 mil trabajadores), así como por historia, tradiciones, contexto sociopolítico y beligerancia de los distintos sectores y grupos involucrados. Un dato revelador: en más de la mitad de
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ese territorio sudamericano el Estado tiene problemas de representación, de control y de permiso.
En ejercicios y cálculos forzados que particularmente hemos efectuado, basados en datos de producción por hectárea (entre 10 y 11 kilogramos de goma de opio por hectárea por ejemplo, para unas 70 mil dosis de heroína si esa fuera su ruta), destrucción de plantíos de marihuana y amapola a cielo abierto, así como por los porcentajes de confiscaciones, en nuestro país la fuerza laboral de esta subversiva, generosa y conflictiva industria sería, relativamente, de unas 750 mil personas –qué consuelo, aunque la perfila como una de las actividades que más empleo genera, sólo por debajo de los rubros petrolero y educativo– y que podrían clasificarse entre familias completas de sembradores y cultivadores, ejidatarios presionados y jornaleros de tiendas de raya, vigías, contadores y organizadores, mandos, espías, “orejas”, “burreros”, “mulas”, transportistas, distribuidores y sicarios, sin incluir, claro, a “lavadores”, prestanombres, funcionarios, inversionistas y fuerzas del orden a la orden y a su servicio, pero proporcionalmente la población total en México (en cerca de dos millones de kilómetros cuadrados de territorio) es de más de cien millones de habitantes, y la de Colombia es de alrededor de 45 millones de pobladores (en poco más de un millón de kilómetros cuadrados).
Un aspecto de discusión que resulta importante destacar estriba en el hecho de que ahí donde se han descuidado las regulaciones sociales e institucionales, es muy factible el surgimiento y desarrollo de los grupos delictivos. Influyen las cuestiones socioculturales y los índices económicos de la pobreza, pero sobre todo el abandono y la marginación institucional. El ya citado Francisco Thoumi lo ha dicho de forma muy directa: “Las mafias surgen donde el Estado deja vacíos”. En esta idea, a pesar de la ampliación del tráfico de narcóticos en México, que ha puesto los reflectores sobre otras entidades y zonas, en “El mapa del cultivo de drogas en México”, el investigador y asesor de la ONU Carlos Resa Nestares, en sus ejercicios de clasificación, refiere que, por lo menos hasta el 2003, entre los 100 municipios con mayor densidad de cultivos de enervantes en nuestro país, entre los 10 primeros lugares, donde truenan más que los chicharrones y (“a mucho orgullo compa” dirían quizá algunos habitantes de esas tierras), 6 de ellos son obviamente sinaloenses. Esos 10 sitios de honor narco los ocuparían, en ese orden, los famosos municipios de
1) Guadalupe y Calvo (Chihuahua)
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2) Sinaloa de Leyva
3) Culiacán
4) Tamazula (Durango)
5) San Ignacio
6) Badiraguato
7) Coyuca de Catalán (Guerrero)
8) Choix
9) Mocorito
10) Coalcomán de Vázquez Pallares (Michoacán)
Aunque densidad y producción sólo ofrecen una idea de la significación de los cultivos de amapola y cannabis para las regiones, y para los modos y hábitos de vida de sus habitantes, no es sencillo sobrevivir bajo el múltiple fuego de la persecución, del asedio, de la sospecha, de los cañones y de las luces. Y eso no le conviene a nadie: cuando el negocio está en paz, la rentabilidad y las ganancias llegan para todos los involucrados, incluso para quienes trabajan y se parten el lomo y la madre y comparten los riesgos y los peligros propios de la siembra y su cuidado. De algún modo los narcotraficantes, sean de la condición humana que sean y posean los valores o los antivalores que ustedes quieran, pero son una suerte de actores que han hallado en su peculiar trabajo y en sus acciones una forma de vida y prácticas heterodoxas y no convencionales de resistencia que, digámoslo así con crudeza, se distingue de otras actividades, como la de muchos banqueros, usureros y políticos, porque unos han sido definidos social, jurídica e históricamente como ilegales y los otros como legítimos y legales. Pero de que hay ratas de dos patas, delincuentes de traje y criminales reales y de cuello blanco en ambas esferas, eso es indiscutible.
También es obvio que si los organismos internacionales tienen una idea o un panorama aproximado, de las condiciones, situaciones, actividades y oficios que se cuecen y tienen lugar en diversas partes de la tierra, también lo saben los órganos institucionales, punitivos y de inteligencia más elementales de los gobiernos de las naciones productoras. Así como se conoce, más o menos, el porcentaje de hectáreas que se dedican al cultivo de enervantes, de la misma manera se tienen indicios y cuasicertezas sobre rutas, ejes, enclaves y el mapa en general de la industria. En cuanto a productores Sudamérica seguiría acaparando los reflectores y el monopolio cocalero: Colombia cultivaría el 70 por ciento de la coca (pese a que en el 2004 les habrían rociado a los productores unas 136 mil hectáreas) y refinando alrededor del 90 por ciento de la cocaína del mercado internacional. Aunque hay convenios y controles sobre los precursores para la fabricación de enervantes, tanto la efedrina, la seudoefedrina (para las metanfetaminas), como la metiletilcetona, la acetona y el permanganato potásico (para la cocaína), se consiguen en abundancia en el mercado libre.
Respecto de la adormidera, una planta que crece casi como se le da la gana en cualquier región del mundo, incluídas las románticas amapolitas blancas y doradas mexicanas, sólo Afganistán, en más de 200 mil hectáreas destinadas a su cultivo, junto con Birmania, se calcula, surten al mundo, en especial a Europa, del 90 por ciento de la producción de goma de opio.

En cuanto a montos y hectáreas en este producto, que con precursores que se fabrican y venden por todos lados, como el anhídrico acético (de uso industrial en otros productos farmacéuticos y plásticos), hace reaccionar la morfina para producir el poderoso alucinógeno “heroico”, México tendría una buena participación y de ello hablan las propias cifras supuestas de erradicación: en el 2004 las autoridades habrían destruido 14,575 hectáreas de adormidera; aunque en el año 2007 se habrían erradicado sólo 9 mil 800 hectáreas de amapola más unas 22 mil hectáreas de marihuana. Las operaciones militares y judiciales “de Alto Impacto”, así les llaman, como los “Libélula”, “Zorro” y “Montaña”, especialmente sobre Chihuahua, Sinaloa, Durango y Guerrero, habrían destruido además unas 800 pistas de aterrizaje, más el establecimiento de unos 530 puestos de control terrestres en las regiones “calientes” del territorio nacional, como las fronteras y las zonas productoras. En este marco, de acuerdo a la PGR, hasta agosto del 2007 habrían sido detenidos unos 9 mil 433 personas por delitos contra la salud, dato que contrasta con las cifras de los detenidos en el sistema penitenciario de Estados Unidos, que por ejemplo, según cálculos de Phillip S. Smith, periodista y editor de “StoptheDrugWar”, mantiene en los reclusorios a unas 500 mil personas por delitos contra la salud, en donde destaca, dice, la persecución y la cacería contra negros y otros segmentos sociales minoritarios.
Pero si todo esto del trabajo militar y policiaco, el mapeo, la vigilancia de sofisticada tecnología sobre siembra, producción y distribución, así como erradicación, incineración, decomisos y capturas que dicen se ubican dentro de los cánones del control sobre la industria en su conjunto, si esto es así y en función de los triunfalismos de los informes políticos, entonces el tratamiento de la problemática acaso tiene que ver con otras cuestiones que pesan social, política y económicamente.
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En tanto que nosotros, modestamente, sólo podemos formular interrogantes, indagar sobre las significaciones simbólicas y patéticas de los encobijados y del detallismo cruento de masacrados y descabezados; en torno de los milagros populares y de la ternura prehistórica de Malverde por sus agrestes y tiernos agricultores; referirnos con mesura a los estallidos culturales de las drogas en la posmodernidad y ponernos a elucubrar desde nuestros ensayos etéreos si fue primero el huevo o la gallina o la inmortalidad delirante del uso de los enervantes; o bien un tanto más placenteramente pensar en las etnográficas y bellas novelas como las Balas de plata de Elmer Mendoza, pero al menos se trata de reflexiones que a la postre nos permiten advertir que en la ilegalidad y en la llamada guerra de las drogas, muchos grupos, empresarios, políticos y estamentos que dicen estar tan preocupados que hasta participan en marchas, firman desplegados y difunden spots televisivos, desde algún yunque palaciego, contra la violencia y contra Andrés Manuel López Obrador, a quien definen como una píldora explosiva y adictiva de populismo, demagogia y Hitler; que mientras combaten a otros mafiosos, los visibles de los cárteles, tejen telarañas tecnocráticas y urdimbres para eficientar los jugos y las ordeñas democráticas a PEMEX; señalan con índices de fuego y morbo a los envenenadores del futuro de la humanidad: la infancia y la inerme y desvalida juventud (entre ellos yupis, yuniors, parias y hasta los tiernos hijitos emos de Martita); pero esos que se rasgan las vestiduras, se azotan, van a misa, confiesan orgullosos sus minúsculos pecados y sus tráficos de influencias de millones de dólares mientras excomulgan ad infinitum, son, dicho así con rudeza, los hipócritas beneficiarios de la perenne y sorda guerra de baja intensidad, local y trasnacional, contra los trajineros narcos, nacos y rudimentarios de las narcóticos. Y como diría Michel Foucault, ocurre que son además los beneficiarios ideológicos, en tanto adláteres maquillados desde las sombras del poder, de la existencia de la delincuencia, del crimen y del delito.
En tanto tal cruzada se mantenga así, sin abordar los fondos sociales, económicos y políticos y sin tocar y ni siquiera mirar las redes y los nudos estructurales que han hecho posible el tráfico, el negocio seguirá viento en popa: cubiertas y mostradas las apariencias internacionales y nacionales de la lucha a muerte por la decencia humana, con el apoyo generoso de las industrias militares, sobre todo yanqui, que seguirán vendiendo a todos los bandos y bandas involucrados, institucionales, paraformales e ilegales; y con el aval de las industrias farmacéutica y de laboratorios químicos trasnacionales; de sus varios grupos que, incrustados en las estructuras oficiales de los sistemas de
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salud, se embolsan tajadas sustantivas con los altos precios de sedantes y estimulantes y demás artilugios que requiere una sociedad mundial enferma, estresada y con síntomas postraumáticos por la misma violencia, productos con los que lucran gracias también a la prohibición. Los stocks oficiales de producción y reciclamiento de ciertos estupefacientes, por ejemplo para fabricación de la morfina necesaria de los sistemas de salud del mundo, dan la impresión de ser más que secretos de Estado; parecen secretos de un magno negocio manejado desde instancias innombrables.
“Medicalizar la vida –dice un analista– se ha convertido en un jugoso negocio”. Aunque el mundo libre hace también un jugoso negocio con la muerte. Además de que, en este contexto, resultan cruciales los Vo. Bos. de la sociedad (el respaldo social), pues se conquista su aquiesencia, prohijada y labrada desde los más preclaros y sentidos fines altruistas, sociales y culturales de los medios masivos de comunicación, en especial los electrónicos, que no tienen más intereses que los de la justicia social, la democracia y la moral y cuyos valores más sagrados son el bienestar y la salud del pueblo y la grandeza y la soberanía de la patria.
En un texto sobre “Placeres y prohibiciones”, un investigador (Hugo Vargas, revista Letras Libres, No. 15, marzo del 2000) destacaba que con la Ley Volstead o de la prohibición del alcohol en Estados Unidos, este país ingresaría a “una de las etapas más tristes de su historia: la censura pública de las costumbres privadas. El aumento en el consumo, las muertes por alcohol adulterado y la entrega de una próspera industria al crimen organizado son los resultados de un experimento que ahora el mundo repite con las drogas”. El prohibicionismo se había mordido la cola: prometió acabar con los alcohólicos y los multiplicó; y dijo que vaciaría las cárceles pero ocurrió al revés y las saturó. Y el mundo empezó a llenarse de delincuentes, que la misma ley había creado…En suma, “no cerró las puertas del infierno, abrió otras”.
El ensayista recordaba una anécdota, semejante a las ideas de ciertos traficantes aprehendidos, como Rafael Caro Quintero, en torno a las justificaciones sobre sus actividades. Evocó que “Al Capone, desde la cárcel, dijo no sin razón: “Soy un hombre de negocios, y nada más. Gané dinero satisfaciendo las necesidades de la nación. Si al obrar así infringí la ley, mis clientes son tan culpables como yo. Todo el país quería aguardiente, y organicé el suministro de aguardiente. Quisiera saber porqué me llaman enemigo público. Serví los intereses de la comunidad”.
Alguien decía, quizá no era su intención, que el problema de las drogas estriba en que en el país no existe una política criminal. Pero claro
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que existe, respondemos, y es a lo que algunos nos referimos, tanto en esencia como en apariencia, y que constituye, de hecho, una suerte de peculiar forma de percibir, sentir y vivir las realidades inmediatas del entorno, los ámbitos sociales, y en general el llamado mundo de la vida y que se expresa precisamente en el fenómeno social de la narcocultura.
El arraigo cultural de la violencia y los mensajes de la muerte
“Ese “Jorobas”, que se reporte y que pase por la carga del Mular”. Mensaje radiofónico anónimo (década de 1980), en una estación de radio de Guasave, Sinaloa.
Doxa de la secrecía, en tanto expresión y manifestación cultural muy cercana a las vivencias, hábitos, realidades y percepciones primigenias de los hombres rudos del campo, en este caso con hálitos de los sectores rurales norteños del país, las formas, los códigos y las claves que los traficantes de drogas ilícitas se han dado, particularmente en Sinaloa, sirvieron para burlar vigilancias y retenes policíacos en el incesante trasiego de enervantes que ha tenido lugar desde hace décadas; tales ciframientos y señales fueron hilándose en el diseño paulatino de un lenguaje y un simbolismo peculiar de pertenencia e identificación en torno a un grupo específico envuelto en actividades de ilegalidad y clandestinaje. Al paso de los años, “el gallo”, “la chiva” y “el perico”, y múltiples regionalismos, popularizados los signos, además, por el narcocorrido, forman parte de un bagaje lingüístico construido desde los bajos fondos de la sociedad y de la cultura popular.
Con los nuevos tiempos y los avances tecnológicos ligados a los medios de comunicación –computadoras, satélite, internet, radios de onda corta, celulares– le ha posibilitado a la poderosa industria mundial del narcotráfico dejar atrás los mensajes casi personalizados, como cuando usaban a las estaciones de radio comerciales, para dar paso a la sofisticación electrónica. Y aunque la codificación persiste y la modernización de las redes tiene que ver con las nuevas tecnologías, las acciones pedestres, sádicas y el salvajismo propio de la violencia y la muerte aún forman parte de los acervos de identidad de las bandas y los grupos del llamado crimen organizado. Hoy no sólo se utilizan los artefactos electrónicos, sino que para expresar reiteración y escatología con el fin de dejar en claro de qué tipo, de qué clase, y de qué procedencia son las acciones, los grupos de narcotraficantes no sólo dejan y envían mensajes junto a los ajusticiados, sino que los propios cuerpos
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de los muertos descabezados, amputados o destazados son mensajes por sí mismos. Hay más que ira y virulencia. Es la confabulación sociohistórica de la marginación y el delito, el cultivo patológico de la agresividad, entre la pobreza del espíritu y la grandeza aparente de las ganancias de dólares, enmedio de un negocio que ha sido impune y que subvierte y pervierte a la propia condición humana.
Hay una conviviencia entre las nuevas formas de las amenazas y las vendettas con la puesta en escenificación de las prácticas brutales de un sádico realismo, en acciones viles de auténticos primates y aparentes enfermos entre sus micropoderes relativos, y que tienen que ver con el encono, la revancha, el castigo y el escarmiento contra quienes han osado otear o invadir sus rutas y territorios. Y para que todo el mundo sepa con quién o con quiénes se están metiendo. No sólo son enfrentamientos, con el uso inclusive de tácticas de guerrilla y de guerra, sino acciones que hablan de los significados de la infamia que adquieren los ajustes de cuentas. Van con todo y contra quien se ponga enfrente: niños, mujeres, ancianos, civiles inocentes. Caiga quien caiga. Las viejas reglas o normas de la mafia siciliana, que se reprodujeron en México mientras las estructuras organizativas del narcotráfico funcionaron más o menos verticalmente y con control de producción, territorios, rutas y mercados, han pasado casi al olvido. Ahora, con la dispersión de los grupos y las bandas, se asesina, además de a las familias completas, al perro, al gato y hasta el perico para no dejar la menor posibilidad de otra revancha.
No sólo en Sinaloa y Michoacán se padece la sintomatología de las paradójicas perversiones racionales de la industria de las drogas, sino mucho más allá: desde Baja California, Sonora, Chihuahua, Durango, Nuevo León, Tamaulipas, Jalisco, Guerrero, Veracruz, hasta las otrora entidades pacíficas de Aguascalientes y Yucatán. Y son racionales por los objetivos económicos de fondo y las intenciones expresas de las muertes y de los avisos y mensajes: qué se sepa con la crudeza del descuartizamiento y la sangre el porqué de los ajustes de cuentas. En el ambiente pernicioso y rudo del sanguinario conflicto entre las bandas, o de éstas contra las fuerzas oficiales (infiltradas de antemano), algunos otros grupos con recursos y nexos de diferente índole, no necesariamente de narcotraficantes aunque sin descartarlos, acaso podrían usar y aprovechar el clima de hostilidad para crear un franco ambiente de terrorismo, como el que se padeció el 15 de septiembre de 2008 en la pletórica plaza central de Morelia, Michoacán. Los muertos, y más de un centenar de heridos que dejaron los estallidos de dos granadas, también constituyen un mensaje inaudito e inédito en la historia del país. Pero
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todos estos hechos refieren con mucha evidencia que la descomposición social y la intensificación de la violencia, prohijada por la injusticia social, los problemas socioeconómicos y socioculturales, la corrupción, la impunidad, están dejando para el país la firma y el sello de la violencia ascendente y el crimen y el asesinato de escándalo como recurso oscuro de los grupúsculos con poder de fuego, plata y plomo. Son los contradictorios mensajes vivos y candentes de la muerte.
Hablando de tales manifestaciones reales y simbólicas del mundo del narcotráfico, véase este presunto mensaje, junto a varios cadáveres, de uno de los líderes del clan familiar de los Beltrán Leyva, Arturo, dirigido a Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, en la guerra que ambos mantienen y que tiene que ver con las aspiraciones de mayor control y poder sobre las regiones y sendas que consideran suyas:
“Sigues tú Chapo traidor malagradecido nunca vas a cambiar y sigue tu gallinita dizque huevos de oro malnacido ya ves todas las pendejadas que okasionas cobarde” (sic).
La respuesta de “El Chapo” Guzmán no se haría esperar (ambos mensajes fueron publicados por el semanario sinaloense Ríodoce, 07-07-2008). Aparentemente habría sido enviado junto a los cuerpos, como telegramas de la muerte, de otros sujetos ajusticiados y prácticamente destazados, con pies y manos amputadas, de la banda rival:
“Fíjense bien todo lo del mensaje quiero que pongan todo completo si no lo ponen es que son homosexuales y vean lo que les está pasando a esos putos Beltranes ojo pendejo estás muy cerca de la cajuela del Tsuru Arturo Beltrán Leyva atentamente el ondeado” (sic).
Sean auténticas o no, lo cierto que las misivas, sobre mantas, sobre papeles, sobre el piso donde quedan los cadáveres o sobre los propios cuerpos con letreros pintarrajeados con su propia tinta sangre, han puesto en ebullición, con una significación más de morbo, a la lucha encarnizada de las redes criminales. Muchos mensajes, escritos a la ligera, con todo y faltas de ortografía, aluden a viejos rencores de quienes en algún tiempo fueron compañeros de banda y secta, y que al final, por los enormes volúmenes de recursos y dineros que se mueven en el tráfico de las drogas, han terminado por separarse para construir nuevos estamentos de ilegalidad. En ese último texto, pareciera que el reclamo es también contra la mojigatería de los medios de comunicación. El reguero de pólvora, las cabezas rebanadas con serruchos y sierras eléctricas y hasta hachas, los manchones de la sangre son imágenes escenográficas mucho
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más agresivas y léperas que los vituperios y las mentadas de madre de los mensajes verbales.
Un aspecto identitario sigue siendo significativo en el mapa del narcotráfico en México. Se trata de que en los grupos notorios del crimen organizado (al menos los que suelen identificar las instituciones de inteligencia y las policías federales), los llamados cárteles de las drogas fueron fundados y conformados por líderes y grupos oriundos de Sinaloa: el Cártel de Sinaloa, el Cártel de Tijuana, el Cártel de Juárez, el Cártel del Golfo, que dominan, con sus extensiones, tentáculos y células, prácticamente todo el territorio del país. Con intereses que rebasan por supuesto las fronteras nacionales. De cierta forma, desde los viejos tiempos de Pedro Avilés, Eduardo “Lalo” Fernández, Miguel Angel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca Carrillo, Rafael Caro Quintero, Manuel Salcido Uzeta, Amado Carrillo Fuentes, El “Güero” Palma Salazar, Benjamín y Ramón Arellano, Joaquín Guzmán Loera, entre otros, la larga escuela y enseñanza sinaloense en torno a la organización y el funcionamiento de la industria de las drogas ilegales, ha sufrido una suerte de envilecimiento compulsivo en lo que concierne a las formas y los estilos de la violencia.
Pero habría que recordar que el crimen y la delincuencia son un elemento central de la sociedad contemporánea. Dice Hannah Arendt, refiriéndose al tráfico de drogas y los asaltos, las probabilidades de que los bandidos y truhanes de tales categorías no sean descubiertos son de nueve a uno; y se sabe que sólo uno de cada cien delincuentes termina en la cárcel. Y como decía Foucault, un individuo que hoy funge como juez, en otro contexto y en otras circunstancias, podría más bien, sin la toga y el birrete de la autoridad, estar justamente en el banquillo de los criminales acusados. Es que la desviación social depende de condiciones y situaciones sociales particulares. Aunque un aspecto central, esencial, para definir hábitos y comportamientos será siempre la tentación de los dineros “fáciles” que supuestamente ofrece la industria del narcotráfico con sus caudales y parásitos inherentes de corrupción. Además estará siempre cerca, en el imaginario colectivo, la “fascinación” de los placeres y las aureolas de la vida deslumbrante de “los mafiosos”. En una sociedad con marcadas diferencias socioeconómicas, a pesar de la “moda” de la informática y la globalización, en un mundo de exclusión por antonomasia, los límites y las fronteras de ciertas fórmulas que se promocionan con intensidad no sólo en los mass media, sino en escuelas y universidades, priorizan pragmatismo, tecnocracia e instrucción técnica y mezclan con cinismo aspectos como astucia, engaño, inteligencia,
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riesgo, aventura y la fascinación del poder y el delito; éstos se transforman en un macro valor que, y porqué no –se reta–, valdría la pena experimentar y vivir.
Los mecanismos impuestos o aprendidos por las necesidades de sobrevivencia y la reproducción como células y moléculas de poder, enfrentadas entre sí y contra la legalidad del sistema, obligó a los grupos del crimen organizado a construir, amén de los códigos, lenguajes y santo y seña particulares, un soterrado esquema de pautas de comportamiento. Se trata de una representación ideológica, formalizada y sistematizada, de la desviación. Se sintieron exigidos por la dinámica sorda, clandestina, corrosiva y perturbadora de sus acciones –y en el entorno de sus creencias, fábulas, justificaciones, costumbres y hábitos–, a delinear sobre la marcha un transgresivo sistema ideológico particular, sui generis, que ha conformado su propia escala de valores, directrices y reglas no escritas. Han requerido de un lenguaje específico, de fórmulas y signos, así como de normativizaciones excluyentes y casi invisibles, que los han colocado y recluido como aparentes sectas, cofradías y mafias de núcleos y entornos imperturbables y casi impenetrables. Y teniendo ese propósito racional, por lo menos en cuanto al ámbito inmediato de los fines, de obtener los máximos rendimientos y ganancias y de hacer realidad la gloria o por lo menos hacer gozable el escaso tiempo de vida de la mayoría de los sujetos que se involucran en la actividad. Y este doble derrotero del narcotráfico –en los intersticios de la economía y la ideología–, que ha transgredido reglas y normas institucionales y sociales, ha implantado ya su estilo y su impronta, en la escalada violenta que tiene lugar a lo largo y ancho del país. Ha sido uno de los legados del narcotráfico, pero también de la impunidad, de la connivencia de intereses políticos y económicos con las actividades ilegales, además de la honda corrupción que ha padecido la nación desde hace mucho tiempo, a la cual coadyuvó con sus prácticas y estilos durante unos 70 años el Partido Revolucionario Institucional.
Contexto e historia
El colmo: un comandante policiaco fue tirado como un fardo a plena luz del día, herido previamente de tres disparos en la comunidad de El Habal, a unos cuantos kilómetros de Mazatlán, sobre el estacionamiento de la Facultad de Ciencias Sociales. Ante la vista de decenas de estudiantes. En este contexto, resulta pertinente echar un vistazo panorámico al sombrío y sórdido derrotero de alrededor de un siglo de surgimiento, crecimiento y auge del tráfico de drogas ilegales en el país. La producción y el tráfico, que inicia como una actividad
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económica marginal a fines del Siglo XIX y que de manera paulatina se amplía y adquiere cada vez mayor relevancia desde los primeros años del Siglo XX en el norte de México, ha sido una actividad productiva que trascendió y rebasó los marcos de su significación económica. Se ha ubicado como un fenómeno de alcances e impactos otrora insospechados: Y no podría entenderse sino como parte de un proceso histórico al que debe mirarse de forma integral y contemplando con hondura y cuidado también sus aspectos simbólicos, significativos y culturales.
Al paso de los años, en Sinaloa la industria de los enervantes adquirió tanta importancia que llegó a ser vista, en varios lapsos de la historia, como la principal actividad productiva regional. Al margen de la realidad y la fidelidad de las impresiones y las percepciones sobre la dimensión de la producción y el tráfico de las drogas, lo cierto es que en los ámbitos simbólicos y significativos de la cultura, tales escenarios fueron asimilándose y reproduciéndose como elementos constitutivos del imaginario colectivo. De tal suerte que las imágenes relacionadas con la siembra de amapola, con los fumaderos de opio en varias poblaciones, y luego con las reyertas y las explosivas acciones de los enfrentamientos violentos y los ajusticiamientos entre los grupos delictivos y/o con las corporaciones oficiales, así como la ampliación compulsiva de la delincuencia, pasaron a formar parte del ambiente social; y los rituales vinculados a la transgresión y la desviación llegaron a tener, inclusive, hasta carta de naturalidad.
Durante las décadas de los veinte y treinta del Siglo XX los fumaderos de opio, instalados ni tan subrepticiamente en sus inicios por inmigrantes chinos, en Mocorito, Culiacán y Mazatlán, fueron como una especie de símbolo emblemático de la permisibilidad de las drogas. Más tarde, en la década de los cuarenta, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, el incremento de la producción de amapola y goma de opio y el trasiego de la misma hacia los Estados Unidos, para la posterior elaboración de heroína y morfina, constituye un segundo momento histórico en este sinuoso derrotero de la industria. Esta creció y se desarrolló sin muchos contratiempos hasta finales de la década de los sesenta, como una actividad que beneficiaría principalmente a empresarios visionarios, agricultores y políticos sinaloenses. Luego vendría, en las postrimerías de los setenta y durante toda la década de los ochenta, la internacionalización y fortificación del tráfico, con el comercio de la cocaína, procedente de Sudamérica, en tránsito hacia el amplio mercado estadounidense. De éste que acusaba desde los albores del siglo XX cada vez mayores índices de consumo de estupefacientes,
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provenientes en esos años, de Europa y del oriente. Ahora, la cocaína sudamericana hacía escala sobre las pistas improvisadas y clandestinas de los campos agrícolas, las riberas marinas y la abrupta sierra del occidente mexicano. En la década de 1980 llegaron a ser identificadas más de mil pistas clandestinas en Sinaloa, Durango y Chihuahua y en especial en los alrededores del llamado Triángulo del Diablo conformado por las alturas de la Sierra Madre que comparten los tres estados.
Como elemento adicional, pero casi como caja de Pandora, de los trajines de una industria de estructuras subterráneas, resultó muy significativa, y de ingrata memoria para la población, una acción del Estado para combatir el auge del narcotráfico y sus secuelas, que a todas luces se había transformado ya en una actividad de escándalo periodístico en el país y el extranjero: la instrumentación de la llamada Operación Cóndor, cuyos comandos militares incendiaron el campo y las montañas, hicieron huir a miles de familias de campesinos de sus tierras hacia las zonas urbanas, hacia el norte del país y hacia los Estados Unidos. En la operación militarizada atizaron aún más de inseguridad, delincuencia y crimen a las ciudades y las poblaciones del norte, del centro y del sur de Sinaloa y las entidades vecinas. En menos de una década, más de diez mil militares, además de los policías judiciales federales, dejaron también miles de muertos (cálculos conservadores hablan de 15 mil muertos durante el período), entre campesinos inocentes, sembradores y distribuidores. Debido a tales acciones, las huestes militares y judiciales habrían dejado la secuela de desaparecer unos dos mil pueblos y rancherías del campo y las montañas de la Sierra Madre Occidental, pero la siembra y el trasiego de las drogas nunca terminaron. Más bien, tal industria se fortificó en toda la geografía estatal, con la injerencia, la participación, la complicidad, la colusión y el control que ejercieron de forma directa los mandos y comandos de la Operación Cóndor.
A lo largo de estos cien años de surgimiento, crecimiento, desarrollo y auge de la industria de los enervantes, los impactos y los efectos sobre la sociedad han sido de variada índole. Tanto en los planos policíacos, en la esfera económica, como en los ámbitos sociales y políticos, la actividad se colocó en el centro de las preocupaciones y ocupaciones primordiales en la región. Y fue mucho más allá: pronto se reflejó en el discurso mismo de la cultura, como cotidianeidad, oralidad y realidad simbólica y luego como constructo formal, intelectual y hasta artístico. No era para menos. El de las drogas era un mundo cercano, que se vivía y padecía en los sectores rurales y en las ciudades y que se había investido como personaje esencial de los escenarios sinaloenses.
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Los medios de comunicación masiva, principalmente la radio y la prensa, pronto se involucraron a través de la difusión musical, la información y el discurso periodístico en una conflictiva social que era al mismo tiempo vida común y escándalo, sociedad real y sensacionalismo, realidad concreta y amarillismo. Desde los primeros tiempos del tráfico de estupefacientes, Sinaloa llamó la atención de la prensa nacional y local ante una problemática que, de suyo, contenía elementos fundamentales que la hacían aparecer como un asunto de interés público, atractivo y rentable, comercialmente. Y en esta línea, los medios impresos sinaloenses dieron cuenta diaria de los ecos de una actividad cada vez más importante y cada vez más espectacular.
La carga de morbo inherente a la industria de las drogas –por los personajes contradictorios y llamativos de la política y la economía; por las policías, las figuras públicas y los hombres del campo involucrados; por los aspectos transgresivos, la ilegalidad y la violencia de los actores, que roza y toca todos los ámbitos y esferas de la sociedad; por los desafíos mismos al sistema hegemónico y a las leyes de parte de los sembradores y los traficantes visibles, y por los siempre cuantiosos recursos económicos en movimiento–, fue como una veta abierta y constante de la que abrevaron los medios de comunicación y que se constituyó como el principal tema de atención y de labor informativa en la entidad. Y en esta ruta y como era lógico, la atención giró en torno a la delincuencia, la muerte y la sangre, que se constituyeron en legado presente, testimonio, impronta, huella y marca de un periodismo que contribuyó sustantiva y paulatinamente en la construcción de un rostro y un estigma sociocultural para toda una región y toda una población. Por supuesto, dadas las características y peculiaridades de la industria, proclive a las mistificaciones, la historia fue edificándose y llenándose de rumores, aventuras y gestas heroicas, leyendas y mitos, pero que estaba sustentada en las realidades de una actividad que era también concreta, visible y realmente existente. En tal sentido, ha señalado Pierre Bordieu que el hábitus “engendra” ciertas representaciones sociales y ciertas prácticas, sobre el sustento de tradiciones y costumbres, que están siempre más ajustadas de lo que aparentan a las condiciones objetivas de las que son producto.
A partir de este entramado de relaciones políticas, económicas, sociales, culturales y mediáticas, de la estigmatización se trascendió hacia el emblema. Es decir, Sinaloa y sus habitantes no sólo habían sido señalados con índices de fuego, goma y mota, con toda la carga peyorativa y de cuestionamiento público que ello entraña, sino que la
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vida sinaloense en relación con el simbolismo de las drogas dio lugar a la emblematización. En otros términos, la vergüenza cedió el paso al orgullo, y lo que en un principio fue ofensa se transformó en virtud y mérito, lo cual se constata en la muy diversa elaboración de los productos y artículos objetivos y subjetivos de la cultura (entre afiches, música, hábitos y comportamientos), que la sociedad y la población sinaloense han aportado, nacional e internacionalmente, en las esferas de la industria de la cultura y la comunicación.
Las cabezas cercenadas de policías, sicarios y narcos, arrojadas como tétricos mensajes en los portones de los centros penitenciarios sinaloenses, por “orejas”, “delatores” o “traidores”, son sólo un rostro o una faceta de los nuevos estilos del crimen organizado. Con la instrumentación de las acciones punitivas del gobierno federal contra el “narco”, los grupos, los líderes y sus células de sicarios y traficantes, estratégicamente se han resguardado, pero al mismo tiempo se han expandido y distribuido hacia diversas zonas de Sinaloa y del país. Los militares y los policías federales detienen, en todo caso, a delincuentes y “puchadores” de baja monta y valía, en tanto la inseguridad y la hostilidad del ambiente social se tensa y se recrudece aún más, sobre todo en Culiacán y alrededores. Poblaciones y lugares otrora identificados y definidos como sitios vacunados o distanciados de la sistematicidad de la violencia, acaso las zonas turísticas y comerciales de la ciudad de Mazatlán, se han visto afectadas durante por los ajusticiamientos a mansalva a plena luz del día y ante cientos de testigos y paseantes, además del secuestro y los descabezamientos. Inclusive se registró un incidente internacional por el asesinato, en pleno Centro Histórico, de una maestra de arte escénico y funcionaria del gobierno cubano, que estaba comisionada laboralmente en la institución de arte y cultura del municipio porteño.
Los cuerpos masacrados y depositados frente a organismos carcelarios, o frente a las propias puertas de las zonas y organismos oficiales, mantiene nerviosos no sólo a los mismos militares y policías, sino a la población, que se siente doblemente en peligro: por las presencias y prepotencias militares y policiacas federales, que invariablemente se exceden en sus funciones como si estuviesen en guerra, así como por las respuestas agresivas de los grupos de la delincuencia. Los textos y los mensajes junto a los cuerpos acribillados, escritos y presentados cínicamente, como “regalos de fiestas patrias”, son más que burla y escarnio. Son los símbolos de la descomposición y pudrición de todo un sistema socioeconómico, político y cultural.
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Herencias de la pobreza y la miseria nacional, la injusticia social y la corrupción.
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LA MUJER Y EL “NARCOMUNDO”: imágenes
tradicionales y alternativas
Lilian Paola OVALLE♣ y Corina GIACOMELLO♥
♣ Investigadora del Centro de Investigaciones Culturales de la UABC. Oriunda de Cali, Colombia, ha efectuado varios estudios sobre las drogas. Pertenece a la Cátedra UNESCO del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Escribió el libro Entre la indiferencia y la satanización: representaciones del narcotráfico desde la perspectiva de los jóvenes universitarios de Tijuana, editado por la UABC en 2006.
♥ Corina hizo sus estudios profesionales en Inglaterra. Cursó un doctorado en Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Especialista en el tema, publicó el libro Rompiendo la zona del silencio. Testimonios sobre el penal de máxima seguridad del Altiplano, antes La Palma (Colombia, 2007). La investigadora
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La prensa, los noticieros, las películas e incluso las telenovelas, han difundido en el imaginario social la existencia de los grandes “barones” y “capos” del narco. Así, las historias enmarcadas en este fenómeno económico y sociocultural se fundamentan en construcciones míticas de superhombres vigorosos, valientes y violentos que desafiando la ley abanderan una actividad altamente lucrativa. Sin embargo, esta representación mediatizada del narcotráfico vela la realidad, la mayoría de las veces trágica, de millones de mujeres que también hacen parte y conforman a las redes transnacionales del narcotráfico.
La cotidianidad del “narcomundo” relata la historia de mujeres: las madres que rezan por el incierto futuro de sus hijos, las viudas, las “mujeres-trofeo” según Valenzuela (2003), las estigmatizadas hijas de “narcos” o supuestos “narcos” para quienes ese particular mundo constituye su medio natural y especialmente las historias de miles de mujeres que deciden vincularse laboralmente al mundo del narcotráfico transportando drogas, y hasta cumpliendo funciones más especializadas.
Así, este trabajo constituye un ejercicio preliminar de organización de las “notas de campo” sobre los escenarios de acción para la mujer, que se han venido registrando1 al interior de las “redes de comercialización de drogas ilegales”. La tesis fundamental, aquí, es que el “narcomundo” constituye un escenario en el que se pueden observar con especial nitidez las construcciones, tanto tradicionales como alternativas, de lo que significa “ser mujer”. De modo que presentamos este texto, cuyo objetivo es explorar los sentidos y significados que sobre el sujeto femenino circulan en las redes de comercialización de drogas ilegales y exponer algunas notas de campo que dan cuenta de las funciones y roles que cumplen las mujeres en estas redes.
El “machismo” estructural del “narcomundo”
En la mitología griega, cuando Dionisio se miraba al espejo no veía reflejado su rostro sino la imagen del mundo en el que estaba inmerso.
italiana es integrante de la Cátedra UNESCO sobre drogas ilegales, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.
1 Lo que aquí se señala es el resultado del trabajo de campo (entrevistas y observaciones) que se viene realizando en un proyecto más amplio que se propone explorar los discursos sobre el poder social que circulan por estas redes y se titula: “Empresarios ilegales y correos humanos. La producción de discursos sobre el poder social en la red transnacional del narcotráfico”
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Según Restrepo, así actúa el asunto de las drogas y el narcotráfico, como un espejo que muestra fragmentos del mundo social y de las contradicciones de la cultura contemporánea (2001, p.11). Con tal planteamiento, este autor expone la importancia de estudiar el fenómeno, al tiempo que identifica el problema práctico que se percibe al intentar delimitar las fronteras de la cultura del narcotráfico. De hecho las fronteras entre la “narcocultura” y las culturas oficiales se presentan bastante borrosas y se pueden enumerar varios ejemplos para corroborar esto. El derroche, la opulencia, la trasgresión, el incumplimiento de la norma y el machismo, son entre otras, prácticas sociales continuamente asociadas al “narcomundo”, sin embargo, vemos que todas ellas son en mayor o en menor medida, prácticas recurrentes en las culturas oficiales.
En este sentido, las implicaciones del narcotráfico van mucho más allá de los ámbitos legales, políticos, económicos y de las relaciones exteriores. Los diversos estudios que desde las ciencias sociales han abordado este fenómeno2, coinciden en señalar que las actividades del narcotráfico implican un modo de vida específico, caracterizado por la cohesión que ofrece el hecho de compartir una actividad ilegal y clandestina de la cual se derivan importantes ganancias económicas. De esta manera, el “narcomundo” es entendido como un escenario de producción de formas particulares de vida a partir de la convergencia en la actividad de producir o traficar sustancias psicoactivas ilegales. En otras palabras, se hace referencia a una entidad sociocultural que se objetiviza en un conjunto de prácticas como la opulencia, el derroche, el consumo demostrativo, la trasgresión y la violencia. Igualmente, estos estudios han identificado que los narcotraficantes conviven en sociedad exteriorizando estas “formas de hacer”, lo cual ha generado en regiones epicentros del narcotráfico, una serie de cambios y transfiguraciones sociales y culturales relacionadas directamente con el establecimiento de nuevas pautas de interacción, cambio en los valores, procesos de legitimación, entre otros.
En este sentido, queda claro que el narcotráfico establece pautas definidas de interacción social entre los diferentes actores; y es a partir de dichas manifestaciones que autores como Valenzuela (2002), Restrepo (2001) y Córdova (2002) plantean la existencia de una cultura del narcotráfico o una “narcocultura”. Si se entiende a la cultura como la
2 Salazar (1992), Salazar (1995) , Salazar (2001ª), Salazar (2001b), Córdova (2002) Astorga (1995,) (1996) (2003), Krauthausen (1999) entre otros.
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producción de significados vividos por una comunidad3 determinada, cobra sentido hablar de una “narcocultura”, ya que plantear su existencia es afirmar que alrededor de la actividad ilegal de transportar y comercializar drogas ilegales empiezan a aparecer y a generarse diversos sentidos prácticos de la vida o diversas “reglas del juego” y normas de comportamiento. En este sentido, la “narcocultura” define la situación de estos grupos dentro de la vida social ya que al mismo tiempo distingue y unifica a quienes participan y/o comulgan con este proyecto ilegal.
En tal contexto, es importante plantear que autores como Valenzuela (2002) y Salazar (2001) han señalado al “narcomundo” como un sistema esencialmente machista, donde se reproduce en forma caricaturesca el “orden” social instaurado artificialmente sobre la base del supuesto de la superioridad masculina. Por lo tanto, es común que en el mundo del narcotráfico se construyan las relaciones de género a partir de un conjunto de actitudes y comportamientos que discriminan y marginan a la mujer por su sexo.
Esto se observa empíricamente en los limitados papeles y funciones que son asignados preferentemente a las mujeres al interior de sus redes y en el difundido estereotipo social sobre las “mujeres de los narcos”, o como prefiere llamarles Valenzuela, el caso de las “mujeres-trofeo”. Sin embargo, estos aspectos del machismo estructural y de la situación de las mujeres en las redes de comercialización de drogas ilegales, se ampliaran en el siguiente apartado.
–Mapeando los escenarios de la mujer en el “narcomundo”
Existen diferentes roles y niveles de participación de la mujer en el mundo del narcotráfico, lo cual dificulta un ejercicio de mapeo de los diversos escenarios de acción que se evidencian para la mujer en las redes de comercialización de drogas ilegales. Sin embargo, a partir del trabajo de campo con estas redes, es posible identificar algunas notas preliminares que apoyan la tesis de que el “narcomundo” puede ser entendido como un escenario en el cual se visualizan de manera especial los lugares de lucha y de resignificación de lo femenino.
A continuación se presentan algunas de las circunstancias que permiten plantear dicha tesis.
3 En este punto es necesario recordar el concepto de comunidad deterritorializada y tener en cuenta que al hablar de comunidad no se hace referencia necesariamente a un grupo de personas que comparten un mismo territorio.
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1.-Esposas, madres e hijas estigmatizadas
“El amor puede salirte caro” se anuncia en los carteles de una campaña que el Instituto Jalisciense de la Mujer lanzó para advertir a las mujeres de los peligros al involucrarse con “narcotraficantes”4. Al considerar que pueden advertir e influir en la decisión de una mujer sobre involucrarse o no con un narcotraficante, se termina por naturalizar el estigma y el prejuicio que recae en las mujeres cuyo único delito es ser la esposa, la novia, la madre o la hija de un “narco”.
Las “narcomadres” deben andar con la cabeza baja ante la doble moral de una sociedad que las juzga por haber parido hijos que “trafican con la muerte”; y deben aceptar la indiferencia de la sociedad y las autoridades ante el dolor por sus hijos desaparecidos, torturados o asesinados. “Te encuentras con gente que antes te saludaba de abrazo en la calle y que ahora te ve y corre” plantea una informante.
Las “narcoesposas” cuando se sabe o se supone públicamente que sus familiares participan en las redes del narcotráfico son, dependiendo del lugar en el que viven, estigmatizadas y marginadas: “Siento mucha impotencia como madre y esposa, es bastante difícil, porque las que estamos dentro de todo esto sabemos lo que pasa y lo que estamos manejando, pero la gente que no está enterada de cómo están las cosas te etiqueta,-son esposas de lo peor-”. Incluso, se documentó el caso de una doctora, especialista en pediatría, quién al ser la esposa de un supuesto “narcotraficante”, fue victima del rechazo de antiguos amigos y compañeros de trabajo. “Tuve reacciones de un grupo médico que fueron compañeros de mi generación de la carrera; estábamos en un consorcio médico en una clínica y ellos me pedían que me saliera porque se habían enterado de lo de mi esposo y no era posible que yo siendo del sector salud y perteneciendo a personas que lo que hacen es mantener la salud, nos dedicáramos a vender grapas”
Para las hijas de los “narcotraficantes” o de supuestos “narcotraficantes” la situación social no es menos complicada ya que son igualmente víctimas del rechazo y la marginación social, tal y como se aprecia en el siguiente relato: “Una compañera de mi hija esperó a la hora de descanso y le dijo frente a otros 120 niños –vi en la tele que decían que tu padre está internado en La Palma por narcotraficante- Mi
4 ¿No representa este tipo de campañas una forma más de reafirmar la “narcofobia” que señala a los traficantes y comerciantes de drogas ilegales como seres abominables que ni siquiera merecen el amor de una mujer?
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hija perdió el conocimiento, me hablaron de la escuela que tenia vómito, que estaba muy mal. Yo no llegué a tiempo por ella y la mamá de una compañera me hizo el favor de llevarla. Cuando llegué me dijo –-Que le gritaron algo a ***** y… y yo -Pero ¿qué pasó?, y la mamá me miraba así con vergüenza -¿Te digo lo que le dijeron, o no te lo digo? -Pues sí, necesito que me lo digas. -Le gritaron esto y yo quiero saber si es cierto, porque si es cierto me da mucha pena pero mi hija no va a poder acercarse a tu hija. Era una escuela donde tenía compañeras que conocía desde chica, desde la cuna prácticamente y no regresó, perdió un año de prepa, entró a una prepa libre”
“Narcomadres”, “narcoesposas”, “narcohijas” no son más que construcciones míticas que recrean los medios de comunicación y los discursos oficiales en su afán por la noticia y el morbo. Pero detrás de estas etiquetas, se esconden las historias de mujeres con errores y virtudes como cualquier otra, mujeres que luchan por sus familias y buscan estrategias para superar el estigma que marca su existencia. “Yo me hice dura, y si la sociedad me critica no me interesa, porque la sociedad no me mantuvo, no me preguntó algún día si mis hijos comían, o si mis hijos vivían o si mis hijos existían”
2.-Mujeres Trofeo:
Los diferentes estudios empíricos sobre el estilo de vida de los narcotraficantes coinciden en señalar que al interior de estas organizaciones la mujer es concebida como un bien más al que pueden acceder para manifestar en el espacio público su poder adquisitivo y social. En este sentido, al interior del “narcomundo”, presentarse en sociedad con el reloj más lujoso, con la ropa más prestigiosa, con el auto más costoso y llamativo es tanto o más importante que presentarse con la mujer más hermosa y voluptuosa. La mujer aparece así como un objeto más por medio del cual el narcotraficante comunica, a la sociedad con la que interactúa, su éxito en términos de riqueza y poder social.
En los lugares epicentro del fenómeno del narcotráfico, donde las prácticas sociales de los “narcos” se evidencian en el espacio público, es común encontrar representaciones sociales de las mujeres vinculadas afectivamente con algún miembro de las redes de comercialización de drogas ilegales, como mujeres esencialmente preocupadas por su apariencia física y los bienes materiales, mujeres tan hermosas como vacías e interesadas, objetos sexuales intercambiables.
El imaginario colectivo de las mujeres del narco pesa y se manifiesta de variadas formas; por ejemplo es común documentar en sus
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historias continuos episodios de acoso sexual. “Con algunos tipos me tocó que estábamos hablando y de repente bajaban la mano a la pierna y tú te haces al lado… y con otros…uno todo el tiempo me decía -Con todo respeto, está usted muy guapa, con todo respeto qué bien está usted, -Con todo respeto cabrón pero deja de estarme chingando”.
Sin duda, este problema del acoso sexual no es exclusivo de las mujeres que se mueven por las redes de comercialización de drogas ilegales, sin embargo, al moverse en terrenos al margen de la ley y de las instituciones, soportan una mayor carga de vulnerabilidad. Si es difícil encontrar los mecanismos para enfrentar este tipo de situaciones laborales o de convivencia en las instituciones formales, mucho más en estas redes donde el único medio para garantizar el cabal funcionamiento de las transacciones sociales y para resolver los conflictos es la instrumentalización de la violencia. Al respecto una informante plantea: “Yo no conocía toda la ciudad de noche pero te citan a las dos de la mañana, a las tres de la mañana para hablar del trabajo, porque te hacen todo muy misterioso. -La puedo ver pero a las tres de la mañana porque la información que… y resulta que no te dicen ni madres lo único que querían era verte a las tres de la mañana a ver si te encontraban caliente o necesitada, o a ver si tú les decías que sí. Y otra informante plantea: “Algunas veces me pasó que un amigo o conocido decía que me iba a ayudar presentándome a alguien bien parado o intercediendo por mi para que me dieran preferencia en la línea de venta, pero después vi que iban trás de mis nalgas y cuando veían que no aflojaba nada, se iban sin presentarme a nadie y sin ayudarme”
Sin embargo, también se documentan casos en los que al tratar con representantes de la ley no son tratadas con prácticas diferentes a las señaladas, “Voy y busco a este fulano abogado que efectivamente tenía las posibilidades, tenía los recursos para poder llevar la defensa. Pero él me decía -La veo en tal restorán y otra vez, -La veo ah” y luego -Que nos vamos a tutear porque está usted muy joven y yo también estoy joven, dejemos de hablarnos de usted para más confianza”. Empezó con que -Yo la respeto mucho y empezó con un beso en la mano, luego con un beso en la frente y luego que -ya tengo a las personas que van a sacar a su esposo de ahí, pero nos tenemos que ver en este hotel”.
En otro caso documentado, se observa como la resolución o no de un amparo depende de factores externos a los procedimientos legales y reglamentarios. “El amparo se me negó y entonces la abogada fue y -Oiga, venimos a ver por qué se negó el amparo si metimos esto y esto, y le dice a mi abogada -Que venga ella y que hable conmigo para que le
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pueda explicar a ella porque a usted no se lo voy a explicar, y yo digo -No porque siento que me ve muy morbosamente, -Ah perfecto, entonces que se quede con la duda y que de todos modos el amparo no procede. Y dices no es posible; estás con una placa, con un poder judicial y si yo no sonrío ni me siento de frente para que me veas las piernas entonces me pones una jeta y me niegas el amparo. Luego pues yo que de plano me los iba a seguir negando y entonces llegué un día muy sonriente que -Hola licenciado, buenos días, y él -Ah hola, se ve mejor sonriente, entonces cuando vio que empecé a sonreír hasta me empezó a dar orientación; ahí te das cuenta que si yo desde un principio le sonrío y le coqueteo pues me otorga el amparo.
3. Mujeres trabajadoras
Aunque aún son escasos los estudios e investigaciones académicas centradas en las redes de comercialización de drogas ilegales, y más escasos aún son los estudios que enfaticen en el análisis sociocultural de las transacciones simbólicas y de las prácticas sociales que configuran a estas redes; se pueden encontrar algunos trabajos, como los de Cajas (2005) Silva de Souza (2004), Ovalle (2005) Ovalle (2006), Giacommelo (2006) que ofrecen luz sobre estos aspectos. Tras la voz de los informantes de estos autores, se observa a los carteles del narcotráfico como una ficción creada y recreada por autoridades y medios de comunicación para describir la realidad de las redes generalmente familiares o clánicas que se encuentran lejos de ser las sofísticadas y complejas estructuras imaginadas.
Los pocos “capos” o patrones que se llegan a conocer, aparecen como la cara visible de millares de empresarios de estas mercancías ilícitas quienes surgen espontáneamente cada día. Los pactos de sangre y la idea de que el que “entra no sale” se derrumba tras la realidad de las alianzas transitorias que duran el tiempo necesario para culminar un negocio o un envío.
En este escenario laboral, mucho más dinámico y flexible que lo que nos relata los medios de comunicación y los discursos oficiales, es en el que miles de mujeres tratan de encontrar una opción laboral. Estas redes aprovechando las pocas oportunidades de trabajo que tienen las mujeres en muchas zonas del país, y muchas veces conociendo la especial vulnerabilidad de las mujeres jefas de familia, las utilizan como uno de los últimos eslabones en sus cadenas laborales asignándoles las actividades mas riesgosas y mal remuneradas.
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En la organización del narcotráfico, como en cualquier otra, existe una división del trabajo en diversas funciones que pueden desempeñar sus miembros, las cuales están directamente relacionadas con el poder del individuo dentro de la red y con la remuneración que obtienen por su trabajo. Al interior de estas redes, como en casi cualquier empresa latinoamericana, no existe la idea del riesgo laboral5 y casualmente las actividades que implican mayores riesgos son las menos remuneradas.
En este sentido, a pesar de que en los últimos años las redes transnacionales del narcotráfico han sido testigos de un cambio de roles y de una participación de las mujeres en funciones laborales de mayor prestigio y responsabilidad al interior de sus organizaciones, se puede observar que el común denominador para las mujeres que ingresan en las filas laborales del narcotráfico es que llegan a ocupar las últimas posiciones en la cadena de la división del trabajo. Las funciones reservadas para las mujeres en el mundo del narcotráfico además de ser de las más riesgosas, son funciones en las que la grandiosa rentabilidad del negocio de las drogas no es más que un espejismo.
En las narraciones de los sujetos entrevistados, se pueden distinguir las siguientes funciones:
Servicios domésticos y de limpieza: En el trabajo de campo se ha documentado el caso de mujeres que a pesar de sólo haber sido contratadas como empleadas domésticas tienen ciertas ventajas que no son fáciles de encontrar con otro tipo de “patrones” como los salarios que reciben; sin embargo, esta relación laboral para algunas significó el ser testigo de diversas actividades ilícitas y en muchos casos problemas legales al resultar implicadas.
Ventas al por menor de drogas ilegales, entregas a domicilio, empacadoras y cajeras: Quienes se dedican al “narcomenudeo”, empacan las sustancias ilegales en dosis personales y quienes se encargan de contar el dinero derivado de la venta de drogas ilegales, están cumpliendo funciones típicas de las bases del narcotráfico. Se ubican estas funciones juntas porque además de tener remuneraciones similares, generalmente las mujeres van circulando por estas diferentes actividades.
5 En algunos contextos el riesgo laboral es contemplado al momento de establecer los salarios que se ofrecen, a mayor riesgo, mayor salario
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Campaneras: Se dedican a viajar de sector en sector, generalmente en autos monitoreando el tráfico de la mercancía y los dineros. Para realizar este trabajo, deben manejar conocer las claves con las que se comunica el grupo.
Damas de compañía: Es un lugar común y una idea recurrente en los medios de comunicación, que los “narcotraficantes” son bastante “generosos” con las mujeres que los acompañan en los espacios de ocio y diversión y especialmente con las que acceden a tener relaciones sexuales con ellos. Aunque en el trabajo de campo se han documentado casos de personajes vinculados con estas redes, que no se apegan al estereotipo del “hombre mujeriego” que aprovecha su poder económico para conseguir cada día una nueva chica; las “damas de compañía” dentro de esta red son una especie de ingrediente que no puede faltar. Sin embargo, no se puede decir que una mujer que se ubique en este eslabón de la cadena laboral del narcotráfico goza de una posición privilegiada dentro de la red. Incluso aquellas que fungen como damas de compañía de sujetos empoderados dentro de la red, se encuentran en una posición vulnerable y nada favorable económicamente hablando, ya que están sujetas a los caprichos y a la generosidad o no de quienes les pagan.
Transportistas de droga, correos, mulas y prestanombres: Éstas, al ser actividades típicas del narcotráfico transnacional y al por mayor, son mejor pagadas que todas las anteriores, sin embargo siguen siendo de las funciones mas riesgosas y menos remuneradas de la red.
Administrador de una red: Se encargan de recibir la mercancía, monitorear su peso y el empaque en dosis individuales, distribuir la mercancía con sus contactos dedicados a las ventas al por menor y recolectar el dinero de las ventas6.
Si bien, señalar de forma exhaustiva los diferentes oficios que pueden cumplir las mujeres en la red del narcotráfico, escapa al propósito fundamental de éste artículo; es importante señalar las diferentes funciones que se han documentado en el trabajo de campo y la forma en que estas funciones están relacionadas con el poder y la remuneración. Igualmente se puede señalar que para ir escalando posiciones, se necesita que estas mujeres estén “bien contactadas”, demostrar las capacidades, ganarse la confianza de sus superiores y aprovechar las oportunidades que brinden miembros importantes de la organización.
6 Sólo una de las entrevistadas cumplía esta función y su vinculación con la red surgió por su padre, quien realizó el mismo trabajo.
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4. Mujeres presas
En los últimos años las mujeres detenidas en México por delitos contra la salud ha ido en aumento. El caso de estas mujeres es paradigmático ya que en muchas ocasiones han sido víctimas de procesos judiciales irregulares que terminan por convertirlas en los chivos expiatorios de la ineficaz “lucha contra las drogas”. Son mujeres que se dedicaban a la venta al menudeo, al tráfico de drogas o a actividades intermedias de bajo perfil.
“Entonces el MP que me había entrevistado anteriormente, se me para enfrente, se sienta en un escritorio y empieza a burlarse de mí, me dice: “Ya ves, finalmente vas presa”. Con una risa tan burlona que nomás me le quedo viendo.
Lo que me afectaba a mí no era que me llevaran ,a mí lo que me dolía eran mis hijos. La niña me agarraba, me abrazaba y me decía “¿Mami, ahorita que llegamos a la casa me haces sopita?”. Se me llenaban los ojos de lágrimas y decía “Ya no voy a regresar con ella” y él burlándose. Cuando me di cuenta de que se estaba burlando lo golpeo y le digo “Nomás acuérdese, y si tiene hijos nomás acuérdese”.
5. Mujeres víctimas de violencia física
Para nadie es un secreto, los medios de comunicación dan cuenta de ello, que el mundo del narcotráfico instrumentaliza la violencia como medio de resolución de sus conflictos. Al ser una actividad económica ilegal, y por lo tanto, al no contar con los mecanismos legales para hacer cumplir las “reglas de juego” y los pactos realizados, la violencia se convierte en el medio necesario para asegurar la permanencia y la rentabilidad del negocio. Así pues, el modo de vida de los narcotraficantes integra un tipo de violencia racionalizada que les permite solucionar sus conflictos.
De esta forma, no resulta extraño, que en el mundo del narcotráfico, al estar tan integrada la violencia en sus hábitos y prácticas culturales, ésta también sea instrumentalizada al momento de solucionar sus conflictos familiares o afectivos. De esta manera, es común que en el trabajo de campo con estos grupos se documenten casos en los que se relatan amenazas, golpes y violaciones que quedan en el total desconocimiento de las autoridades. Algunos de los sujetos vinculados con la red de comercialización y tráfico de drogas ilegales, al saberse respaldados por una red de complicidades que les garantiza cierto grado
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de impunidad terminan por abusar físicamente de las mujeres que los rodean.
La violencia física puede llegar incluso al límite del homicidio. En el mundo del narcotráfico la muerte es el castigo natural a la traición y si el valor de la vida se relativiza ante la presencia de una traición, en muchas ocasiones menos valor se le otorga a la vida de una mujer. Ejemplos de esto pueden ser los casos en los que las mujeres cercanas a un narcotraficante han resultado víctimas de los llamados ajustes de cuentas, y las hipótesis en las que se señala la posible relación de grupos de narcotraficantes con los violentos asesinatos a mujeres en algunas regiones de México.
El “narcomundo” como escenario de lucha y de resignificación
El “narcomundo” en este artículo, no es presentado únicamente como un escenario fundamental para observar el “machismo” estructural y la violencia de género en muchas regiones del país. Por el contrario, en este ejercicio reflexivo se plantea que al ser el un escenario de lucha, resulta también esencial su estudio al momento de identificar las construcciones alternativas de los roles femeninos.
Al hablar de la construcción del sujeto femenino en el “narcomundo”, se está en consonancia con la postura que sostiene que las diferencias entre lo femenino y lo masculino responden a construcciones socioculturales y su explicación no descansa exclusivamente en las diferencias biológicas entre los sexos. Esta perspectiva permite prever la posibilidad del distanciamiento de las diversas formas estereotípicas en las que se aprende a ser mujer, la reestructuración de las identidades femeninas y la incorporación de nuevos patrones de comportamiento.
Precisamente, al explorar los escenarios que dibuja el “narcomundo” para la acción social de las mujeres, este aparece como un escenario de producción de formas particulares de vida en el cual se visualizan de manera especial los lugares de lucha y de resignificación de lo femenino. Entendiendo esto, cabe preguntarse por las variaciones en las formas de participación de la mujer en el “narcomundo”; ¿Estos roles se caracterizan efectivamente por la pasividad? ¿Cuáles son los sentidos que se construyen en el “narcomundo” sobre lo femenino? ¿Para entender la construcción del sujeto femenino en el narcomundo son suficientes las nociones de resistencia y reproducción o es necesario sumergirse en la complejidad con la que actúa el poder? ¿Al ser el “narcomundo” un contexto en el que el uso de la fuerza y la violencia simbólica y material resultan estrategias esenciales de desarrollo y
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supervivencia, se gestan a su interior nuevas identidades del sujeto femenino, alejadas de las expectativas pasivas y virtuosas que se le imponen a la mujer?
Conclusiones
En este artículo se entiende al “narcomundo” como un escenario de producción de formas particulares de vida, a partir de la convergencia en la actividad de producir o traficar drogas ilegales; igualmente se plantea que una de las características de este mundo de vida –por lo menos en sus interacciones en el territorio mexicano- es el machismo estructural que configura sus redes.
Así, al explorar los sentidos y significados que sobre el sujeto femenino circulan en las redes de comercialización de drogas ilegales y exponer algunas notas de campo que dan cuenta de las funciones y roles que cumplen las mujeres en estas redes; se pueden observar con especial nitidez construcciones, tanto tradicionales (esposas y madres abnegadas, mujer-objeto) como alternativas (construcciones que se alejan del virtuosismo y la pasividad) de lo que significa “ser mujer”. Mujeres discriminadas, mujeres “trofeo”, mujeres explotadas laboralmente, mujeres presas, mujeres víctimas de la violencia; realidades al límite, que esconden las historias de personajes reales que viven al borde de su identidad femenina.
Así, el “narcomundo”, al constituir un contexto que sobreexpone a una crisis constante a las mujeres que se desenvuelven en él, es presentado como el escenario ideal para observar con especial nitidez los espacios de lucha y resignificación del sujeto femenino. Sin embargo, como se planteó al principio, este texto no tiene mayores pretensiones que las de un ejercicio preliminar de organizar algunas “notas de campo”. La tarea está por hacerse y la realidad de estas mujeres reclama con urgencia ser estudiada desde una perspectiva cultural, que esté por encima del estigma o “narcofobia” del que dan cuenta los discursos oficiales sobre las drogas. Finalmente, al explorar los escenarios, prácticas y roles de las mujeres en el “narcomundo”, queda claro que éste constituye un escenario en el que se reconstruyen los significados del sujeto femenino; de igual forma, quizás un abordaje cultural de los escenarios de la mujer en el “narcomundo”, pueda implicar una deconstrucción de las verdades y dogmas que circulan en los discursos oficiales sobre el tema de las drogas, su tráfico y su comercialización.
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EL NARCOCORRIDO, CULIACÁN a través de su historia
Luis Omar MONTOYA ARIAS•
El narcocorrido se ha desarrollado en un contexto histórico que ha influido su escritura, por eso abordamos la situación social, económica y política que tuvo lugar en Culiacán y sus alrededores durante la década de 1940, fecha en que Estados Unidos, según la historia oral, habría impulsado el cultivo de amapola en la sierra de Badiraguato y Culiacán. Nuestro objeto de estudio comparte una realidad histórica, no es ajeno a
• Alumno de la maestría en Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa en la Ciudad de Culiacán.
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ella ni mucho menos una manifestación aislada; tampoco es una causa sino una consecuencia.
A finales del siglo XIX los pobladores de Badiraguato se dedicaban al cultivo de manzana, membrillo, chabacano, maíz, fríjol, ajonjolí, higo y cítricos, nutriéndose de los deshielos de la sierra madre occidental en los márgenes del río Humaya. Producían piloncillo, cera y miel. Además de laborar las minas de Alisos, Santiago de los Caballeros, San Javier, Yedras, Otatillos, Lobitos, Tameapa y San Luis Gonzaga, de donde obtenían oro, plata y zinc.
La población china había jugado un papel preponderante en este proceso histórico llegando a Culiacán desde 1885, procedentes de las Californias donde laboraban como mineros. Los asiáticos llevaron la semilla de la amapola sembrándola para uso personal, pero a raíz de las campañas antichinas de 1927 promovidas por Plutarco Elías Calles, entonces Presidente de México, los chinos se recluyeron aumentando su adicción al opio, colaborando además en la mejora del procesamiento con fines comerciales. Fue así como la amapola comenzó a cultivarse con fines de sobrevivencia, exportándola a compradores de EU, que en muchas ocasiones pagaron con armamento a los agricultores sinaloenses.
La lucha oficial contra el comercio del opio se inició el 8 de enero de 1925, cuando se constituyeron marcos legales para restringir la utilización de opio, marihuana y cocaína, mediante los Acuerdos de Ginebra. Pero el 3 de julio de 1940, los Estados Unidos violaron los mismos acuerdos que habían promovido con tanto ahínco y suspendieron el decreto a raíz de la Segunda Guerra Mundial, promoviendo la producción de opio en Badiraguato y Culiacán. 1
Previamente, el 5 de diciembre de 1933, se había decretado una enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que prohibía el consumo y el tráfico de licores, dejando su cumplimiento en manos de los Estados de la Unión. Esto trajo como consecuencia que el judío Meyer Suchoculjansky, además de Lucky Luciano, comenzaran a traficar vía Shangai y Marsella, asegurando el abastecimiento de heroína turca, la mejor del mundo. En esos años, Cuba era gobernada por Fulgencio Batista, por lo que no hubo mucha resistencia para usar a la isla como
1Astorga Almanza, Luis, Mitología del narcotraficante en México; Bernal, Julio, “Narcotráfico en Sinaloa”, en Revista de la UAS, no. 2, julio–agosto, 1998; López Alanís, Gilberto, “Narcotráfico, corridos y cultura”, en El Suplemento, 8 de diciembre de 1991.
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lavadora de dinero en hoteles, casinos y prostíbulos. Era pues, un negocio que desde entonces redituaba millones de dólares.
Pero el conflicto bélico con Alemania trajo como consecuencia el bloqueo del opio de Esmirna, Turquía, por parte de Adolfo Hitler a los Estados Unidos. La escasez de productos derivados del opio incrementó el cultivo de adormidera y marihuana en varios países, entre los que figuraron: Túnez, Argelia y Perú, en el cultivo de adormidera; Siria y Líbano en la producción de marihuana; México concentró ambas. Las reservas de droga, en los Estados Unidos, estaban destinadas a los soldados, lo que desató un grave problema de demanda al interior debido a la gran cantidad de población adicta que tenían, pues no sólo era la necesidad de surtir a las tropas armadas sino a un número considerable de sus habitantes. Fue entonces que México se habría de convertir en el principal proveedor de opio para los norteamericanos.2
Antes, M. Suchoculjansky envió a Alfred Cleveland Blumenthal a que investigara las posibilidades que ofrecía México para el cultivo de opio. La región del Trópico de Cáncer comprendida entre Sinaloa y Durango, se erigió como la zona geográfica idónea para concretar sus planes. Fundamentalmente Badiraguato por tener inmensas cañadas y arroyos; por enlazar a Durango con el mar, por ser el segundo más grande en extensión, por su orografía con serranías abruptas de hasta 2, 200 metros de altura sobre el nivel del mar. Por ser un refugio confiable con un clima ideal para el cultivo de adormidera y amapola. En Badiraguato llueve casi todo el año, en el sur están las montañas de Buragua, Agua Blanca y Santiago de los Caballeros; en el sureste la serranía de Surutato, la sierra del Durazno, de la Bufa, de Guisiopa y Capirato. Además de encontrarse cerca de los Estados Unidos, lo que reducía costos y tiempos de traslado. Para 1940 se comenzó con el cultivo en cantidades industriales montándose los respectivos laboratorios.3
Para esto se contó con la venalidad de autoridades y con el apoyo de políticos influyentes, llegando a tal punto la corrupción que se tienen
2Astorga Almanza, Ibid; Obezco, Cipriano, “El crimen de la campaña antichina”, en Lecturas de Sinaloa, México, INEA, 1988; Vidales Quintero, Mayra, “Los comerciantes chinos”, en Ana Luz Ruelas y Guillermo Ibarra, coords, Culiacán a través de los siglos, UAS, 1994; Valenzuela, José Manuel, Jefe de Jefes, México, Plaza y Janés, 2003.
3Caro Medina, José, Badiraguato: tierra de promisión, Culiacán, 1999; Olea, Héctor, Badiraguato: visión panorámica de su historia, Culiacán, DIFOCUR, 1988.
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registros de transacciones en restaurantes y cantinas de Culiacán, como si se tratara de tomate, encareciendo el opio y orientando el consumo de la marihuana hacia las clases bajas. 4
En 1942, los presidentes Manuel Ávila Camacho y Roosevelt, de México y Estados Unidos respectivamente, habrían pactado el convenio que favorecía el cultivo de amapola y la producción de opio en Badiraguato. En ese momento los políticos y empresarios ingresaron con mayor determinación al negocio por estar en juego más dinero; entonces comenzaron a eliminar a los mandos medios, a los chinos y a los serranos, quienes se vieron en la necesidad de armarse por seguridad familiar. Luego el gobierno de Ávila Camacho implementó el servicio militar varonil obligatorio, la renovación del ejército y la existencia, mediante decreto, de armas de uso exclusivo del ejército. Sus medidas estaban disfrazadas de legalidad y amparadas en sus instituciones para beneficiar intereses particulares, dejando vulnerables a los campesinos que se dedicaban al cultivo de opio sólo por sobrevivencia, quienes desconocían los alcances mundiales y las ganancias que redituaba este negocio a prominentes políticos y magnates mexicanos.
Las condiciones geográficas e históricas se dieron en Culiacán y sus alrededores para el cultivo de opio y marihuana. No es casual que todavía siga figurando como uno de los principales centros de operaciones del narcotráfico. Es obvio que esta situación, desde entonces, ha generado violencia, elemento fundamental de lo que más tarde formaría parte de la música a través del narcocorrido. A partir de ahí, en todo momento ha existido la materia prima de la que se vale el trovador para reflejar su propia visión de los hechos en la escritura del corrido.5
Al término de la Segunda Guerra, la producción de opio fue restringida y combatida, pero los mismos jefes de la campaña gubernamental, siguieron fomentando su producción, fijando un tributo en especie, según la importancia de la comunidad y en algunos casos en efectivo. Extendían permisos y las quemas se aplicaban a campesinos que no cumplían con lo requerido.6
4Alfaro, Leonides, La maldición de Malverde; Ortega Noriega, Sergio, Breve historia de Sinaloa, México, COLMEX, 1999; Figueroa Díaz, José María, La muerte de Lamberto Quintero.
5Rocha Moya, Rubén, “Badiraguato, la otra historia”, en Gilberto López Alanís, coord, Encuentros con la historia. Badiraguato I, Culiacán, Presagio, 2002.
6Valenzuela Lugo, Raúl, El cultivo de opio en Badiraguato, Culiacán, 1979.
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En la década de 1950, Badiraguato se caracterizó por ser la capital del opio, por concentrar casi todas las balaceras y por ende los asesinatos a causa del negocio prohibido. Haciéndose de fama mundial al grado de ser bautizada con su nombre una de las principales avenidas de Honk Kong y un restaurante exclusivo de Esmirna, Turquía.7
Pero Culiacán concentraba a los magnates, los palacetes, los automóviles de lujo, los aviones y el dinero. Era la base de operaciones de los gomeros; el centro más abierto de comercio con mayor número de traficantes, incluidos políticos influyentes, comerciantes e industriales. En esta década hizo su aparición doña Jesús Coronel Quintero de Santiago de los Caballeros y Manuela Caro, famosa mafiosa del narcotráfico en Culiacán, que monopolizó por más de veinte años la producción de opio, teniendo como lugar de operaciones la colonia Tierra Blanca por cerca de cuarenta años ininterrumpidos.
Fue una época de mucha violencia, porque era una cerrada competencia. Todo mundo se quería hacer rico en un abrir y cerrar de ojos, presentándose hasta quince ejecuciones diarias, según consta en la hemeroteca del Archivo Histórico de Sinaloa. El índice de violencia a causa del tráfico de enervantes era tan grave, que algunos periodistas norteamericanos bautizaron a Culiacán como la nueva Chicago.
En este contexto fue que se dio el auge del narcocorrido porque desde entonces ha informado a la población sobre todo lo relacionado con la producción, distribución y consumo de las sustancias prohibidas. De esta década datan los corridos Carga Blanca, Contrabando de Juárez, Carga Ladeada y La Canela, por mencionar algunos.
El contexto histórico de 1970
En junio de 1950, tuvo lugar la intervención militar por parte de Estados Unidos en Corea, luego vino la guerra de Vietnam y el movimiento hippie (1965). Posteriormente ocurrió el colapso de la producción de heroína en Afganistán, Pakistán y Turquía (1972), debido a las sanciones que recibieron de Inglaterra, reafirmándose Culiacán como el centro operador por excelencia hacia Norteamérica. Lo anterior trajo como consecuencia una demanda desmesurada de drogas por parte de la población estadounidense, durante toda la década de 1970.
7Rodríguez, Ricardo, “El opio”, en Expresión: presencia de Sinaloa, no. 4, enero de 1959.
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El número de sus adictos se multiplicó, el opio pasó a los barrios negros, a los círculos universitarios, y otras drogas entre los burgueses de las grandes metrópolis como Nueva York y San Francisco. Los gomeros de Culiacán obtuvieron jugosas ganancias y el control –que todavía detentan- casi total de las distintas plazas de la droga en México hacia los Estados Unidos, al cobrar derecho de tránsito con rumbo a Tijuana, Nogales o Caborca, en Sonora.
Las ganancias eran tales que desde entonces comenzaron a lavar dinero en zonas bancarias libres como: Suiza, Islas Caimán, Bermudas, Bahamas, Barbados, Nuevas Hébridas, Panamá, Antillas Holandesas, Trinidad y Tobago, Liechtenstein, Liberia, Israel, Irán, Líbano, Inglaterra, Honk Kong, Irak y Tailandia.
La prosperidad reinaba en Culiacán, al grado que se veían pasear día y noche por el centro de la ciudad vehículos último modelo sonando música regional y descargando armas: M – 1, 38 súper, 45 y R – 15. Las colonias que fungían como centros de operación eran la 6 de Enero, Gabriel Leyva, Lomas del Boulevard y Tierra Blanca.
Los capos de la época como Eduardo Fernández, Manuel Salcido Uzeta, Ernesto Fonseca Carrillo, Francisco Chico Fuentes, Pedro Heliodoro Cázares, Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero, hacían acto de presencia en Tierra Blanca para cerrar negocios. Cientos de gomeros fueron asesinados. Las fugas del penal de Culiacán eran pactadas con las autoridades estatales y municipales, por lo que la sociedad no sabía si cuidarse de los delincuentes o de los policías, puesto que eran la misma cosa, salvo honrosas excepciones. Culiacán tenía que soportar hasta diez asesinatos diarios y es que los gomeros tenían el armamento más moderno proveniente de Estados Unidos, millones de dólares, poder político, autoridades compradas y carros robados con vidrios ahumados y sin placas.
Había una exagerada presencia de pistolerismo, distribución y consumo de drogas sin precedente, la violencia permeaba todo. En buena medida se llegó a este punto dado que las desatenciones del gobierno fomentaban el narcotráfico, toda vez que sus políticas regionales de desarrollo nunca resolvían el desempleo ni la pobreza, tampoco mejoraban las vías de comunicación, ni promovían la agricultura. En este período comenzaron a figurar en la escritura del corrido los gomeros o narcotraficantes como personajes centrales, pues cumplían con funciones que correspondían al gobierno. Por eso muchos ciudadanos los veían como héroes y en agradecimiento les componían sus tragedias. En estas
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condiciones se gestó la hoy denominada narcocultura, entendida como una forma de vida exaltada con el tráfico de sustancias ilícitas, manifestándose en arquitectura, vestimenta, pintura y en la música.
Por otra parte, la participación de la mujer en las actividades del narcotráfico fue aumentando, muchas de ellas empleadas como burreras a Tijuana, Nogales y Caborca. Esta realidad se reflejó en corridos como: Mujeres Contrabandistas de Pepe Cabrera (1970), Pollitas de Cuenta, y la historia de Camelia en 1973. El corrido fungió como manifestación del pueblo dejando en claro que lo narrado tenía una relación directa con el problema y el momento de auge que se vivió en estos años, dentro de un contexto nacional, pero además internacional.8
En esta realidad fue que el gobierno federal implementó diversas batidas financiadas por los Estados Unidos contra el tráfico de drogas en la región. En 1960 la Operación Volcanes y la Operación Guanajuato, concentrándose en el decomiso y en la destrucción de plantaciones de marihuana y amapola. En 1963 se implementó la Operación Comando. En 1969, el presidente Nixon, ordenó la Operación Intercepción, medida que implicaba una revisión minuciosa de los automóviles en la frontera norteamericana para detectar contrabando de drogas, sin consultar al gobierno de México. Luego vino la Operación Cooperación.
En enero de 1975 dio inicio la más grande campaña contra el narcotráfico en México: la Operación Cóndor. Fue una acción del Ejército Federal, la Procuraduría General de la República y la Marina. Participaron más de diez mil elementos al mando de Carlos Aguilar Garza, de la PGR, y de los generales Ricardo Cervantes García y José Hernández Toledo.9
Como resultado hubo más de 2, 000 presos en Culiacán, sólo en el primer año de aplicación, acusados de delitos contra la salud. Está documentado que a muchos se les tomó su declaración bajo tortura mental y física que incluía golpes en zonas blandas, toques eléctricos en los testículos, quemaduras de cigarro en el pene, mutilaciones, tehuacanazos con chile, etc.
La situación era terrorífica. Por ello muchos traficantes emigraron a Guadalajara, donde compraron residencias bajo la protección de las
8González, Ronaldo, “Narcotráfico y violencia en Sinaloa”, en Merodeos, Culiacán, DIFOCUR, 1996.
9Calderón Velarde, Alfonso Genaro, Tercer Informe de Gobierno, 15 de diciembre de 1977.
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autoridades en turno. Pero no sólo ellos, también habitantes comunes, tuvieron que huir por temor a morir ajusticiados por un delito que no cometieron. Mientras que los serranos –principalmente los de Badiraguato- cambiaron su lugar de residencia a Culiacán, tratando de evitar ser masacrados.
La migración provocada por la Operación Cóndor generó desempleo, más violencia y el aumento de la drogadicción en Culiacán. Miles de habitantes de Tamazula, Durango, llegaron a Culiacán huyendo de la persecución. Las medidas del gobierno, más que resolver el problema lo incrementaron de forma drástica. Algunos pobladores de Culiacán cuentan que por esos años era muy sencillo adquirir armas en el mercado negro para defensa personal y que los mismos emisarios de la ley eran quienes las comercializaban.10 En tanto, otros huyeron a Hermosillo, Ciudad Juárez, Caborca y Tucson, en Arizona.
No es un hecho fortuito que los narcotraficantes se hayan instalado en Guadalajara; la ubicación de ésta es estratégica. Sinaloa, Chihuahua y Durango poseen las condiciones geográficas ideales para la siembra y cultivo de enervantes, teniendo cordilleras montañosas de difícil acceso vía terrestre. Pero la falta de infraestructura adecuada para el refinamiento de heroína, cuando su producción se hizo inmensa, provocó que eligieran Guadalajara, de mayor dinámica industrial, además de ofrecerles protección policíaca y política. Guadalajara poseía un aeropuerto con poca vigilancia y miles de migrantes que sirven como vínculos para la colocación de la droga en Estados Unidos.11
La economía de Culiacán sintió los estragos. Los músicos dejaron de trabajar día y noche, las agencias de autos cerraron, los bancos perdieron millones de cueros de rana, los centros nocturnos despidieron a las prostitutas; las joyerías quebraron, los hospitales y las funerarias tuvieron menos difuntos y por ende menos ingresos.
La medida extremista implementada por el gobierno mexicano también perjudicó a periodistas, quienes fueron eliminados por gomeros afectados y/o por políticos corruptos que no estaban de acuerdo con que éstos exhibieran sus nexos con el problema al cual atacaban y a la vez
10Figueroa Díaz, José María, Sinaloa, poder y ocaso de sus gobernadores, México, Imprenta Minera, 1986; Sánchez Aguirre, Mario, Una mirada histórica al narco corrido en Sinaloa: apología, censura y tragedia social, Tesis de Licenciatura en Historia, UAS.
11Mejía Prieto, Jorge, México y el narcotráfico, México, Universo, 1988.
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defendían, una dialéctica de la política de nuestro país: sirven a dios y al diablo.
Este hecho es significativo para comprender la historia de Culiacán y también para ejemplificar cómo la sociedad de esta ciudad del pacífico mexicano se vale del corrido para difundir un hecho que los afecta. Fueron decenas de composiciones las que circularon en esa década narrando la violencia que reinaba y luego la represión militar implementada con la Operación Cóndor, destacando la composición de Pepe Cabrera, oriundo de la capital sinaloense, quien dejó constancia de lo sucedido en La Mafia Muere:
Culiacán capital sinaloense
convirtiéndose en el mismo infierno
fue testigo de tanta masacre
cuántos hombres valientes han muerto.
Se acabaron familias enteras
cientos de hombres la vida perdieron
es muy triste de veras la historia
otros tantos desaparecieron
no se sabe si existen con vida
o tal vez en la quema murieron.
Tierra Blanca se encuentra muy triste
ya sus calles están desoladas
no transitan los carros del año
ni se escucha el rugir de metrallas
las mansiones que fueron de reyes
hoy se encuentran muy abandonadas.12
La Operación Cóndor permitió a Estados Unidos seguir ejerciendo presión al gobierno mexicano, obligándolo a cumplir con la certificación bajo sus normas y condiciones, aun cuando los yanquis representan el mercado más grande de consumidores con dinero suficiente para comprar toda la droga del mundo (sólo comparado con la Alemania de Hitler). Nuestros vecinos del norte, según su discurso oficial, son el país de la democracia, pero también de la corrupción, donde existen las mayores lavadoras de dinero ilícito del mundo.
12Tigres del Norte, Corridos Prohibidos, México, Fonovisa, 1988, canción 10.
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Se habla de que el llamado Cártel del Golfo fue el primero en usar como sicarios a ex militares, pero en realidad, consecuencia de la Operación Cóndor, los narcos de Culiacán fueron los primeros que contrataron inteligencia soviética, guatemalteca, colombiana y mexicana. Los gomeros de Culiacán habrían logrado acuerdos con el Cártel de Cali, Colombia, para introducir más cocaína a Estados Unidos, generándose una sobreproducción. Toda la droga que no lograba entrar se consumía en México; el número de adictos aumentó en nuestro territorio.
La Operación Cóndor no sólo afectó a los habitantes de Culiacán, sino que tuvo repercusiones nacionales que todavía estamos sufriendo y que exhibió la corrupción, la represión, la intolerancia y la incapacidad del gobierno mexicano para afrontar los problemas sociales que nos incumben a todos, como el tráfico de drogas.
Taxonomía del narcocorrido
En este contexto, como parte de nuestros objetivos pretendemos hacer una clasificación del narcocorrido por temáticas tratadas. Cabe mencionar que dicha taxonomía es una aportación propia sobre el género. Se destacan la fe religiosa, la crítica política y el honor. Sobresalen también la crueldad y las amenazas, así como la incorporación de la mujer al narcotráfico. En otros casos se pinta el ambiente de las fiestas, el atuendo de los narcos y las cualidades de los jefes, arribando a tipologías sociológicas. Otros más señalan el carisma y el narcisismo de los jerarcas. El uso de códigos cifrados es materia de la última clasificación.
La fe religiosa. Involucra a deidades populares como Jesús Malverde y la virgen de Guadalupe. Un ejemplo es El Santo del Colgado que interpretan Miguel y Miguel:
Voy a pagar una manda
al que me hizo un gran favor
al santo que a mí me ayuda
yo le rezo con fervor
y lo traigo en mi cartera
con aprecio y devoción.
El de crítica política, cuestiona el papel que juegan las autoridades mexicanas y norteamericanas en el tráfico de drogas. Pone al descubierto la falsedad con la que actúan los funcionarios de ambos países al enfrentar el problema y cómo se hacen de la vista gorda cuando así conviene a sus intereses. Ejemplo: Los Súper Capos de Paulino Vargas:
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Quién financiaba a los contras
y que les daban a cambio
un matutino asegura
que era polvo colombiano.
Antes de certificar
primero limpien sus campos
dondequiera hay corrupción
sean gringos o mexicanos.
Voló media tonelada
de San Luis Río Colorado
los periodistas del norte
muy duro nos criticaron
pero los de River City
muy bien que se lo callaron.
Para los planes de ellos
Noriega era un estorbo
también Mata Ballesteros
porque conocían el rollo
los gringos mandan las armas
ellos les mandan el polvo.13
El honor militar. Se refiere a las historias donde el personaje que representa la ley no se deja corromper. Para él son más importantes los valores, la educación que recibió, mostrando un compromiso mayor con la institución a la que representa y con el pueblo mismo. Un ejemplo es Contrabando Perdido que interpreta la Arrolladora de Rene Camacho:
En la garita de Ochoa
municipio de Camargo
estaban los veladores
su cargo desempeñando
cuando llegó un federal
por el jefe preguntando.
Soy agente federal
contestó muy altanero
y quiero notificarle
del contrabando que llevo
van a pasar los camiones
13Invasores de Nuevo León, Leyendas, México, EMI, 1998, canción 11.
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diles a tus compañeros.
Como los hombres derechos
el cabo le respondió
así no puedes pasarte
en que papel quedo yo
acuérdate que a los hombres
nos justifica el honor.14
El de mujeres valientes. Cuenta la acción de damas en torno al contrabando. El corrido es Los Traficantes (la historia de Yolanda), del compositor Paulino Vargas:
No podían pasar a Texas
porque el río venía bufando
eran unos traficantes
que formaban una banda
con ellos venía una dama
que se llamaba Yolanda.
El río venía muy revuelto
su caudal seguía aumentando
cuando les dijo Yolanda
vamos a pasar nadando
el patero se ha marchado
creo que nos ha traicionado.15
De advertencia. Es aquel donde el personaje central de la historia manda un mensaje a su rival, avisándole que en cuanto salga de la cárcel pagará por la traición; un ejemplo está en los Incomparables de Tijuana. Título: “Rafael Caro Quintero (R1)”:
Yo no maté a Camarena
les dijo el número uno
Rafael Caro Quintero
fue un traficante sin nombre
ejecutor de los narcos
que andan en nuestro terrenos.
14Arrolladora, Corridos Arrolladores, México, SONY, 1997, canción 8.
El compositor de este corrido es Reynaldo Martínez, mejor conocido como el gallero.
15Broncos de Reynosa, Corridos sólo para hombres, México, SONY, 2003, canción 8.
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Búsquenlo y den con su pista
eso es problema de ustedes
les doy sólo una semana
para que aclaren el caso
y me den la libertad
quiero que empiecen mañana.
Aquí ya traigo en mi lista
nombre de diez comandantes
para cuando salga libre
muchos agentes traidores
que se decían mis amigos
van a empezar a morirse.16
De protesta. Maneja un discurso que va contra la postura moralista que se empeña en señalar a los narcotraficantes como gente sin sentimientos, que sólo envenenan a la sociedad, sin considerar que muchos de ellos no tienen otra opción para llevar un plato de comida a sus hogares. No es casual que muchos de los personajes que figuran en esta historia de transgresión, sean oriundos de la sierra, de los ranchos, donde no hay educación, ni oportunidades. Un ejemplo lo ofrece Mario Quintero Lara, líder de los Tucanes de Tijuana en su corrido El Centenario:
Si eres pobre te humilla la gente
si eres rico te tratan muy bien
un amigo se metió a la mafia
porque pobre ya no quiso ser
ahora tiene dinero de sobra
por costales le pagan al mes.17
El ficticio. Se centra en la narración de hechos imaginarios, cuenta aventuras de jóvenes en momentos de desenfreno y locura, exhibiendo armas y destacando la valentía. En suma, describe situaciones que no son ciertas, pero que suenan bien y que envalentonan a más de uno. Ejemplo: Fidel Rueda Reyes, en su Fiesta Privada en Sinaloa:
Me tocó allá en Sinaloa
una fiesta muy privada
16Incomparables de Tijuana, Corridos, México, 2005, canción 1.
17Lila Downs, La Cantina, México, EMI, 2006, canción 10.
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porque era mucha la gente
que traía su arma fajada.
Era una fiesta bonita
de pompa y mucho decoro
y las escuadras señores
traían puras cachas de oro.
Tocaba un grupo norteño
y la gente se alegraba
se oía el rugir de los cuernos
allá por la madrugada.18
El de amistad, es aquel que se hace a una persona con la finalidad de resaltar sólo cualidades. Es un homenaje en vida, por eso toma relevancia. Muchas personas deseaban ser exaltadas para que luego dijeran por las calles “¡Ahí va el Mochomo!”; “¡Mira ese es el JT!” No necesariamente hay una paga de por medio, sí se da, pero no es una regla. Un ejemplo de este tipo de corrido es el interpretado por los Intocables del Norte a Alfredo Beltrán:
Con una fija mirada
hombre de barba cerrada
con un acento de orden
así le habla a su plebada
caballero y buen amigo
Alfredo Beltrán se llama.19
El verídico. Narra hechos con apego a la realidad; detrás de cada composición está una investigación hemerográfica, y hasta bibliográfica y de archivo. Incluso existen compositores que antes de llevarlo a grabación piden permiso a los familiares de los personajes que involucra la narración. Los creadores que más destacan son Paulino Vargas y Teodoro Bello Jaimes, quien escribió El General, corrido interpretado por los Tigres del Norte:
Un general ha caído
dijo la televisión
cuando le dieron el puesto
pensaron que era el mejor
18Buitres, Corazón Rebelde, México, 2005, canción 1.
19Intocables del Norte, Corridos, México, 2006, canción 1.
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por culpa del contrabando
ahora está en la prisión.20
El corrido bravo, en su caso, narra historias crudas, detalla asesinatos, torturas y otras vejaciones difíciles de asimilar; sin embargo son situaciones que acontecen y con callarlo no se cambia nada. La Prueba de Fuego de Rigo López ejemplifica en su letra lo referido:
Señores pido permiso
para cantar un corrido
voy a contarles un caso
que en mi tierra ha sucedido
a un hombre que toman preso
de nombre Amado Carrillo.
Se celebraba una boda
a la cual él asistió
para que guardara el orden
a un capitán se invitó
era un traidor y cobarde
de esos que el diablo empeñó.
Carrillo hombre de dinero
pues lo ha sabido ganar
portaba valiosas joyas
que el capi quiso robar
sin tener otro motivo
luego lo mando arrestar.
Ya cuando se lo trajeron
Amado no traía nada
el capitán enojado
a un soldado le pegaba
porque le había permitido
que las joyas se quitara.
Se lo llevan al cuartel
como un vulgar delincuente
sin compasión lo torturan
el capitán y un teniente
querían que dijera cosas
de las que él es inocente.21
20Tigres del Norte, Jefe de Jefes, México, Fonovisa, 1997, disco 2, canción 9.
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El de encargo, como su nombre lo indica, se hace sobre pedido. El compositor fija el monto y el interesado propone historia, datos y las características de su persona. El costo del trabajo depende del compositor y del intérprete. Un ejemplo es Regalo Caro de Juan Villarreal:
La lealtad de un pistolero
se le aplaude y se le admira
porque son hombres completos
nunca andan con la mentira
y traen en su itinerario
a los que traen en su lista.22
Existe la anécdota de un compositor a quien en una ocasión se acercó un hombre ofreciéndole una suma importante a cambio de una historia que lo expusiera como un personaje destacado. El aludido cuestionó ¿Es usted narcotraficante? No ¿Ha matado gente? No ¿Es prominente empresario? No ¿Ayuda al necesitado? No. “Pues entonces no le puedo hacer ni una cumbia, compadre”, le dijo. 23
En cuanto al corrido de claves, revela datos que muchos no conocen, que la prensa no se atreve a decir y que él sí lo hace; pero está oculto, hay abreviaturas. Se refieren al JT, al M grande o al ganado sin garrapatas. Por eso el corrido de claves es para público selecto, muchos lo escuchan pero no cualquiera lo entiende. Es fuente primaria, testimonio vivo porque se canta lo que se ve sin tapujos. Identifica con el terruño, por eso se dice con orgullo “¡Soy de la tierra de Malverde! ¡Soy de donde crece la mata verde y puropadelante!”.
Surgió como una respuesta a la prohibición en la difusión del corrido en 1988. Los pioneros de este nuevo cambio generacional fueron los Tigres del Norte, los Canelos de Durango, los Tucanes de Tijuana; los compositores Paulino Vargas, Juan Villarreal, José Ontiveros Meza y Teodoro Bello, principalmente. Sin duda, uno de los corridos paradigmáticos es el Abecedario que interpretan los Canelos de Durango:
21Intocables del Norte, Canciones y Corridos, San Luis Río Colorado, Sonora, México, Sierra Records, 2002, canción 7.
22Raúl Hernández, Mil heridas, 2000, canción 1.
23Rueda Reyes, Fidel, Entrevista realizada por Luis Omar Montoya Arias, el 5 de Septiembre de 2005, en Culiacán, Sinaloa, México.
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Viajó la F y la U
la E, la R y la Z
también la A y la S
especiales bien descritas
en boludos color verde
querían caer a una fiesta.24
El corrido informa sobre lo acontecido durante una fiesta celebrada en un rancho ubicado en Costa Rica, Sinaloa; en ella se festejaba el cumpleaños de Javier Torres Félix, mano derecha de Ismael El Mayo Zambada, conocido como el M grande o la Mayonesa. De pronto y sorpresivamente arribó al lugar un comando del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFES), cuerpo entrenado en labores de inteligencia, lucha contrainsurgente y combate antidrogas perteneciente al ejército mexicano. Los boludos son los helicópteros y las letras se refieren a narcotraficantes y personajes distinguidos que se encontraban departiendo al festejado.
En tan sólo seis líneas se maneja información sin mencionar nombres ni lugares prohibidos de forma clara y evidente, que los hace más atractivos y arriesgados. El compositor tuvo la sensibilidad para percatarse que en la comunicación diaria, al hablar por teléfono o en las estaciones de radio, diversos individuos usaban claves con el fin de llevar en dos canales una misma conversación, debido a la interferencia de llamadas y al monitoreo constante que la inteligencia gubernamental hace de los medios de comunicación. Por eso las claves son cortas.
Otro ejemplo lo encontramos en el corrido Pacas de a Kilo de Teodoro Bello, que en el primer párrafo habla de un individuo que creció en la sierra, donde aprendió las matemáticas elementales nada más contando costales, en clara alusión a la marihuana, una vez que está empaquetada y lista para ser transportada.
Me gusta andar por la sierra
me crié entre los matorrales
ahí aprendí a hacer las cuentas
nomás contando costales.25
La segunda idea es la de un ganado sin garrapatas que se lleva al extranjero incluidas las colitas de borrego. Aquí se refiere a la marihuana
24Canelos de Durango, Corridos gruesos, México, SONY, 2000, canción 1.
25Tigres del Norte, La garra, México, Univisión, 2003, canción 1.
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sin semilla, misma que es exportada a Estados Unidos. Las colas de borrego son un tipo de marihuana que se da en Sinaloa, que se caracteriza por tener las hojas redondas, de ahí el mote. Hay otros tipos de marihuana como la golden que se da en Acapulco y la mexicana en Michoacán.
Muy pegadito a la sierra
tengo un rancho ganadero
ganado sin garrapatas
que llevo al extranjero
que chulas se ven mis vacas
con colitas de borrego.
El tercer ejemplo es de la autoría de Francisco Quintero, oriundo de Durango, pero radicado en La Fuente, California. Se trata de Las Novias del Traficante, atractivas pero no buenas amantes. En el tercer párrafo se proporciona información verídica sobre los nombres con los que se conoce a los distintos tipos de drogas y en dónde se cultivan y procesan, según el caso.
Blanca Nieves en Colombia
María Juana en Culiacán
Amapola está en Durango
en la sierra la hallaran
y la Negra está en Guerrero
y Cristal en Michoacán.26
Con el nombre de Blanca se refiere a la cocaína, especialmente a la producida en Colombia considerada la mejor por los consumidores norteamericanos. Juanita es el nombre con el que se le ha conocido desde hace más de cien años, según corroboramos en diversos corridos de la época, a la marihuana. La amapola es la planta matriz del opio, del cual se obtienen la morfina y la heroína. La negra es el adjetivo con el que se conoce a la heroína y con cristal se refiere a las drogas sintéticas como el speed, meth o chalk.
El último ejemplo es el de Jefe de Jefes, que difundieran los Tigres del Norte en 1997. Año que se caracterizó porque un número importante de agrupaciones e intérpretes como los Tucanes de Tijuana, los Intocables del Norte, Exterminador y la Arrolladora de Rene Camacho, sacaron al mercado grabaciones que incluyen puros corridos.
26Tigres del Norte, Jefe de jefes, México, Fonovisa, 1997, disco 2, canción 8.
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Jefe de Jefes es un homenaje al poder que lo corrompe todo, no hay nada ni nadie que se pueda resistir a él. Algunos afirman que está dedicado a Carlos Salinas de Gortari, otros dicen que a Amado Carrillo Fuentes; incluso existe una versión que asevera fue compuesto y dedicado a los Tucanes de Tijuana, por aparentes diferencias profesionales, económicas y personales entre el citado grupo y los oriundos de Rosa Morada, Sinaloa. Es impersonal porque a muchos les queda la corona y expresa verdades que a diario se ponen en práctica entre las mallas del poder, como aquella que dice el que quiera ser hombre derecho que se enseñe a mirar su nivel / sin talento no busques grandeza porque nunca la vas a tener.27
El narcocorrido no es el responsable directo de tanta violencia que padecemos en la actualidad. Hay más responsables, el Estado, algunos medios de comunicación y otros actores sociales. Con narcocorridos y sin ellos los problemas sociales seguirán mermándonos como sociedad, esos no dejaran de existir por decreto ni por buenos deseos, ni por valentones políticos que no padecen la violencia, ni la pobreza, ni la falta de empleo, ni las carencias educativas.
Fuentes
–Astorga, Luis, El siglo de las drogas, México, Plaza Janés, 2005.
–Astorga, Luis, Mitología del narcotraficante en México, México, UNAM, 1995.
–Bernal, Julio, “Narcotráfico en Sinaloa”, en Revista de la UAS, no. 2, julio – agosto 1998.
–González, Ronaldo, Modernidad, narcotráfico y violencia en Sinaloa, en Merodeos, Difocur, 1996.
–López Alanís, Gilberto, “Narcotráfico, corridos y cultura”, en El Suplemento, de Difocur, 8 de diciembre de 1991.
–Mejía Prieto, Jorge, México y el narcotráfico, México, Universo, 1988.
–Obezco, Cipriano, “El crimen de la campaña antichina”, en Lecturas de Sinaloa, México, INEA, 1988.
–Olea, Héctor, Badiraguato: visión panorámica de su historia, Culiacán, Difocur, 1988.
–Ortega, Sergio, Sinaloa: una historia compartida, Culiacán, Difocur, 1987.
–Rodríguez, Ricardo, “El opio”, en Expresión: presencia de Sinaloa, número 4, enero de 1959.
27 Tigres del Norte, Jefe de Jefes, Univisión, 1997.
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–Simonett, Helena, Historia de la música de banda, Mazatlán, Asociación de gestores del patrimonio histórico y cultural de Mazatlán, 2004.
–Valenzuela, José Manuel, Paso del Norte, Tijuana, El Colegio de la Frontera Norte, 2004.
–Vidales Quintero, Mayra, “Los comerciantes chinos”, en Ana Luz Ruelas y Guillermo Ibarra Escobar, coordinadores, Culiacán a través de los siglos, UAS, 1994.
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“LA MARIPOSA AMARILLA:” el autor, el crimen, un idiota y el silencio en torno al narco
Gabriela POLIT
“Mi primer problema con la ley fue cuando caí. Yo siempre trabajé en la sierra, donde no había ley.”
Rafael Caro Quintero.1
El fenómeno del tráfico de las drogas ilegales en México es, hoy por hoy, el detonante de una ola de violencia que según algunos analistas, sólo es comparable con la que se experimentó en la década del 20, en los años que siguieron el fin de la revolución. Sin embargo, en la historia mexicana la producción y el tráfico de estimulantes como la marihuana y la heroína se remontan al siglo XIX. No es sino hasta 1912 cuando
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empezaron a realizarse convenciones mundiales para prohibir ciertos estimulantes, cuando el tráfico de estos productos se torna un acto delictivo. La visión hegemónica de esta prohibición se consolida en 1961 con la “Convención Unica sobre Estupefacientes” en las Naciones Unidas, en la que se establece un plazo de 25 años para acabar con algunos cultivos y erradicar el consumo de las drogas que de ellos se derivan (Astorga, Gootemberg).
La progresiva institucionalización de esta prohibición consolida un negocio ilícito que opera y crece paralelamente al poder central.2 La zona donde se desarrolla el negocio es el noroeste, ya que son las estribaciones de la Sierra Madre (región fronteriza entre los estados de Sinaloa, Durango y Chihuahua) donde se cultivan la amapola y la marihuana. Aunque su producción fue constante en la primera mitad de siglo, se incrementa desde los años 40 en adelante debido al crecimiento de demanda en los Estados Unidos (La Segunda Guerra Mundial, el boom de la cultura hippie y la Guerra de Viet-Nam son los eventos detonantes).
Con la implementación de la Operación Cóndor a partir del año 1975, el ejército interviene en la zona norte del país para desarticular los focos guerrilleros ahí establecidos. El segundo objetivo de esta incursión es acabar con los sembradíos de marihuana y amapola. Violenta y represiva la Operación Cóndor tiene un efecto inmediato y desarticula algunos grupos de traficantes. En la década siguiente, sin embargo, éstos aparecen con más fuerza. Establecen operaciones en varios estados del país y cuentan con armas mucho más sofisticadas para defender un negocio que si bien presenta mayores riesgos, promete ganancias exorbitantes. Con la declaración de la “Guerra contra las drogas” en 1986 por Ronald Reagan, la actividad se vuelve aún mucho más violenta. A esto se suma que los colombianos, con el control sobre la cocaína proveniente de América del sur, establecen contacto con los grupos mexicanos para convertir a México en el principal puerto de entrada de drogas hacia los Estados Unidos.
En la política interna, la paulatina pérdida de hegemonía del partido único, el PRI, implica también un cambio en la relación vertical entre el estado y los grupos de narcotraficantes. Durante el gobierno de Salinas de Gortari y la implementación de políticas neoliberales, se ponen en evidencia los fuertes vínculos entre el gobierno central y el narcotráfico. Por otro lado, la muerte de Pablo Escobar en Colombia, hace que los mexicanos quieran manejar el monopolio del mercado global. El narcotráfico entra en una etapa de expansión: el transporte se vuelve más efectivo; su mercadería más refinada y barata y, como
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consecuencia, los mercados crecen y se diversifican. La intensificación de la “Guerra contra las drogas” sólo sirve para consolidar el negocio, y a la vez, convertirlo en una empresa cada vez más violenta.3
Este panorama descrito a vuelo de pájaro, de manera superficial da cuenta de que el desarrollo y la consolidación del tráfico de drogas ilegales en México ha sido paulatino. Los eventos y fechas que interesan a historiadores y científicos políticos, sin embargo, no contemplan los complejos procesos sociales y culturales que se gestan alrededor de la cada vez más refinada criminalidad del tráfico de drogas. Estos procesos van desde la consolidación de nuevos usos de violencia y las varias formas de naturalizarlos, hasta el desarrollo de la industria cultural en torno al narcotráfico y sus protagonistas. La movilidad social que el dinero del narcotráfico ha provocado en poblaciones de la sierra se da al tiempo que se consolida una industria cultural encargada de difundir ciertos valores, de criticar o alabar hazañas de los narcos, y de fomentar consumidores de esta producción simbólica. En este universo de prácticas y representaciones está la literatura.
El autor
En el ámbito cultural de Culiacán, es imposible no reconocer que el narco imprime su estilo, si no es en la recreación, celebración, comercialización de bienes simbólicos, es en el registro de lenguajes locales y los silencios que lo conforman. Ese es el caso de las novelas de Elmer Mendoza, reconocido por la crítica como el gran escritor del narcotráfico.4
A las 9:20 de la mañana Mendoza me recoge del hotel y vamos a desayunar a ‘La mariposa amarilla”. Un restaurante en medio de la ciudad y a sus afueras, una de esas zonas híbridas entre pavimento y tierra; entre carretera y línea de tren; entre casas de clase media y casuchas; escenario en el que rebozan los extremos de la generosidad del trópico y su rudeza. Las mesas están ubicadas en una cancha techada en medio de plantas, árboles y enormes enredaderas. El piso de tierra está húmedo por la lluvia de la noche anterior y no quedan mesas vacías en el salón con techo. Evadiendo charcos nos acercamos hasta una mesa en la baranda de la casa, cerca de la cocina y próxima a la orilla del río. Los patos graznan y el olor a canela con el que se aroma el café local llega con la humedad del aire.
Había contactado a Mendoza antes de llegar a Culiacán porque leí su obra y sabía de su reputación dentro y fuera del país.5 Quería conversar sobre los telones de fondo que inspiraron e hicieron posible dos
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de sus novelas: Un asesino solitario (1999) y El amante de Janis Joplins (2001). Quería saber cómo define Mendoza su tarea de escritor en una sociedad traspasada por la violencia del narco, y así dimos rienda suelta a nuestro interés por la literatura.
En esta parte voy a abordar la obra de Mendoza, tratando de mantener un equilibrio entre la intensidad de nuestro diálogo en aquel restaurante de nombre macondiano, y la mirada crítica a su producción artística. El reto del trabajo es conservar en la escritura la dosis de irreverencia necesaria para el análisis, pese a que el encuentro generó una proximidad que necesariamente afecta la anhelada objetividad analítica. En el marco de lo que se plantea, este trabajo ocupa una geografía parecida a la del restaurante donde tuvo lugar nuestro diálogo: una zona también híbrida entre la entrevista y la crítica literaria; entre la crónica y el diario de viajera. Topos que mejor permite explorar la violencia de narco y las maneras de representarla.
En el diálogo Mendoza me hace notar que hay un equilibrio entre el escritor conocedor del oficio, y aquella persona pública en la que sus libros lo convirtieron hace ya más de una década. Me cuenta que no teme los membretes porque no modifican su compromiso con la literatura. Dice haber aprendido a decir a los medios lo que a los medios les gusta escuchar, y ríe. También a la crítica, comenta. Con seguridad algo de nuestro diálogo vendrá cargado con esa palabra precisa que él intuye yo busco. Lo que queda claro, sin embargo, es que Mendoza reconoce que las varias lecturas a sus obras ya no le pertenecen. Le encanta que lo adopten los de la novela negra y no siente que su obra sea política, pero no le molesta que así la registren. Tampoco define su trabajo como la narrativa sobre el narcotráfico, aunque resulta paradójico, puesto que es así como se ha ganado la fama. Pero Mendoza distingue muy bien el trabajo del creador y aquel de los críticos.
Elmer escribe sobre crímenes y criminales, sobre idiotas y guerrilleros y muestra de cerca la vida sinaloense. Si bien los personajes de Un asesino solitario y El amante de Janis Joplis –campesinos pobres, pequeños burgueses venidos a menos, pescadores y criminales de comandos especiales y del bajo mundo– nos exponen cómo esta región de México se ha visto afectada por la presencia de los narcos; los temas que Mendoza escoge para crear sus historias y caracterizar a sus personajes evocan antiguos registros y tradiciones literarias. Sobre los narcos, confiesa que en estas dos novelas los ha descrito a través de la ausencia. “Esa ha sido mi manera de narrarlos,” comenta.
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Mendoza empieza a tratar el narco en su primer libro de crónicas. Cada respiro que tomas se publica en 1990 a propósito de un encuentro sobre “Narcotráfico y cultura”, organizado por DIFOCUR (hoy Instituto Sinaloense de Cultura) en ese mismo año.6 El autor se ubica en el lugar del productor de un discurso simbólico. Es decir, el texto muestra la cultura local y sus pintorescos personajes, y a la vez hace guiños que advierten al lector que éstos son producto de una construcción simbólica, que son fruto de un artificio. En ese espacio que separa al lector de los personajes y sus circunstancias, la obra sirve de glosa al universo cultural del narco. ¿Cómo logra Mendoza este efecto? Me arriesgo a decir que él es un artífice del lenguaje vernáculo, de la jerga local. Incomprensible en un inicio –por los giros lingüísticos y el uso de modismos– el lenguaje se torna cadencioso y fluye con mucho sentido del humor, para culminar recordándonos que eso que leemos es fruto de la labor literaria.
Cuando terminamos de comer, subimos en su auto y damos un paseo por la ciudad. Los culichis1 hablan del narco tour con cierto sarcasmo, y comentan que los taxistas tienen tarifas fijas para los turistas. Mendoza no me da el narcotour, sino que me muestra el paisaje donde transcurren sus novelas. Me lleva a la col Pop, de donde salen casi todos sus personajes literarios. La col Pop es una colonia de clase media, con casas de piso bajo y porches de colores. Mientras paseamos, me cuenta que además de escribir, conduce talleres literarios. Años atrás llevó a cabo talleres con los reclusos de la cárcel local. “Todavía me conmueve recordar los testimonios que los muchachos escribieron para el taller”. Me explica que en los diarios literarios tales alumnos dieron su testimonio de una manera muy distinta al testimonio que daban en las cortes ante la justicia. En su escritura los chicos contaban con lujo de detalles experiencias personales que no podían articular cuando daban su testimonio legal.8
¿En esos talleres nace el lenguaje de tus personajes? – pregunto. “No”– contesta con firmeza. “Mira –y señala por la ventana. Esta colonia que ahora es de clase media, cuando yo era pequeño era de gente muy pobre y era una zona muy peligrosa de la ciudad. En este lugar crecí, aquí me crié. El lenguaje de mis personajes es mi lengua materna.”
La crónica
En la primera parte de Cada respiro que tomas, Mendoza nos acerca al extremo de lo que es el tráfico de drogas ilegales. “La parte de
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Chuy Salcido” es la historia de vida de un recluso. La crónica reporta la vida del criminal, un sujeto al que paradójicamente, hay que darle voz. Pero este muchacho no puede explicar la situación que lo abarca y lo excede. Tampoco lo hace el cronista, porque hacerlo implica imponerle un sentido y así, silenciar su experiencia así como él la cuenta, con sus gestos y palabras, entre bocanadas de humo. Hay que reconocer que si éste es el límite epistemológico de la crónica, también que es su más impactante acierto.
Chuy cuenta cómo se inició en el negocio de las drogas, las peripecias en el transporte de mota; sus encuentros con los judiciales, la traición y, finalmente, la vida en la cárcel. En ningún momento Mendoza toma distancia de las palabras del Chuy para explicarlas. Tampoco antepone su aproximación personal a una historia que escucha/graba/transcribe/edita. El Chuy entonces, elabora su testimonio sin que en el texto aparezcan marcas que determinen una justificación que trascienda su situación ni sus causas. La lectura es un reto. El registro del lenguaje del Chuy no es fácil de seguir, y sin embargo, a lo largo de las diez secciones cortas del relato de su vida, terminamos por entender y disfrutar de la cadencia de sus palabras. Pero Mendoza es indolente con los lectores. Nos enfrenta con su personaje (el texto) sin instrumentos que (nos) den seguridad en la lectura. Aquí está su aproximación literaria (ética y estética) al Chuy y a su historia. Aunque se puede interpretar el uso del testimonio como un ejemplo más del auge de éste género como discurso de verdad y de redención en un momento en que la literatura estaba en una etapa de desprestigio en América Latina, en este caso es notorio el trabajo con el lenguaje. Ahí se pone de manifiesto la diferencia entre el lector y el protagonista del relato, porque si bien el lenguaje es el nexo que une al lector y al protagonista, también es lo que los separa.9
En una entrevista a propósito de su crónica, Mendoza explica que el personaje del Chuy surge a partir de la conversación con varios reclusos en la cárcel de local.10 “Mas bien es el ensamble de muchos personajes”. (51) El Chuy es una suerte de sujeto ideal cuya vida da cuenta de una experiencia colectiva. Lo que lo convierte en personaje de ficción, es que su historia no merece explicación. Es un universo que se construye en un lenguaje vernáculo trabajado a pulso y al que si se le añade una explicación, terminaría por desaparecer. ¿Acaso, no es esto lo más parecido a la literatura? 11
Ciertamente la sensibilidad de Mendoza se filtra por eso que él define como su lengua materna, pero hay que reconocer que no es una lengua estanca. En la segunda parte de ese libro, Mendoza sigue firme en
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su búsqueda estética del lenguaje y su crónica decanta en el artificio de las formas literarias. En cada uno de los cortísimos capítulos se narran las historias de eventos violentos ocurridos en el estado. Casi todos ellos han sido registrados anteriormente en narcocorridos, porque son parte del repertorio de mitos y leyendas de la cultura local. En el libro estos eventos se narran en varias voces, rumores y diálogos porque son el saber colectivo. Ese es el caso de “Clínica Santa María” y “Camelia la Texana” los títulos que copian los nombres de dos narcocorridos. “La culpa la tienen los narcos” muestra un salto hacia imágenes más elaboradas: “El oleaje era verde. Color que es propiedad de Lorca, como Darío detenta el azul y Rulfo el ocre campesino” (59). Para mostrar el lugar externo que ocupa el cronista hacia el final de la crónica, un personaje lo interpela: “Tú sabes lo que es la crisis -continuó JM- si a nosotros, los pequeños propietarios que se supone que estamos bien, no nos alcanza, menos a los ejidatarios;…” (60). En la última crónica, “El sepelio de don Bernardino Quintero” se mantiene la voz impersonal en una narración en la que abundan imágenes literarias: “El sol avergonzado buscaba el cuerpo de las muchachas” (61).
Mendoza, como un Pierre Menard, copia en su libro, no sólo las historias del narco, sino su representación, o sus varias representaciones.12 Aunque sus palabras no son idénticas a las de los narcocorridos (como son las que copia Menard de Cervantes) al reescribir lo representado, Mendoza elabora también un texto mucho más complejo respecto al narco. En cada sección no sólo recuerda a los personajes y los hechos, sino que el recuerdo se elabora como una reflexión sobre su representación previa. Cada respiro que tomas es un texto cultural y una glosa al mundo de representaciones que se articulan al alrededor del narcotráfico. La crónica da cuenta de la artificialidad de los mitos y sus protagonistas; de los hechos y sus varias versiones (inclusive la de Mendoza mismo) que finalmente constituyen la cultura del narco.
El crimen
La literatura –y la crítica literaria—han explotado el crimen como uno de los eventos de virtudes insospechadas. Josefina Ludmer lo dice muy bien cuando afirma: “Como bien lo sabían Marx y Freud, el crimen es un instrumento crítico ideal porque es histórico, cultural, político, económico, jurídico, social y literario a la vez: es una de esas nociones articuladoras que están en o entre todos los campos” (14 énfasis en el original). Cuando el crimen es del tráfico de drogas, los discursos oficiales están llenos de alusiones moralistas en contra de las drogas, y de silencios implícitos a la actividad clandestina. Elementos que contribuyen
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a la mistificación de las actividades ilegales y de los personajes que se dedican a ellas. Los Estados, según Gootenberg, participan activamente a esta mistificación, porque es su manera de promover discursos de control. (31)13 En las novelas de Mendoza, el silencio respecto de los narcos tiene un efecto contrario. En vez de mistificarlos este silencio los revela, si no como personajes individuales, sí como protagonistas de la cultura que habitan y crean.
En 1999 publica su novela Un asesino solitario. La historia toma lugar en 1994 y el evento que articula la trama es el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Colosio fue designado por Salinas de Gortari como candidato del PRI para sucederlo en la presidencia, pero fue asesinado en Sonora durante los meses de la campaña. El caso Colosio fue un escándalo que puso, una vez más en la historia del PRI, el dedo en la llaga. La corrupción del gobierno y la íntima relación entre política y crimen ahora tenían un telón de fondo: el narcotráfico. Mario Aburto, a quién se le atribuyó la muerte de Colosio, declaró haber trabajado en solitario.
Mendoza se apropia del adjetivo con el que la prensa publicó las declaraciones de Aburto donde él aseguraba haber actuado en solitario. Pero como el músico que interpreta e improvisa una pieza de jazz, el solitario de Mendoza tiene una manera personal de ejecutar un crimen que está orquestado por organismos que trascienden su singularidad.
Quizá en ningún evento –como en el asesinato a Luis Donaldo Colosio—converjan de manera tan perfecta los elementos para una novela negra. El asesinato sucede cuando el éxito del sexenio de Salinas, después de la firma de NAFTA y la pretenciosa ubicación de México entre los grandes del norte, estaba eclipsado por los aguafiestas Zapatistas en Chiapas y los rumores de que la mentada limpieza del régimen respecto a la corrupción del narcotráfico, había sido una pantalla. La coyuntura política estaba dominada, además, por la fuerte presencia del narcotráfico. Para comprenderla desde una perspectiva histórica, vale la pena citar de nuevo a Gootenberg: “Drug trades are both the underside and product of trade liberalization: pressures for enhanced commerce and for shrinking states collide with the dictates of tighter control over unwanted trades. Nowhere is this tension clearer than with NAFTA and the intensified smuggling and militarization along the Unites States-Mexico border during the 1990s” (…). Esta es la coyuntura que nutre la obra de Mendoza.
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Aunque como novela negra está lejos de ser una novedad en el contexto del norte mexicano, con ésta se estrena la perspectiva de un sicario entrenado en el regazo del estado represor de Díaz Ordaz, que se distancia de los narcos locales, pero que al estar del lado del gobierno, termina sin saber para quién trabaja.14 El Estado, o las instituciones del Estado son fundamentales en la genealogía de este asesino y por lo tanto el Estado tiene un lugar protagónico en la historia.
Jorge Macías, “Yorch” para los amigos, es el solitario que mantiene un diálogo (que resulta ser un monólogo porque su interlocutor nunca le contesta) con un compañero de escondite. El es el narrador de esta historia, y lo hace en la jerga carcelaria de los de su clase. Si en un primer momento nos resulta incomprensible el relato, en el transcurso de la lectura notamos cómo el autor transforma las palabras de Macías en un lenguaje con ritmo y valor estético. El autor deja que el protagonista cuente su historia sin interrupciones ni preguntas, y describe a su asesino en un lugar oscuro, húmedo, incluso fétido, como una cárcel (como el caso del Chuy). Macías dice estar en el drenaje profundo, que al parecer es la construcción de una alcantarilla y que en mucho se parece a la cárcel: “…ya ves lo que se dice de los que trabajamos aquí, en el Drenaje profundo: que somos puros malandrines, puros batos felones, y de ahí parriba; será el sereno, pues sí ni modo que qué, así que carnal, acomódate porque el rollo es largo¨ (11).15 Esta coincidencia se hace más efectiva cuando Macías saca de rendijas o debajo de las piedras sus bienes: drogas, alcohol, comida. Interrumpe el relato en varios momentos para compartir estas cosas con su interlocutor, y hace notoria la dificultad de conseguirlas, lo cual incrementa su valor como mercancía, tal como sucede en la cárcel.
Sus compañeros de trabajo lo llaman El Europeo, por la precisión y sangre fría en el cumplimiento del trabajo. Macías confiesa que prefiere trabajar solo, para evitar la traición y entre los reglamentos de su ética personal está el no meterse con narcos, con mujeres ni curas. A los curas no quiere matar por superstición; a las mujeres porque las considera más débiles y vulnerables, igual que a los niños. De los narcos, en cambio, se aleja por otras razones: “…nunca quise nada con ellos porque ahí son broncas de familias, te bajas un cabrón y luego es una mancha de jodidos la que te quiere hacer gacha, además, varios de mis compas le entraron al negocio, como le dicen, y así les fue carnal: un desmadre, casi se acabaron la clica” (112).
Macías, un miembro del cuerpo especial encargado de la seguridad del presidente, pasa por una época difícil con su jefe, que no lo ha
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convocado en algún tiempo. Inseguro sobre su condición y sin saber si está destituido, recibe una oferta de trabajo que le dejará buen dinero: matar al candidato a la presidencia en plena campaña. Cuando Macías se compromete a llevar a cabo su trabajo, recibe una llamada de su jefe, para que vaya a Chiapas con la falsa identidad de periodista, para matar al Comandante Marcos. Los zapatistas le estaban arruinando el festejo de la culminación del sexenio a su presidente. Estos dos trabajos Macías los tiene que cumplir casi al mismo tiempo. Al Candidato lo mataría cuando estuviera en el norte del país, y luego tendría que viajar a Chiapas. Las cosas se complican y no puede cumplir con sus compromisos. Pero por esta razón se da cuenta de que él es también víctima de una trampa y que con la muerte del Candidato, se ha planeado su propia muerte. Como sucede en el género negro, el desenlace de la historia tiene que ver con un fracaso producto de las cosas del corazón.16
Macías es conservador y racista. La constante alusión a la televisión deja ver que es ahí donde se nutre para comprender el mundo. Admira y concuerda con Abraham Malicovski, (Jacobo Zabludovsky) el comentarista del telediario mexicano cuyas visiones conservadoras y sus vinculaciones con la elite del PRI, hacen que el problema en Chiapas, los guerrilleros, y las demandas del Sub-comandante Marcos, le resulten, además de estúpidas, antipatrióticas. Su nacionalismo es tan cándido como peligroso, sobre todo cuando comenta que trabajaba para el servicio secreto del presidente, y se expresa con añoranza del poder del que en algún momento gozó. También reflexiona sobre su oficio:
…me acordé del candidato, realmente era un bato acá, simpático, buena onda, y si me lo iba a bajar no era nada personal, simón que no, nada que enturbiara la onda, porque lo que soy yo ni enemigos tengo y nunca le di cran a nadie porque me cayera gordo, nel, siempre trabajé para otros; sí es cierto que por mi cuenta me bajé a tres o cuatro, pero se puede decir que fue en defensa propia. (137)
En Macías no hay remordimiento, y la responsabilidad, si alguna, él la pone en quien lo contrata. Al final Macías descubre que fue traicionado por su jefe que decidió sacrificarlo al encomendarle un trabajo en el que no podía haber ni cómplices ni testigos. Por su reputación de solitario, es el hombre perfecto para cometer el crimen contra el candidato. El viaje a Chiapas lo haría presa fácil de un accidente que lo hiciera desaparecer sin mayor escándalo y por tanto, sin dejar rastros de quién mató al candidato. Macías sería ejecutor y víctima de un crimen planeado desde Los Pinos. El crimen doble hace que Macías no sea sino un mediador en un engranaje de corrupción, ilegalidad, y falta de
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moral. La ética de Macías, entonces, no sorprende ni alarma, sino que parece la adecuada. Su drama como en toda novela negra, es quedar atrapado en el crimen de la institución que avala la ley.
La identificación que los lectores tenemos con Macías hace posible que el crimen que describe Mendoza se interprete como una apelación a la suspensión del juicio moral como parte de su construcción estética, tal y como plantearon los románticos siguiendo a Kant, e incluso la tradición de la literatura gótica. Sin embargo, al analizarlo con detenimiento, es imperante reconocer la dimensión ética que el mismo Macías le confiere a su crimen. Aquí radica la importancia del género negro en el tema del tráfico ilegal de drogas y el sistema corrupto que lo genera.
Cuando le pregunto a Mendoza sobre las lecturas que nutren su literatura, entre sus muchos autores menciona, por supuesto, a Dashell Hammet, Raymond Chandler, incluso a su gran amigo Rubem Fonseca. De todos los autores que mencionó, mi memoria se detiene en ellos no sólo porque en su literatura la constitución del crimen muestra la zona gris del poder, sino que la construcción de los personajes es una intensa labor con el lenguaje. En Mendoza el lenguaje no sólo es ese punto de encuentro y desencuentro con el otro, como se ha dicho, sino que constituye la verosimilitud del relato. Eso es lo que Jameson define como el asunto problemático de la novela criminal.17 La innovación del lenguaje es propia de la novela negra, como síntoma de la fragilidad de la institución de la ley dentro de un estado en vías a una modernización que no había llegado a consolidarse.18 En el caso de este relato se puede decir que es fruto de un estado en vías de reconfiguración y de diversificación democrática después de 70 años de estar regido por un partido único. En este amplio contexto Mendoza narra una historia en la que la cultura del narco es una ausencia, pero una ausencia obvia.
El idiota
Críticos de arte, escritores, y artistas sinaloenses afirman que la violenta incursión del ejército durante los años de la Operación Cóndor dejó una marca traumática en la población. Los abusos a los derechos humanos, las desapariciones y la desarticulación de movimientos de base de estudiantes, ejidatarios y sindicatos, fueron producto de las políticas represivas de la época.19 El amante de Janis Joplins es una historia que se desarrolla durante estos años de terrible represión estatal. Una vez más, a través de la historia de un joven humilde, Mendoza recrea la vida en Sinaloa y muestra, por un lado, un estado abusivo y por otro, la lenta consolidación del los narcos en la región.
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Si en Un asesino solitario Mendoza presenta a un criminal sin remordimiento en El amante de Janis Joplins explora el mundo de las víctimas sin redención. El relato presenta un anti-misticismo que no se puede traducir en una mera estetización de la violencia, pero tampoco en un nihilismo sofisticado. El amante de Janis Joplins es una novela de un realismo poco mágico.
El relato comienza con la descripción de un crimen que tiene el eco de un pasaje bíblico. David es un joven de la sierra, humilde y muy hábil con las piedras. Por la velocidad con que las lanza, su fuerza y buena puntería, es incluso capaz de cazar conejos a piedrazos. Cuando el capo de los narcos, Rogelio Castro descubre que David tuvo una eyaculación al bailar con Carlota, su amante, lo empuja y lo tira al piso. David, indefenso frente a ese Goliat enorme y todo poderoso que dispara al aire para amenazarlo, tira una piedra en la frente de su verdugo con tal fuerza y puntería que lo mata. El asesinato, lejos de liberarlo como al héroe bíblico, lo ata a la ira y al deseo de venganza de toda la familia Castro. La desgracia de David a lo largo del relato está ceñada por el código de honor que identifica a la familia de narcos.20
Hay otro elemento que caracteriza a David, y es que todos lo consideran un idiota. Tiene los dientes grandes y la boca siempre abierta. En la historia, sin embargo, más de una vez los lectores nos preguntamos si más allá de su pinta y de ser un campesino ingenuo y sin educación, es realmente un idiota. Como estrategia narrativa, hacer de un idiota o un proto-idiota el protagonista de la historia, hace de este personaje nos resulte indefenso. En el mundo en el que habita, su aspecto lo hace inofensivo y sus aventuras, aunque violentas, pueden presentarse con mucho sentido del humor.
Pero además, después de matar a Rogelio Castro, empieza a escuchar una voz interna que le da órdenes y que lo insta a actuar de manera extraña. Todos asumen que lo que escucha David es un síntoma más de su estupidez, que ahora cobra visos de locura. Pero en realidad la voz que le habla representa su parte re-encarnable que alcanzará su libertad y autonomía, únicamente con la muerte de David. Eso explica que a lo largo de la historia, además de maltratarlo, la voz lo instigue a cometer actos que pueden provocar su muerte: medir su hombría con sus verdugos, buscar la venganza por la muerte injusta de su padre en manos de los Castro; enfrentarse con el ejército cuando sospechan de él, etc.. En un momento de la historia, cuando David le pregunta a la voz, por qué apareció tan de pronto en su vida y qué es lo que busca, la voz le confiesa
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que él es su última parada antes de la libertad total y que sólo un suicidio (de David) la condenaría a una temida eternidad.
El debate entre David y la voz no es el del bien contra el mal. Recordemos que la voz lo insta a hacer el mal. Es un recurso para mostrar la tensión entre el sentido común de David y el de los valores que atentan contra su vida. La presencia de la voz no sirve para elaborar una teoría de lo trascendental, no es una presencia mística que explique los infortunios de David. Por el contrario, la voz le sirve a Mendoza para presentar y resolver el tema de su novela: el sinsentido de todos los sufrimientos su protagonista. Si la idiotez de David lo sitúa como una víctima ante los lectores, su intercambio constante con la voz le da un perfil de autonomía y agencia que no parecen serle propios a un idiota. La voz neutraliza un posible paternalismo del lector hacia el personaje. En otras palabras, si la idiotez le sirve para protegerse de los personajes en la historia, la voz le sirve para protegerse de la lectura compasiva de los lectores.
Después del crimen David huye a la casa de su tío, en Culiacán. El tío de David entrena a un equipo de béisbol local e invita al sobrino a participar en el juego. Con la fuerza y buena puntería David se convierte en la estrella del equipo y su tío lo lleva a Los Angeles, donde tienen un partido importante. Por su debut David recibe una oferta de trabajo con los Dodgers y desde entonces se inmortaliza entre sus amigos con el apodo de Sandy Koufax.21 En busca de aire puro después de vivir tantas emociones, David sale a la gran ciudad a dar una caminata en solitario. De un pasaje oscuro sale una mujer vestida con ropa psicodélica y le propone tener sexo. Son los ocho minutos más felices en la vida de David. Cuando cuenta la experiencia a sus amigos, ellos reconocen en la historia a la diva, Janis Joplins (de ahí el título de la obra).22 Estos guiños a la cultura popular de los 60 están llenas de humor y de ironía. Una de ellas es que cuando los militares sospechan que David es guerrillero, asumen que Sandy Koufax es su nombre de guerra y que la foto de periódico de la Joplis que David guardaba en su cartera, era la foto de su compañera de célula subversiva.
El guerrillero es en realidad, el Chato, primo de David. Cuando los militares allanan la casa de sus tíos y ven hospedado allí a David, asumen su participación en la guerrilla. Esta falsa acusación hace que después de varias peripecias, cambios de vivienda, de ciudad y de oficio, David sea torturado y maltratado en la cárcel, de donde lo quiere sacar el Cholo, amigo de la familia y pretendiente de su prima María Fernanda.
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El Cholo es el personaje más interesante de la historia, estudiante sin éxito ni talento de la facultad de agronomía. Se dedica al béisbol con el tío de David y en cada viaje a Los Angeles, lleva marihuana para levantar unos pesos. Al Cholo le va bien y decide enlistarse entre los arriesgados del negocio de la marihuana. Busca hacer dinero para casarse con María Fernanda. Para aceptarlo entre los suyos, su jefe, Sergio Carvajal Quintero (hace alusión a Lamberto Quintero) le insta a pedir permiso a su papá, aduciendo que el negocio es un asunto de familia y que no se lo aceptaría sin el consentimiento del padre. En realidad, el asunto del parentesco va más lejos. El capo quiere casarlo con su sobrina, porque ella está embarazada y no sabe de quién. Este pacto le asegura al Cholo un ascenso en el negocio, y al capo, el honor de su sobrina.
El flamante narco es el amigo más leal que tiene David. El contraste entre el idealismo ortodoxo de su primo que lo hace un personaje casi cruel y la fidelidad y candidez del Cholo ponen en entredicho los prejuicios clásicos frente al activismo de los 60, así como de la cultura de muchos enlistados al negocio de los duros. Cuando los militares meten preso a David, el Cholo es quien mueve policías y políticos para lograr su libertad, y cuando se entera de que en la cárcel vive uno de los Castro que busca la revancha familiar, contrata a un asesino a sueldo para que le sirva a David de guardaespaldas. La amistad del Cholo es incondicional.
La suerte de David recorre varios mundos. Hay en sus desplazamientos, los ecos de las historias de los pícaros, sólo que él no busca un ascenso social. David cambia de trabajos e incluso de ciudades, lo que permite tener una mirada panorámica de Sinaloa desde las sierras de donde sale al inicio de la historia hasta la costa en Altata donde lo agarran los milicos. En el puerto, David trabajó con los pescadores y se convirtió en un excelente navegante, por eso terminó ayudando al Cholo a transportar una carga de marihuana a los EEUU, cuando la frontera se había puesto dura.
En la escena final confluyen militares, narcos, el idiota y la suerte. Cuando David está en la oficina de la cárcel, a punto de lograr su libertad por las coimas del Cholo, llega el jefe de los milicos Eduardo Mascareño. Ofendido y consecuente con sus ideales de limpiar al país de la guerrilla, decide vengarse de David. Lo engaña y lo lleva a un helicóptero donde lo quiere castrar para luego tirarlo al mar atado a un bloque de concreto. David, sin embargo, cambia el sentido de esa muerte que marcó el estilo salvaje de los militares en los 70. Antes de que militar lo cape y lo empuje al agua, David se lanza y se suicida.
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El idiota se resiste a tener una muerte indigna. El suicidio es un último gesto que afirma su voluntad. Es también su venganza de la vos que no lo dejó tranquilo durante todo el relato. Sabe que con el suicidio condena a la voz a su temida eternidad. En vez de inmortalizarse como un mártir y dar sentido al trabajo del militar, David se mata. El sufrimiento no redime a David y al ser el agente de su propia muerte, vuelve a poner distancia entre su suerte y nuestra compasiva lectura. Su suicidio es una muestra de autonomía incluso respecto del autor. David no permite que la escritura lo aprehenda para dotar de un sentido trascendental a aquello que no lo tiene: ese destino violento que marcó su vida. La sabia idiotez de David nos muestra que la cultura es también una trampa.
Las balas
Poco antes de terminar nuestra conversación, Mendoza me cuenta que quiso escribir una novela de ciencia ficción, pero que sus editores vetaron el proyecto. Trabajaba en ese entonces en Balas de plata, la novela que se publica con el premio de Tusquets de novela, en el otoño del 2007.
Balas de plata es la historia de un asesinato en el que confluyen personajes que corresponden con el universo de los sospechosos de siempre, que circulan en el imaginario general de lo que es el mundo del narcotráfico. La víctima y sus posibles verdugos son personajes cuya vida sexual es bastante promiscua, muchos son homosexuales o bisexuales. El motivo del crimen no es la droga, ni el honor, sino los celos, y la impunidad del crimen es fruto de la omnipotencia de los narcos. De todos sus relatos, es el único que se adentra en el universo de los narcos, el que reproduce sus palabras y su escala de valores. Sin embargo, es también el relato que menos muestra la complejidad de la cultura local por la presencia de los narcos. La acción transcurre en Culiacán, pero podría suceder en cualquier ciudad de México o de Latinoamérica.
La cultura del narco aparece representada con características ampliamente reconocibles. Aunque los personajes son culichis, en ella se han borrado los matices locales y se aborda el tema con trazos generales, con personajes globalizados. A diferencia del resto de las obras que juegan con la distancia y resultan ser comentarios a la cultura narco, Balas de plata se produce desde dentro de esta cultura, incorporando sus exigencias. El lenguaje ha dejado de tener la intensidad y es menos arriesgado; el eje del relato entonces, ya no es el lenguaje sino la precisión del argumento. Paradójicamente, como una bala en la palma de
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la mano, es también la obra en la que el tema del narco resulta más escurridizo.
El diálogo con Mendoza terminó al cabo de siete horas; después de un abundante desayuno norteño, el ameno paseo por la ciudad, la visita a la col Pop; la capilla de Malverde y un recorrido por el malecón, Mendoza me dejó de regreso en el hotel. Desde ese día empecé a escribir sobre su obra. El diálogo con Mendoza continúa.
Bibliografía
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–Ramírez-Pimienta, Juan Carlos y Salvador C. Fernández (ed) El norte y su frontera en la narrativa policiaca mexicana. Plaza & Valdés, México. Occidental College, Los Angeles: 2005.
NOTAS
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1 La cita está tomada del libro de Astorga (Astorga 2005:144). Caro Quintero fue señalado como el dueño de un sembradío de once mil toneladas de marihuana que fueron destruidas en 1984. Meses más tarde un importante agente de la DEA, Enrique Camarena, fue secuestrado y muerto. El caso Camarena desata desacuerdos entre las organizaciones que operaban contra las drogas en México y los Estados Unidos y marca el inicio de una relación conflictiva entre los dos países, en la que además, resulta difícil establecer que la corrupción es algo de lo que no usufructúan solamente las autoridades mexicanas.
2 Pese a la popularidad de ciertas concepciones equivocadas que afirman que el narcotráfico es un poder paralelo al estado, o que es un estado dentro del estado, hay varios estudios que demuestran que los grupos de crimen organizado nacen y crecen paralelamente y en relación directa y de subordinación a los estados modernos. Anton Blok analiza y estudia la historia de la mafia en Italia y discute sus orígenes desde el desarrollo del mercantilismo. Para estudiar historia de las relaciones entre el estado Mexicano (el PRI) y los grupos de traficantes, ver la obra de Luis Astorga.
3 En el sexenio de Felipe Calderón por primera vez en la historia local, la guerra contra el narco la encabeza de manera directa el ejército. Las consecuencias de esta política han sido devastadoras. El 15 de septiembre del 2008, en medio de las celebraciones de la independencia, en la plaza de Morelia, los narcos cometen su primer acto de violencia contra la sociedad civil. Un ataque que recuerda la violenta actividad de los narcos durante finales de la década del 80 en Colombia. Pese a esta semejanza, afirmar que se vive la colombianización de México -como lo publican algunos diarios- resulta superficial. Para comprender las especificidades históricas de cada caso es necesario un análisis comparativo de la relación entre el narcotráfico y el estado en Colombia y en México algo que excede el objetivo de este estudio.
4 Mendoza fue ingeniero, profesión que ejercitó hasta los 28 años, cuando decidió ser escritor. Cuentan en su obra tres libros de cuentos Mucho que reconocer (1978), Trancapalanca (1989) y El amor es un perro sin dueño (1992). Ha publicado dos libros de crónica relacionada al narcotráfico Cada respiro que tomas (1991) y Buenos muchachos (s/f). En este trabajo analizo tres de sus novelas El asesino solitario (1999) y El amante de Janis Joplins (2001) y Balas de plata, que ganó el premio de Novela Tusquets 2007. También están las novelas Efecto Tequila (2004) y Cóbraselo caro (2005) obras a las que no haré referencia.
5 Perez-Reverte habla de Mendoza como su maestro y amigo y es él quien más ha promovido la fama de Mendoza como el escritor del narco a nivel internacional. A nivel nacional, vale recordar la controversia que se genera en torno a la literatura del narcotráfico como asunto del norte, en Letras Libres (septiembre, 2005. v7. i81). Al hablar sobre el tema, y obviando del tono regionalista de algunos artículos, Mendoza me comenta que el revuelo que causó la controversia hizo que la revista rompiera record de venta en esa edición y que en la edición siguiente, (octubre, 2005. v8 i7) se publicaran aclaraciones y reclamos. Más allá del anécdota, el debate dejó claro la necesidad del centro (D.
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F.) de mirar seriamente la producción literaria del norte y reconocer a autores como Mendoza.
6 El encuentro es ya un síntoma de que a principios de los 90 en Sinaloa se sentía la necesidad de pensar en el fenómeno de tráfico de drogas ilegales desde lo cultural. La fecha coincide con el estreno en Colombia de la película Rodrigo D. No Futuro de Víctor Gaviria y la publicación de la crónica de Alonso Salazar No nacimos pa ´semilla. La coincidencia en fechas no es la única. Tanto los artistas y cronistas mexicanos como los colombianos tornan su mirada al sicario como protagonista de sus trabajos.
7 Gentilicio de Culiacán
8 La experiencia de la que habla Mendoza es muy parecida (aunque el medio de expresión es otro) a la de Juan Manuel Echeverría expuesta también en este libro. La diferencia entre el testimonio legal y el testimonio que los reclusos hacen a través de la literatura y el arte plástico, tiene resonancia en las reflexiones de Giorgio Agamben en torno a la diferencia entre la ética y la justicia. Las actividades creativas abren la posibilidad de reestablecer cierto orden en el caos social; órdenes que –para bien y para mal- no se relacionan con proyectos jurídicos. Hay que considerar que la violencia del narcotráfico se da en contextos en los que faltan sistemas jurídicos que regulen las prácticas de cultivo, procesamiento, transporte y consumo de drogas, así como en lugares en los que las instituciones de la ley son muy débiles.
9 La propuesta ética y estética de Mendoza en su trabajo con el lenguaje se puede definir siguiendo las sugerencias de Levinas: “A work conceived radically is a movement of the Same towards the Other which never returns to the Same (92, énfasis en el original). Ese universo del otro se manifiesta con palabras que no encuentran corroboración en el diccionario. El trabajo del lenguaje demanda una lectura atenta que a la vez que acerca al lector al universo del narco, no le permite enajenarse en esa realidad que está elaborada con palabras desconocidas o por lo menos, irreconocibles. Es una propuesta de un encuentro con la alteridad, sin la intensión directa de intervenir en ella.
10 “Arte y literatura: los otros rostros de la transgresión” Nery Córdova en Arenas. Revista sinaloense de ciencias sociales. (12), 2007.
11 Quizá el contraste más adecuado para aclarar este punto sea la obra de Salazar. Mientras en No nacimos pa´semilla el colombiano busca explicar la vida en las comunas al trazar genealogías personales y colectivas, y, por último, añadir un glosario de términos al final del libro, la obra de Mendoza hace todo lo contrario. El sólo nos presenta la vida del Chuy narrada en sus propias palabras. No hay ni la explicación histórica, ni la elaboración de una genealogía que busque redimir al personaje. En ese sentido, la propuesta estética de Mendoza es más parecida a la de Gaviria en sus películas Rodrigo D. y La vendedora de rosas (2000), aunque el género narrativo sea distinto. La motivación de cada autor resulta obvia a la luz de sus oficios actuales. Salazar es el actual alcalde de Medellín y Mendoza el celebrado autor de libros de ficción.
12 Al hacer este punto no trato de sostener que el narcotráfico es una construcción del lenguaje y que sólo desde esa perspectiva podemos analizar el discurso del
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poder. No es mi propósito entrar en la discusión constructivista de la historia, sino más bien mostrar cómo un texto literario presenta la propia extrañeza respecto a eso que re-presenta. El efecto de distancia que esto genera, paradójicamente es más efectivo para detectar los mitos de la cultura narco y no contribuir con su mera reproducción.
13 No es casual que el primer libro de Luis Astorga Mitologia del narcotraficante en México, trate justamente de este aspecto. El saber común que Astorga cuestiona y critica, oscila entre la información jurídica, y los narcocorridos, que son una suerte de cantares de gesta producidos desde dentro del universo de los traficantes. (1995) (2005)
14 La novela criminal, sea en su versión más conservadora, la novela de detectives, o su versión más radical, la novela negra, son maneras distintas de mirar el mundo. La novela de detectives se desarrolla con la consolidación de la institución policíaca y las instancias que de manera efectiva, empiezan a aplicar la ley, por lo tanto son historias en las que el detective logra restablecer la alteración del orden y condena al criminal. La novela negra, por el contrario, se desarrolla en momentos de crisis institucional y corrupción del Estado y su argumento favorece el punto de vista del criminal para mostrar el oscuro entramado político, social y jurídico en el que el éste se mueve, del que es fruto y muchas veces víctima. Lo que les es común a ambas, es su relación con la crónica. (Bell: 2003; Pyckett: 2003). Para un estudio sobre la novela criminal en el norte de México ver Ramírez-Pimienta (2001); Gabriel Trujillo Muñoz (2000) y Gerardo Segura (1996).
15 Drenaje aparece en el texto con mayúscula y con minúscula. La falta de consistencia en la edición se presta para una doble interpretación: un lugar específico, como el que describo aquí, o un lugar metafórico como lo interpretan otros críticos. Ver sobre todo Ignacio Corona en Ramírez- Pimienta (Ed) 2005.
16 Sigo las descripciones de la novela negra de Tomy Hilfer.
17 Sigo aquí las ideas de F. J. Jameson sobre la obra de Raymond Chandler. Ver bibliografía.
18 Vale la pena recordar a autores como Daniel Defoe y Charles Dickens en los albores de la literatura inglesa moderna. Ambos autores eran adictos a los Newgate Calendars, los panfletos de prensa amarilla que narraban la vida y delitos de los habitantes más afamados del Newgate, la cárcel londinense. Defoe escribió algunos testimonios de sus reclusos; él y Charles Dickens casi un siglo después, hacen que presos y fechorías, crímenes y criminales dejen el protagonismo del tabloid para convertirse en míticos personajes de ficción. La búsqueda estética en la literatura de estos autores está pautada por los eventos que narran esos diarios en una época donde no estaba consolidada la policía como institución del orden (sobre todo en la época de Defoe, recordemos a Moll Flanders). Sin embargo, más allá de que los crímenes y sus autores aparezcan como síntomas de los achaques de la capital inglesa del 1700 y del 1800, estas obras son muestras de la literatura como un camino del conocimiento no introspectivo, sino social (Bell: 2003).
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19 En México quien dirige la Operación Cóndor es el General José Hernández Toledo quien fuera responsable de la masacre en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968. Esto marca una continuidad en las políticas de Días Ordaz y sus sucesores, pero también de cierta vinculación entre las políticas represivas de dos guerras promovidas el norte: la Guerra Fría y la Guerra contra las drogas.
20 Antón Blok analiza desde el punto de vista cultural, por qué la constitución de las leyes en la mafia (italiana) giran en torno a los principios y leyes del parentesco. El análisis de Blok sirve muy bien para comprender la situación de las familias serranas.
21 Sandy Koufax fue un pitcher de los Dodgers muy famoso en los años 50 y 60.
21 Una de los mitos alrededor de Joplins es que le gustaba tener sexo ocasional con hombres desconocidos que ella recogía en las calles, y su predilección eran los hombres de piel más oscura, como David.
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JUVENTUD, NARCOCULTURA Y CAMBIO SOCIAL ¿el regreso a la cosmovisión tradicional?
Geowwanny Ivanhoe Valdez♠
I. ¡Ya es el siglo XXI! Logramos cruzar esa fecha que se contemplaba como un punto lejano al que todos queríamos llegar y del que se generaban expectativas de diversa índole. Recuerdamos que desde la infancia se hablaba de ese momento con referencia a un cambio trascendental para la humanidad, desde la culminación del Apocalipsis y
♠ Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Actualmente estudia el doctorado en Sociología en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
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el fin del mundo hasta las charlas sobre autos voladores, hombres que caminarían por el aire a bordo de pequeños discos, viajes intergalácticos, en fin, la serie de televisión Los Supersónicos trasladada a la vida real aunque procesada en la imaginación.
Si no les atemoriza dar a conocer sus edades, algunos desempolvarán la frase ¿hasta cuándo lo lograremos? ¿hasta el año dos mil? que daba a entender que el alcance de algún objetivo duraría mucho tiempo. Y así lo parecía. Sin embargo, como no hay plazo que no se cumpla ni persona que lo aguante, ya estrenamos ocho años de este siglo y milenio nuevos. Ahora bien, mientras el mundo festeja la entrada a una nueva era con la más avanzada tecnología, la banda en Sinaloa retumba con mayor fuerza, como el monstruo gigante que se mantuvo dormido y ahora despierta con un apetito acumulado en sus años de permanecer desatendido por las masas. Con esta frase no pretendemos hacer otra cosa que introducir la idea que expondremos en el presente trabajo: nos encontramos más allá de una irremediable pero interesante transición hacia nuevos modelos de relación social. En este lapso, donde se establecen conceptos como democracia, tolerancia, diálogo o acuerdos, cobran vida algunas expresiones que parecían olvidadas y sepultadas en la historia, como el resurgimiento del nazismo, los conflictos con fundamento religioso, la expansión del imperio y hasta nuevas formas de esclavitud que se esconden en las lagunas que dejan las leyes modernas, entre otros hechos que también se vuelven cotidianos.
El sentido implícito de esta afirmación nos hace pensar en los avances que de forma general han influido en la percepción del mundo y sus relaciones por lo menos en los últimos 25 años. Hablamos del siglo XX como un pasado cuyos sucesos marcaron significativamente nuestras vidas, en todos los sentidos y desde cualquier ámbito: grandes logros sociales y tecnológicos, inventos y descubrimientos, hasta el horror de guerras en dimensiones jamás conocidas, son algunos ejemplos que difícilmente dejaremos de mencionar. Pero hoy es tiempo de la globalización y la tecnología, un concepto que resume una gama inimaginable de inventos y descubrimientos1 que a nuestros abuelos les hubiera causado asombro, y si lo hubiésemos expresado en sus años mozos, seguramente la vergüenza y el deshonor a la familia por
1 El descubrimiento del genoma humano, Internet, telefonía celular, entre otros, forman parte de este conjunto de hechos que, a pesar de que se vienen desarrollando desde fines del siglo XX, le dan vida al naciente siglo XXI.
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semejante locura hubieran hecho presa de aquella cosmovisión tan sencilla en comparación con nuestros ojos modernos llenos de trastadas.
El párrafo anterior exhibe en primera instancia el modelo de vida de dos épocas, distintas una de la otra pero enlazadas por la línea recta del tiempo histórico. Estar ubicados en la transición del siglo XX hacia el XXI nos coloca en un punto donde no se ha entrado completamente en la nueva configuración mundial pero tampoco se ha abandonado las antiguas prácticas. Característico de todo proceso de cambio, dicho estira y afloja nos exige una reflexión de los hechos que caracterizaron al siglo pasado a fin de reconstruir el rumbo que la humanidad ha tomado hasta este punto de la historia, tan importante por el momento que representa.
II. En esta dinámica, la cultura tiene un lugar especial. El siglo XX evidencia el surgimiento de expresiones culturales que influyeron, bajo un mar de ideas y un nuevo sentido de las cosas, en nuestra cosmovisión y las creaciones que le dan valor a la misma. Una de estas expresiones es la juventud y la serie de interrogantes que se dirigen a la construcción de un cuerpo conceptual que les permita asimilar individualmente el medio donde se desenvolverá socialmente y les permita su afirmación a través de la idealización de sus ídolos, el rechazo progresivo al mundo que recibe y la búsqueda de uno perfecto, pero también el dejar de creer en “un futuro que le da miedo” (Padioleau, 1997).2
Por este motivo, la juventud será siempre un hecho social contemporáneo, un comportamiento colectivo que se establece en cada generación como un motor para el cambio, al suponer la negación del status quo y la afirmación de nuevos valores que sustituyan a los precedentes. Resulta útil tomar en cuenta, como paréntesis, el ideal de la hermandad universal expresado por la juventud de mediados del siglo XX, el cual se dirigía, sin tabúes culturales y morales, contra las costumbres y patrones de la sociedad judeocristiana, sus tradiciones y prejuicios, y sus instituciones sociales; levantándose como un desafío, un anuncio del fin del puritanismo y el ataque final a los valores dominantes advirtiendo primero el deseo de una cultura cosmopolita que refleje la vitalidad de la sociedad; después la exigencia de libertad sexual; y, finalmente, la exuberancia de la vida resumida en una serie de palabras clave, como nuevo, sexo y liberación (Bell, 1990).
2 Para Juan Manuel Piña Osoirio, el estudio de la cultura —y en nuestro caso, de la juventud como hecho cultural— debe partir de “los distintos saberes basados en la tradición, así como en las actividades intelectuales y genéricas, hasta la incorporación de productos y tecnologías modernas” (Piña, 1992:6).
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Ahora, cuarenta años después, el mundo se mueve más o menos en ese patrón. Todos conocen de la libertad sexual que se practica, dada su libre expresión sustentada en el reconocimiento y respeto a los derechos humanos universales y a las garantías individuales y sociales establecidas en la ley. De igual manera, la libertad de pensamiento y acción como práctica cotidiana en las relaciones interpersonales, fundamentado en un gran número de derechos fundamentales conexos, como “el derecho a la educación, a la participación en cargos públicos, a la intimidad, al trabajo, a la libertad de expresión, al honor y a la libertad de conciencia, etc”. Lo nuevo, se resume con la globalización, la nueva configuración que se anuncia con una cultura que traspasará las fronteras culturales actuales bajo una integración progresiva del mundo con nuevos valores “que dominarán la próxima fase de desarrollo del capitalismo y del consumismo” (Ghalioun, 1998).
Así como la juventud de hace cuarenta años puso de cabeza a las mentes adultas conservadoras, de la misma forma la juventud de nuestros días desarrolla su propia resistencia hacia el patrón establecido y busca, de acuerdo con la dinámica que sigue el desarrollo de las sociedades, la afirmación de nuevos valores que sustituyan a los precedentes. Lo antes descrito nos lleva a considerar que todo proceso de cambio forma parte de una dinámica histórica natural de la acción social, la cual “se define socialmente [y] los individuos concretos sirven como definidores de la realidad” (Berger y Luckmann, 1986). Sin embargo, el patrón de conducta que muestra la juventud sinaloense, particularizando el tema por lo menos en este período de tiempo, nos lleva a considerar el impacto que puede tener un hecho tan universal como la globalización, no en el sentido de apertura hacia un modelo, sino en la persistencia del modelo tradicional a partir de las barreras que interfieren en el proceso globalizador.
La juventud, en cualquier época y cualquier región, parten de esa liberación para dar vida a movimientos con carácter artístico, político, filosófico y religioso, donde exhiben su orientación hacia esa libertad. En el caso de la juventud sinaloense, la narcocultura se ha convertido en el medio de liberación, sea por el momento histórico que este hecho social vive o por el número de adeptos que atrae hacia sus filas. Siendo el narcotráfico simple y llanamente el tráfico de drogas, la narcocultura viene a ser el conjunto de valores y códigos de acción que giran alrededor
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de la imagen del narcotraficante, permitiendo legitimar la acción de quienes sienten admiración por él, los narcofanáticos.3
El narcotráfico es un hecho que preocupa a la comunidad internacional debido al impacto que tiene en la sociedad contemporánea. Inclusive, su desarrollo en los últimos años ha tenido tales proporciones que los esfuerzos para combatirlo nos llevan a contemplarlo como un problema que no tiene fin.4 Más allá de pensar en su origen y desarrollo histórico-sociológico, la narcocultura constituye el resultado de la descomposición en la sociedad contemporánea, con repercusiones que van más allá de lo legal o de la salud: en sí, sus efectos más significativos son de tipo cultural, y se observan en las prácticas cotidianas, actitudes y modos de pensar y sentir de la población. Es en este renglón donde se le define como una empresa que, además de drogas, produce imágenes que se insertan “en una época llena de figuraciones masivas que circulan por doquier” (Silva, 1997), las que se observan en la adopción de dichas imágenes al estilo de vida del narcofanático.5
Además, la empresa del narcotráfico se ha establecido como un grupo con gran poder que, mediante sus acciones, ha logrado la distinción del grueso de la sociedad, creándose un estereotipo alrededor del narcotraficante: su figura se ha convertido en un paradigma, pues aparece en todo tipo de eventos sociales, siempre con la imagen de benefactor y partícipe del desarrollo social (al crear fuentes de trabajo, construir escuelas, abrir caminos, introducir luz y agua, entre otras cosas), lo que les hace de un reconocimiento que se fomenta a través de corridos, cuentos, leyendas, rumores, chistes, etc. (López y Prat, 1989:18).
Si tomamos la teoría de los tipos de acción social, encontramos entonces que la narcocultura está determinada por una costumbre
3 El concepto del narcofanático, y la cultura del narcotráfico, los desarrollé en el II Encuentro Nacional de Estudiantes de Sociología. Cfr. Valdez, Geowwanny I. 1995. “El Narcofanático: una expresión cultural del Narcotráfico”, en Memoria del II Encuentro Nacional de Estudiantes de Sociología, México: Universidad Iberoamericana.
4 México no queda al margen de esta situación, la cual ha sido considerada por las autoridades, a través del Informe de un grupo asesor del Subcomité de Crimen y Justicia de la Cámara de Representantes en el año de 1992, como un asunto de soberanía nacional.
5 El sinaloense, a partir de la narcocultura, tiene una percepción de sí mismo como individuos “muy bravos, buenos para tomar, broncudos y amantes de las armas, incluso se ha llegado a sentir orgullo por ello, a tal grado que esta fama trascendió las fronteras de México” (Ontiveros, 1997)
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arraigada —su presencia histórica, en tanto comercio, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XX— que se utiliza como medio para lograr fines racionalmente perseguidos; y una creencia consciente en el valor de tales conductas —pues con el narcotráfico se lograría salir de las condiciones de pobreza y marginalidad—, cuyos afectos y estados sentimentales especiales se encuentran orientados por la conducta del narcotraficante y el sentido de la acción del narcofanático que se resumen en la distinción del individuo sobre el resto del grupo (Weber, 1983).6
Resulta interesante indagar hasta qué punto la juventud interioriza el modelo de la narcocultura en su vida cotidiana. En este sentido, el narcotraficante viene a ser para el narcofanático un ejemplo a seguir: mediante un proceso de imitación, incorpora las “cualidades” del narcotraficante a su estilo de vida a fin de mantener una similitud lo más estrecha posible con la imagen del narcotraficante. Así, la amalgama de expresiones como el vestuario propio del medio rural y el uso de pick up´s además de portentosas joyas representan el tipo ideal físico del narcotraficante que el narcofanático debe asumir, pues representan poder y estatus. Con lo anterior, debemos entender que la juventud, frente a este tipo de acontecimientos, se expresa:
…amamantada en el escándalo de las malas costumbres, en el miedo al sacrificio y en la incapacidad para la renuncia, [que] es inicuamente explorada por empresas comerciales que lanzan atuendos y vestimentas rápidamente envejecidas, formas de vida desordenadas, literatura barata y embriagadora, que asegure el dominio de los intereses sobre el de los ideales; el de los instintos sobre el de la reflexión (Barrancas, 1988).
Esta situación se explica en lo que Michael Novak califica, refiriéndose a nuestra época, como la era de la credulidad arrogante, es decir, se trata no de la creencia en nada, sino la creencia en cualquier cosa, lo que viene a constituir una amenaza de tipo cultural, ya que se nos presenta como “un gas invisible, inodoro y letal que está contaminando todas las sociedades libres del planeta” (Novak, 1999).
La crisis en la sociedad contemporánea evidencia un hecho paradójico: mientras la juventud manifiesta angustia e inconformidad por la agresión y la violencia que se viven, también muestra admiración y
6 De hecho, esta definición constituye la síntesis de los cuatro tipos de acción social: racional con arreglo a fines, racional con arreglo a valores, afectiva y tradicional (Weber, 1983:20).
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éxtasis ante los actos agresivos y violentos que provienen del narcotráfico, como son los asesinatos, las armas, los enfrentamientos entre narcos y policías, hechos que se le asocian y se exaltan en las charlas entre narcofanáticos. Con el uso de un metadiscurso7 se legitima la condición de la narcocultura, mismo que constituye el foco energético que orienta el esfuerzo creador del narcofanático. Este metadiscurso se encuentra en un modelo que gira alrededor de la figura real o estereotipada del narcotraficante, misma que surge como la imagen de un héroe, la representación del “individuo que ha logrado obtener un nivel de vida alto que le permite el disfrute de casas, autos, viajes, diversiones, y todo aquello que los jóvenes anhelan tener” (López y Prat, 1989:31).
El saber en la narcocultura se ha convertido en la principal fuerza de producción, y su mercantilización le da al narcofanático el privilegio de la producción y difusión de conocimientos sobre el tema. Con el objetivo de incrementar el poder, esa producción y mercantilización del saber parten del modelo occidental de sociedad de consumo, que es la representación de un tipo de vida sin privaciones, de liberalidad y entrega en exceso a los placeres sexuales, el derroche y el hedonismo desaforado (García y Silva, 1995) donde el narcotraficante, como hombre de éxito, logra su aceptación social, porque logra cumplir todos sus deseos, […] impone su ley por encima de la normatividad social, es la nueva imagen del héroe cotidiano que como un fantasma recorre la imaginación de los jóvenes y los niños identificados con sus acciones y sus mecanismos para lograr y mantener el sueño o la realidad de sus niveles de vida, conseguidos al margen de la ley (García y Silva, 1995).
Con el narcotráfico se cumple entonces el sueño del capitalismo avanzado, que es la multiplicación del dinero por sí mismo en miles de veces, “hacer dinero en un abrir y cerrar de ojos, sin controles, sin aduanas, sin trabajo, sin esperar” (Silva, 1977). Es aquí donde muchos adolescentes contemplan al narcotraficante como el maestro en quien fundamentar su rebeldía contra el orden establecido y, de esta manera, sentirse parte de aquellos que alcanzan el éxito en dicha sociedad consumista, en la que el narcotraficante, además, “se rebela, enfrenta y desafía a la autoridad policíaca, que frecuentemente es aborrecida por la juventud” (López y Prat, 1989).
7 Cabe destacar que el metarrelato es una condición de las sociedades modernas, cuya función narrativa menciona la existencia de “el gran héroe, los grandes peligros y el gran propósito” (Lyotard, 1990:10).
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Pero también con la narcocultura se inscribe la vertiente contemplativa del catolicismo ibérico,8 que fundamenta la sumisión y la acumulación del poder, junto a la figura del gobernante y sus prácticas piramidal-centralizadoras, tal como lo expone Jaime Castrejón Diez, haciendo referencia al caso del virrey:
el virrey [y en este caso, el narcotraficante] se convirtió en el prototipo de poder… el virrey era el vértice de una pirámide y quienes ejercían el poder en las distintas regiones también hicieron sus propias estructuras piramidales… el ejercicio de poder se definía entonces como una acción fragmentada que contenía en cada una de sus partes una estructura piramidal que lo hacía eficiente, con la condición de aceptar el mandato lejano (Castrejón, 1994:44).
Esta situación contiene un carácter adaptativo, donde el concepto de cercanía con el narcotraficante se convierte en el factor de integración, el capital cultural y la base de toda estrategia. Estar cerca se convierte en un medio de intercambio, integra a los grupos sobre esta base y en la medida que los individuos tengan dicha cercanía atraen seguidores, formando así una cadena de grupo con una práctica que se repite en diversos espacios: el poder como un elemento codiciado más que la riqueza (Paz, 1994).
Dos elementos se inscriben en la interiorización del modelo de la narcocultura en la vida del narcofanático. Uno de ellos es la música, particularmente la banda sinaloense, que determina en buena medida la proliferación del hecho que aquí se analiza. La banda sinaloense es un término, primeramente musical, que además se utiliza para las pandillas de traficantes de drogas, lo que ilustra de un modo revelador una imagen
8 Esta vertiente contribuyó a establecer una ideología de sufrimiento, abnegación, resignación, dolor, abnegación, pasividad, sumisión y aceptación de la derrota, que sería recompensada después de la muerte. En este sentido, Octavio Paz profundiza, y expone que “los españoles derriban las estatuas de los dioses, destruyen los templos, queman los códices y aniquilan a la casta sacerdotal. Es como si hubiesen quitado los ojos, los oídos, el alma y la memoria al pueblo indígena. Al mismo tiempo, el catolicismo les da una visión del mundo y del trasmundo; les da un estatuto y les ofrece un cielo; los bautiza, es decir, les abre las puertas de un orden distinto. El catolicismo fue un refugio porque era una religión sincretista: al bautizar a los indios, bautizó sus creencias y dioses. Pero el catolicismo, además, era una religión a la defensiva. El catolicismo que vino a México era el de la Contrarreforma. La cultura mexicana nace con la filosofía que en ese momento el Occidente abandonaba”. La oposición del México tradicional al mundo moderno no puede entenderse sin este hecho (Paz, 1994)
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generalizada de este concepto. Esto se desarrolla a partir de los años setenta, cuando la música de banda se relaciona con el narco en Sinaloa: “en donde quiera que los capos de la droga hacen fiestas o se divierten contratan a una banda regional […] para que toquen su música preferida y entretener a sus invitados” (Simonett, 2000).
La música de banda, por su capacidad de influencia, se convierte en un develador de conciencia donde los actores sociales se enlazan al patrón de valores contenido en sus letras, lo que le coloca en el grupo de medios que conjunta el ideal de sociedad de consumo y el medio sociocultural existente para transmitirlo a la población.9 De ésta, la juventud es el sector más propenso a sentirse atraído por esta moda y estereotipo, al encontrarse en una etapa de definición de ese cuerpo conceptual con el que dirigirán sus vidas. Ejemplo de ello son las congregaciones de música que se encuentran encabezadas por jóvenes, creando un vínculo especial “de joven a joven [con] los mismos intereses, ideas y gustos propios de su edad” (Hernández, 1996). Para los sinaloenses, en general, la banda forma parte importante en su vida cotidiana y, en el caso de la cultura del narcotráfico, la juventud es el receptor más importante de su mensaje, con expresiones que se resumen en “Yo soy muy malo… Conmigo nomás la ley del revólver… Yo soy de Sinaloa, tengo como 100 viejas y me vale madre” (Cuéllar, 1992).
El segundo elemento es la violencia, expresión característica en la narcocultura. Este hecho muestraa una crisis general en la sociedad cuyos actos se multiplican y adquieren carácter de cotidiano. Abarca los hábitos y costumbres, tradiciones y cultura, con expresiones que “banalizan los hechos más graves y relevantes, diluyen su contenido y efectos sociales, es el leiv motiv de una labor manifiesta cada minuto del día” (Aguilar, 1988). Así también, trae efectos de disolvente en las relaciones interpersonales, la eliminación de los parámetros de cohesión originales en los grupos socialmente organizados, tal como Jesús Ixtlixochitl Cuéllar lo expone a continuación:
Testigos oculares me han narrado con detalles cómo simples ciudadanos y narcos caían muertos como moscas a causa de una simple discusión intrascendente en lugares como EL CARRUSEL o LAS
9 Aurea Guadalupe Guzmán Castañeda (1996:66) señala la influencia de la banda sobre todo en los sectores sociales bajos o populares, que al parecer se mantienen indiscutiblemente asociados a la música de este tipo. Sin embargo, en los últimos años ha penetrado en los sectores altos gracias a su poder comercial y su capacidad de convocatoria.
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VEGAS, por no hablar de las espectaculares matanzas que se llevaban a cabo por venganza, llevándose de paso a dos que tres gentes que no tenían nada que ver con la bronca. Violaciones, vejaciones, plagios, son sólo algunos hechos que ocurrieron paralelamente a los antes mencionados… esto era el caos (Cuéllar, 1992).
Es conveniente tratar aquí el origen de la violencia como forma de expresión en la cultura del narcotráfico. De entrada, resulta lógica la relación entre el tipo de vida del narcotraficante y la vivencia de los grupos marginados de la ciudad, obligados a vivir dentro de un ambiente ajeno y agresivo frente a sus formas particulares de vida, proceso donde se observa la persistencia de los valores tradicionales. Es sumamente interesante ver ese punto de partida en una urbanización lograda a través de conflictos en los valores rurales que no encuentran cabida dentro de un mundo que se desarrolla a pasos agigantados, es decir, es la reacción violenta a una acción violenta: “la imagen del narco, del bandido sangriento que logra sus objetivos a costa de superar cualquier obstáculo, utilizando la violencia, es a final de cuentas, la imagen del campesino que logra superar todas sus metas a pesar de que la misma sociedad lo había condenado a la marginación y al hambre” (García y Silva, 1995).
Con estos elementos cabe preguntar ¿qué dirección seguirá la sociedad sinaloense en el cambio hacia el modelo globalizado, con una juventud influida por la narcocultura? Esta situación nos hace pensar en la dirección que lleva la evolución de la sociedad sinaloense, relacionado a un desarrollo constante hacia la complejidad, pero no en el sentido individual sino en la organización de las relaciones del hombre con el medio para forja nuevas pautas que vengan a modificar la antigua orientación del grupo (Allen, 1972).
Es conveniente aclarar que la sociedad sinaloense no ha sido estática en su patrón de valores; al contrario, el desarrollo del siglo XX trajo consigo modificaciones en su conformación. Sin embargo, los cambios no se han presentado en forma lineal. La dinámica que presentaba el siglo XX, donde los antiguos modelos que daban paso a formas perfeccionadas de organización, ha dado lugar a un cambio en forma pendular: Esto puede verse en la mirada al pasado para reciclar aquellos elementos útiles para dar sentido a la existencia.
La reputación de Sinaloa como estado violento, productor de drogas y cuna de los más importantes capos de la mafia, persiste y daña a quienes trabajan limpiamente; incluso, los esfuerzos que a la fecha se realizan por borrar esa imagen negativa parecen no fructificar (Ontiveros,
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1997), nos lleva a observar en la narcocultura un regreso a la barbarie que se refleja en hábitos representativos del ambiente cultural donde se desarrollan los actores sociales, un conjunto de ideas que denotan las aspiraciones del consumidor de la narcocultura, mismas que resumen la idea del “hombre de poder o la riqueza adquirida, sin tomar en cuenta los medios que se utilizan” (García y Silva, 1995). De hecho, podemos señalar a una juventud sin conciencia ni solidaridad en causas legítimas, con una concepción de las relaciones interpersonales que regresa a la cosmovisión tradicional mexicana, en donde valores como la hombría, la supremacía del hombre sobre la mujer y su respectiva relegación, la idea de el poder ejercido de manera piramidal-centralizada, entre otros, han provocado un retroceso en la evolución de la sociedad sinaloense, pero lo más alarmante, “ha fomentado el deseo de muchos jóvenes de pertenecer a una bien organizada banda de narcotraficantes” (Cuéllar, 1992).
Si bien el cambio en las sociedades sigue una tendencia a la aparición de nuevos valores y la transformación del pensamiento, la sensibilidad y la expresión de los valores antiguos (Eliot, 1962), el que ha experimentado la sociedad sinaloense se dirige a rescatar los viejos valores de una sociedad que en décadas anteriores fue rechazada y considerada caduca para los tiempos que se vivían. En sí, dentro de la narcocultura se observa la cosmovisión tradicional mexicana, una visión dualista que fluye entre el patriarca y el macho, la cual expresa la protección, bondad, poder y sabiduría del primero, junto a la temible fuerza del segundo, como lo expone Octavio Paz: “el patriarca protege, es bueno, poderoso, sabio… el macho es el hombre terrible, el chingón, el padre que se ha ido, que ha abandonado mujer e hijos… la imagen de la autoridad mexicana se inspira en estos dos extremos” (Paz, 1994).
Una consecuencia característica de los procesos de cambio tiene relación con el fortalecimiento del tradicionalismo en la acción humana. El rescate de éste, a través de la narcocultura, constituye la expresión de barreras a la evolución progresiva de la sociedad que denota el poder del conservadurismo social en su conjunto. Esta definición tradicional inhibe el cambio social, por lo menos en la dirección lineal de la que ya se habló anteriormente. La resistencia que se maneja en los valores de la cultura del narcotráfico es una cualidad de la cultura que se resuelve en la representación de un modo particular de adaptación al medio, en el cual se desarrollan fuertes impulsos para retener este modo de adaptación. Estos valores, que reflejan la percepción del sentido de la acción en el narcofanático, ponen de manifiesto la falta de un terreno fértil para los cambios sociales, entendidos en su sentido de evolución progresiva.
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Lo anterior se explica por la funcionalidad de perpetuar aquellos valores tradicionales útiles para la narcocultura. Para George M. Foster, la utilidad o funcionalidad de los elementos de la cultura es lo que contribuye a explicar la persistencia en cierto tipo de expresiones. Cuando la narcocultura gira en torno al fin de venerar la imagen del narco, el grupo social empieza a formarse con aquellas las rutinas, hábitos y funciones que representan al personaje en cuestión. Y una vez que se forma, surgen incontables presiones para su perpetuación, como son las funciones o utilidades de rescatar los valores tradicionales —aunque en un tiempo muy criticados o desechados por decadentes— para justificar “la continuación de una forma de conducta cuya justificación original, ya desaparecida, era completamente distinta”. (Foster, 1988).
III. Resumiendo: el tema que se analizó en este trabajo nos lleva a poner atención en la dirección que siguen los cambios sociales, a fin de determinar la aceptación a un nuevo modelo o el regreso a los antiguos modelos imperantes en cada región. Hoy podremos decir que la sociedad sinaloense se mantiene al margen en la aceptación del proceso globalizador y, trasladado a la esfera mundial, podremos inferir que la humanidad se mantiene dividida, como lo ha estado a través de la historia, a pesar que el modelo globalizador tenga como fin principal el redireccionamiento hacia un solo camino. Pese a ello, el reto principal para el siglo XXI consiste en poner en práctica aquellas experiencias que nos deja el siglo pasado a fin de recomponer el rumbo que hemos tomado hasta este punto de la historia, especialmente en sectores tan determinantes como la juventud.
Si bien es cierto que la juventud representa la construcción de un cuerpo de ideas donde el joven asimila y se afirma en el medio donde se desenvuelve, expresiones como la narcocultura vienen a coartar la evolución de la sociedad, con su regreso a valores tradicionales que en algún tiempo fueron considerados decadentes e inoperantes.
El narcotráfico constituye uno de los problemas importantes que preocupa a la comunidad internacional por el impacto general que tiene en nuestros días. Pero lo más importante es la adopción de las imágenes representativas de la figura del narcotraficante al estilo de vida del narcofanático. Principalmente, a través de la música, el adolescente devela el sentido de este hecho, interiorizando la propuesta de la narcocultura en su desarrollo cotidiano.
Sin embargo, uno de los efectos sociales que produce es la violencia, misma que viene a disolver las relaciones interpersonales y
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eliminar los parámetros de cohesión originales en los grupos socialmente organizados y, aunque sea una posibilidad para llamar la atención y despertar la sensibilidad de los grupos dominantes, tales actos se han multiplicado y han adquirido carácter de cotidiano, lo que demuestra un regreso a las prácticas antiguas de la ley del revólver.
Con lo antes expuesto, Sandra Luz López López y Yolanda Prat Meza han advertido sobre la necesidad de atacar los aspectos subliminales de este hecho, debido a las repercusiones que puede traer en ciertos grupos o actores sociales (López y Prat, 1989). En realidad, la cultura del narcotráfico se convierte en una bomba de tiempo que puede desencadenar un problema de dimensiones mucho mayores. Sólo mediante la reflexión a fondo de podremos rectificar el rumbo que ha tomado en nuestro accionar cotidiano. La existencia de una infinidad de manifestaciones culturales, diferentes en cuanto a su contenido y forma, hace pensar que la solución se encuentra en la búsqueda de alternativas, por lo menos a nivel musical y cultural. Pero es un camino que nosotros, de manera individual y por iniciativa propia, deberemos andar.
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VIOLENCIA DE GÉNERO: una realidad que lacera la identidad femenil
Florina Judith OLIVARRIA CRESPO•
La primera pregunta surge natural: ¿Qué es la identidad de las mujeres? La respuesta es también natural y obvia: Las mujeres somos lo que somos por nosotras mismas. Somos en relación y diferencia con otras mujeres y con los hombres. Somos a partir de nuestras hermanas, madres, abuelas e hijas, vividas en un tiempo y un espacio particular.
Para Marcela Lagarde, la identidad de las mujeres es el conjunto de características sociales, corporales y subjetivas que las definen de manera real y simbólica de acuerdo con la existencia vivida. La experiencia
• Profesora e Investigadora de la Facultad de Trabajo Social de la UAS en Mazatlán, Sinaloa.
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particular está determinada por las condiciones de vida que incluyen la perspectiva ideológica, los límites de su persona y los de su conocimiento, y de los confines de su universo. Hechos a partir de los cuales las mujeres existen, devienen. En especial, la identidad se forma en su subjetividad: desde su propia autoestima. Y la autoestima está conformada por pensamientos, conocimientos, intuiciones, invenciones, dudas y creencias, pero también por las interpretaciones que elaboramos sobre lo que sucede, lo que nos pasa y lo que hacemos que suceda, afirma la especialista en temas de género.
En la dimensión afectiva, la autoestima contiene emociones, afectos y deseos, sobre la propia historia, los acontecimientos que marcan, las experiencias vividas y también las fantaseadas, imaginadas y soñadas, explica Marcela Lagarde en el libro Claves feministas para la autoestima de las mujeres. La autoestima se ve afectada por la opresión de género y los estereotipos de la mujer instaurados en la sociedad. Ejemplo de ellos es el estereotipo de la mujer de figura delgada que ha ocasionado el problema de anorexia en miles de jóvenes. Los estudios han demostrado que las medidas corporales de las modelos que aparecen en las revistas de moda y de las concursantes de Señorita América o Miss Mundo disminuyeron con el tiempo. En las últimas décadas se ha esperado que la mujer considere la belleza y la delgadez como sinónimos, y su éxito personal y profesional se mide más en menos kilogramos que en logros. La sociedad transmite que el papel de la mujer es ser atractiva físicamente, lo que es reforzado por los medios de comunicación. Las exigencias culturales han llevado a un incremento de los trastornos alimentarios en ciertas profesiones como modelos, bailarinas, gimnastas, azafatas, secretarias, etc., en las que tener el cuerpo delgado aumenta el éxito profesional. Un estudio que se realizó de 962 niñas mexicanas preadolescentes, de 9 a 13 años de edad, indicó que la mayoría de ellas mostraban los factores de riesgo para el desarrollo de trastornos de la alimentación: preocupación excesiva por su peso corporal, insatisfacción con la forma y el tamaño del cuerpo, alteración de la imagen corporal y seguimiento riguroso de la dieta.10
“La cultura y las normas sociales del mundo patriarcal hacen mella en nosotras al colocarnos en posición de seres interiorizadas y secundarias, bajo el dominio de instituciones y al definirnos como incompletas”, agrega Lagarde. Este daño se convierte en una marca de la
10 Todas las voces, Alejandro Olvera Hinojosa, febrero de 2007.
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identidad, ya que la autoestima se integra también con la valoración, la exaltación y la aprobación adjudicadas a las mujeres cuando cumplimos con los estereotipos patriarcales de ser mujeres vigentes en nuestro entorno, y además aceptamos el segundo plano, la subordinación y el control de nuestras vidas ejercido por los otros.
Por otro lado, la identidad de la mujer se forma con lo externo, a partir de su condición social y cultural. El contenido de la condición de mujer es el conjunto de circunstancias, cualidades y rasgos esenciales que definen a la mujer como ser social y cultural genérico, como ser-para y de-los-otros (Basaglia, 1983). El deseo femenino organizador de la identidad es el deseo por los otros. La condición genérica es histórica en tanto que es diferente a lo natural. Esta supone un conjunto de atributos sexuales, que van desde el cuerpo, hasta formas de comportamiento, actitudes, capacidades intelectuales y físicas, su lugar en las relaciones económicas y sociales, así como la opresión que las somete. La situación de las mujeres es el conjunto de características que tienen a partir de su condición genérica, en circunstancias históricas específicas.
A cada mujer la constituye la formación social en que nace, vive y muere, las relaciones de producción-reproducción y con ello la clase, el grupo de edad, las relaciones con las otras mujeres, con los hombres y con el poder, la sexualidad procreadora, así como las preferencias eróticas, las costumbres, las tradiciones propias, y la subjetividad personal, los niveles de vida, el acceso a los bienes materiales y simbólicos, la lengua, la religión, los conocimientos, el manejo técnico del mundo, la sabiduría, las definiciones políticas, todo ello a lo largo del ciclo de vida de cada mujer.
Las mujeres comparten como género la misma condición histórica y difieren en sus situaciones particulares, en sus modos de vida, sus concepciones del mundo, así como en los grados y niveles de la opresión. Empero, las diferencias entre las mujeres son significativas al grado de constituir a partir de ellas vivencias opresivas especiales: las mujeres sometidas a la doble o triple opresión, de género, de clase y étnica y racial; mujeres que comparten formas exacerbadas de violencia; y que viven todo ello agravado por hambre, enfermedad y muerte.
La identidad de la mujer es trastocada por la violencia a la cual es sometida, desde las formas sutiles hasta la más extrema violencia de género contra las mujeres como lo son los feminicidios de Juárez, donde se han registrado centenares de asesinatos de mujeres y niñas desde 1993 a la fecha, según cifras de varios organismos civiles.
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Así: signada por la violencia, la mujer nace al mundo. Su condición genérica la destina a vivir la violencia desde que llega a la vida, como bebé y niña. Al nacer, se le adjudica su primera distinción: La feminidad. Es su primera distinción cultural, que la caracteriza a partir de su condición genérica y la define de manera contrastada, excluyente y antagónica frente a la masculinidad del hombre. Las características de la feminidad son patriarcalmente asignadas como atributos naturales, eternos y suprahistóricos, inherente al género y a cada mujer. Las mujeres deben realizar actividades, tener comportamientos, actitudes, sentimientos, creencias, formas de pensamiento, mentalidades, lenguajes y relaciones específicas en cuyo cumplimiento deben demostrar que en verdad son mujeres.
Así va, entre contradicciones que violentan su identidad –la asignada y la vivida- , su cuerpo, su sexualidad, sus relaciones, el trabajo, y otros aspectos de la vida. La mujer vive su vida de manera fragmentada por la violencia que lacera su identidad. La identidad y los hechos vividos por las mujeres son evaluados y contrastados, además, con lo que en su círculo cultural se considera masculino por un lado y a lo femenino por el otro.
A las mujeres nos reservaron el espacio doméstico, privado y nos destinaron a ocuparnos de la crianza de los hijos e hijas, al mantenimiento de las casas, de la ropa, de la limpieza y la salud; a la producción de alimentos para el consumo familiar; a la atención de enfermos, discapacitados, ancianos y ancianas; a mantener los lazos afectivos que unen a los integrantes de una familia.11
El género asignado, el género realizado y la conciencia de los hechos no corresponden. Zonas de la vida son integradas en la conciencia y otras son reprimidas, negadas, o llamadas con otros nombres. Destacan entonces los recursos que las mujeres ponen en marcha para enfrentar esta problemática. Fundamento y resultado de esta complejidad son la autoestima de las mujeres y el aprecio de lo femenino, de lo masculino, de las otras mujeres y de los hombres. Vivir en el mundo patriarcal hace a las mujeres identificarse y desidentificarse, con los hombres, con lo masculino y con lo femenino. No viven una identificación directa con la mujer y lo femenino, ni está excluida su identificación con los hombres y con lo masculino.
11 Todas las voces, La desigualdad estructural, Noemí Ales Gatti, septiembre
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Es común que voluntaria o compulsivamente, las mujeres dejen de vivir hito de su feminidad y encuentren formas nuevas de vida. Sin embargo, como todas ellas son evaluadas con estereotipos rígidos –independientemente de sus modos de vida- y son definidas como equívocas, malas mujeres, enfermas, incapaces, raras, fallidas, locas.
“me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma”. (Anais Nin)
No obstante, las parcelas de vida de negación y de innovación contribuyen a desfeminizar a las mujeres, transforman su identidad genérica y el orden del mundo. Los desfases entre el deber ser y la existencia, entre la norma y la vida realmente vivida, generan procesos dominantes de feminidad (ideologías tradicionales), porque las mujeres viven estos desfases como producto de su incapacidad personal para ser mujeres, como pérdida y como muerte.
Otras pueden encontrar además, simultánea y contradictoriamente, posibilidades de búsqueda y construcción propia y colectiva gratificantes.
Cada espacio y cada proceso de desestructuración del ser-de y para-otros que define la feminidad significan una afirmación de las mujeres: son hechos innovadores, hitos de libertad democratización de la sociedad y la cultura. Hasta aquí se aborda la identidad de la mujer.
Identidad amenazada por la violencia de género.
La violencia de género es un problema complejo y de grandes magnitudes. El maltrato a las mujeres es amplio y diverso: un insulto callejero, una prohibición de un padre, una madre o el esposo para realizar alguna actividad sólo por el hecho de ser mujer, el acoso sexual, la discriminación salarial, lo insultos, los golpes, el aislamiento, la supresión económica y hasta la muerte por parte de la pareja o un familiar forman parte del catálogo de agresiones.
La violencia familiar comenzó a verse como problema social grave a comienzos de los años 60, cuando algunos autores describieron el “síndrome del niño golpeado”, redefiniendo los tratos hacia los niños. El tratamiento periodístico de éstos, en una época en que los medios comenzaban a mostrar su poder de penetración contribuyó a generar un incremento de la conciencia pública sobre el tema, y se consideró la violencia familiar como un problema público y no privado. En el comienzo de los años 70, la creciente influencia del movimiento
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feminista resultó decisiva para atraer la atención de la sociedad sobre las formas y las consecuencias de la violencia contra las mujeres.12
En México de acuerdo con el INEGI mueren diariamente por causas violentas cerca de 30 mujeres en promedio, de las cuales poco más de 23 son por accidentes y 6 por homicidios. Una de cada cinco muertes violentas femeninas tiene lugar en el hogar. Nueve de cada cien mujeres de 15 años y más conviven con su pareja, son objeto de agresiones físicas por parte de su compañero o esposo y, ocho de cada cien padecen violencia de tipo sexual. En el asunto de la violencia de género hay un subregistro muy importante, se encuentra oculta en muchas situaciones de nuestra vida diaria, familiar, social, laboral, política, e institucional. De acuerdo con el PNUD, en una investigación realizada en 2004 se encontró que en muchos casos la persona que sufre la violencia ni siquiera se da cuenta loas agresiones que sufre, puesto que acepta como normales faltas de respeto, insultos, menosprecios y devaluaciones. Además, de acuerdo con datos del INMUJERES más del 85% de los casos denunciados de agresión contra mujeres en México quedan impunes. México se ubicó en el lugar 75 de 115 países evaluados en materia de equidad de género, por debajo de países como Honduras, Kenya y Malasia. Los hechos ofenden y muestran que en México la violencia contra las mujeres es un problema social que tiene profundas raíces en patrones culturales basados en relaciones de poder desiguales entre mujeres y hombres con una supuesta supremacía masculina.13
Violencia feminicida.
El feminicidio se describe como la “forma extrema de violencia de género contra las mujeres, producto de la violación de sus derechos humanos, en los ámbito público y privado” y está “conformado por el conjunto de conductas misóginas que pueden llevar impunidad social y del Estado y puede culminar en homicidio y otras formas de muerte violenta de mujeres”.
La violencia feminicida, atenta contra los derechos humanos de las mujeres, en especial su derecho a la vida, a la seguridad y el acceso a la justicia. Limita el desarrollo y la paz en las sociedades a las que
12 CORSI, Jorge (compilador), Violencia familiar, Una mirada interdisciplinaria sobre un grave problema social
13 Todas las voces. Amor es sin violencia, María Isabel Alvarado Guémez, febrero del 2007.
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representamos, de acuerdo con la feminista Marcela Lagarde.
La violencia incluye diversas formas, como son el feminicidio (homicidio doloso o culposo), los accidentes, los suicidios, entendiendo que las condiciones que las condujeron a quitarse la vida fueron situaciones previas de privación humana, violencia o falta de oportunidades. Se cuentan también las muertes evitables de las mujeres, un gran número de ellas resultado de la desatención, el maltrato o la desvalorización de su vida. Los homicidios de niñas y mujeres son la culminación de la violación de sus derechos humanos y evidencian la ruptura del Estado de derecho.
Las autoridades, de rangos distintos, desvalorizan a las víctimas, las culpan de la agresión argumentando “que ellas lo provocaron” y no trabajaban en su esclarecimiento de los casos.
La violencia es resultado de la misoginia llevada al extremo. Está ligada a la supremacía masculina y se legitima en la sociedad. La causa principal de la violencia feminicida es el cuerpo de las mujeres como objeto o posesión, según la psicóloga Olga Bustos, presidenta del Colegio de Académicas Universitarias, de la UNAM. Los hombres violentos gozan de la complicidad concertada pero ideológica y políticamente activa entre autoridades y delincuentes.
Las mujeres víctimas sufren trato discriminatorio y vejatorio por parte de las instituciones encargadas de procurar justicia lo que constituye violencia institucional y contribuye a la impunidad.
En las evidencias en los cuerpos de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, se observa con detalle “la violencia física y sexual padecida, el sufrimiento y el dolor de ser secuestradas, humilladas, violadas golpeadas, atadas, mutiladas, para luego ser asesinadas, arrojadas o enterradas”. No obstante, siguen ausentes los culpables. Así describe la antropóloga física, Martha Rebeca Herrera, la situación que vive la población femenina en Ciudad Juárez.14
Militares y violencia feminicida
Por una supuesta lucha contra el narcotráfico, este año varias entidades del país se convirtieron en “cuarteles del Ejército”, donde las mujeres han sido víctimas de la violencia ejercida por militares.
Para Lagarde, el caso más emblemático de violencia feminicida,
14 México, 11 sep 06. CIMAC.
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reconocida en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, fue el de Ernestina Ascencio Rosario, en Veracruz, presuntamente violada y asesinada por militares.
“Ernestina era mujer, indígena y mayor, fue abusada, se le lastimó y maltrató, fue violada a grado tal que al segundo día después de la agresión murió a consecuencia no de una gastritis, sino del maltrato brutal del cual fue objeto por parte de militares”, señala.
Para Lagarde “el abuso de poderes por parte de funcionarios del Estado y del propio Felipe Calderón, así como de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) que se convirtió en Ministerio Público”, le dieron a este caso múltiples formas de violencia.
No ha sido el único. Se sumó a la larga lista de mujeres violadas en México por militares, denunciados desde la década de los 90. En julio de 2006, 14 mujeres fueron violadas por 13 soldados en la zona de tolerancia de Castaños, Coahuila; sólo tres fueron sentenciados por un juez civil. En mayo de 2007, 4 menores de edad fueron violadas en los municipios de Nocupétaro y Carácuaro, Michoacán.
“Todas ellas son sobrevivientes de violencia feminicida porque quedaron en riesgo de perder la vida, hubo un poder total sobre ellas y se ejerció violencia directa en su contra”, sostiene Lagarde.15
El feminismo propone cambios en torno a la identidad femenina. Las mujeres quieren cambiar el mundo y hoy dirigen la mirada hacia ellas mismas. Fue en el siglo XIX cuando la conciencia feminista se empezó a transmitir a otras mujeres y, se inicia como movimiento social y político.
Los primeros ensayos sobre ‘la cuestión de la mujer’ criticaban el rol restrictivo de la mujer, pero no señalaban culpables de las desventajas de la mujer ni sobre los hombres. El trabajo de Mary Wollstonecraft Vindicación de los derechos de la mujer, es uno de los pocos escritos antes del siglo XIX que puede ser llamado feminista sin temor a una ambigüedad. En 1791 Olympe de Gouges hizo la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”. Se afirma que el feminismo nació a fines del siglo XVIII y principios del XIX, cuando la gente comenzó a percibir que la mujer es oprimida en una sociedad machista.
El movimiento feminista tiene sus raíces en Occidente y
15 Militares y violencia feminicida. Por Lourdes Godínez Leal. México, DF, 17 dic 07 (CIMAC).-
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especialmente en el movimiento de reforma del siglo XIX. El movimiento organizado data de la fecha de la primera convención por los derechos de la mujer, en Nueva York en el año 1848. Más de un siglo y medio más tarde, el movimiento ha crecido y ha adoptado diversas perspectivas en cuanto a lo que constituye la discriminación. Los primeros feministas son a menudo llamados ‘la primera ola’ y, luego de 1960, ‘la segunda ola’. También es destacada la Declaración de Séneca.
El feminismo ha producido muchos cambios en algunas sociedades occidentales, incluyendo el sufragio femenino, el empleo igualitario, el derecho de pedir el divorcio, el derecho de la mujer de controlar sus propios cuerpos y decisiones médicas (incluyendo el aborto, tema sobre el cual no hay consenso), y muchos otros. Muchos de estos cambios han sido el lograr en el discurso que algunos de los derechos de las mujeres se consideren como derechos humanos.
Sin embargo, el movimiento feminista reivindica que todavía hay muchos cambios por hacer. En ningún país del mundo se ha logrado igual salario por igual trabajo, entre hombres y mujeres. El aborto inseguro sigue siendo causa prevenible de muertes de muchas mujeres en el mundo (tercera causa de mortalidad materna en el mundo). Muchas creencias consideradas radicales en el pasado forman ahora parte del pensamiento político común. A pesar de que casi nadie en las llamadas sociedades occidentales de hoy cuestiona el derecho de la mujer al voto o la propiedad, conceptos que eran vistos con gran extrañeza hace 200 años, las mujeres no siempre tienen acceso a estos derechos. Por ejemplo en Estados Unidos las mujeres adultas mayores se enfrentan a menudo con el problema de no contar con la propiedad legal y por tanto efectiva del hogar donde han pasado su vida y formado su familia.
En cuestiones políticas si bien el derecho al voto se fue ganando durante el siglo XX por los distintos movimientos sufragistas nacionales, a principios del siglo XXI no existe un país que haya logrado la paridad en género en las legislaturas. Paradigmáticas siguen siendo las mujeres que logran llegar a puestos de elección popular o a puestos altos de toma de decisión en el ámbito político y privado.
Las feministas usualmente apoyan otros movimientos como el movimiento por los derechos civiles, el movimiento pacifista y el movimiento por los derechos de los homosexuales y lesbianas. Al mismo tiempo muchas feministas negras, como Angela Davis, critican que el movimiento feminista es dominado por mujeres blancas.
Algunos feminismos muestran su preocupación por el movimiento
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transexual, ya que desafía las distinciones entre el hombre y la mujer. La transexualidad es rechazada por el feminismo radical, que considera que la masculinidad y la feminidad son construcciones socio-culturales, y por tanto, sentirse hombre o mujer carece de sentido y contribuye al sexismo. Otras corrientes de feminismo reconocen, promocionan y reivindican los derechos humanos de las mujeres transexuales.
En México, la organización de las mujeres en defensa de su derecho a la ciudadanía y el de sus derechos sexuales y reproductivos inició a principios del siglo XIX, con la celebración del primer Congreso Nacional Feminista en 1923. Más tarde, en 1935, se formó el Frente Único Pro Derechos de la Mujer integrado por comunistas, profesionistas, feministas, analfabetas, masonas y católicas, quienes dejaron de lado sus diferencias ideológicas para unirse y exigir el derecho al voto.
La filosofía feminista caracteriza la situación actual como un cambio radical de la sociedad y la cultura, marcado por el tránsito de las mujeres de seres-para-otros, en protagonistas de sus vidas y de la historia misma, en sujetos históricos.
Del mundo patriarcal y frente a él surge una nueva cultura, y las mujeres y la feminidad son su espacio esencial. El núcleo de esta dialéctica es la de-construcción (Culler, 1984) de la feminidad y de la mujer, en las mujeres, y el surgimiento de nuevas identidades entre ellas.
El feminismo permitió a las mujeres criticar y revalorar sus quehacer, su mundo y su propio ser, definir –como deseo- su propia humanidad. A partir de su propia revalorización las mujeres se han percibido positivas y han impugnado lo exterior a ellas. Reinterpretaron la historia, para entender, su lugar en el mundo. Se han generado conocimientos nuevos sobre ámbitos oscuros e inexplicables, particularmente sobre la condición femenina.
A partir del feminismo contemporáneo ha sido posible plantear la siguiente hipótesis: la mujer es la síntesis histórica de sus determinaciones sociales y culturales, y las mujeres lo son de sus condiciones específicas y concretas. Si la mujer no es un hecho de la naturaleza, lo cambios que le ocurren la modifican. Y pueden hacerlo hasta tal punto que la categoría mujer desaparezca. Esta posibilidad significa un drama cultural para quienes se niegan a abandonar el viejo mundo, en cambio da sentido a la vida de mujeres insertas desde ahora en la utopía de redefinir su condición y su identidad.
Las mujeres emprenden nuevas actividades, nuevas relaciones,
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nuevas formas de comportarse, trabajan por doble partida y se desenvuelven en una doble vida, en un desdoblamiento que cada una tiene que elaborar subjetivamente e integrar en su identidad. Han definido en qué y cómo quieren cambiar.
Pero no debemos olvidar que el flagelo de la violencia de género contra las mujeres, esta presente como una espada de Damocles. Y no hay Estado que te proteja y como bien lo dice Lydia Cacho el país se ha convertido en un “imperio de impunidad”.
Lo prioritario es la protección a la vida de mujeres, niñas y niños. Bajo el cumplimiento de los protocolos internacionales. Para preservar la identidad primero es proteger la vida. Luego la generación de políticas públicas que garanticen el acceso a la salud, educación y el trabajo. Así como la garantía de los derechos humanos.
BIBLIOGRAFÍA
-CORSI, Jorge (compilador), Violencia familiar, Una mirada interdisciplinaria sobre un grave problema social, 1ª ed. 5ª. Reimpresión, Impreso en Argentina, Editorial Paidós SAICF, 2004, 251 pag.
-Identidad femenina. Marcela Lagarde los Ríos. posgrado.unam.mx/publicaciones/omnia/anteriores/20/04.pdf
-México, 11 sep 06 (CIMAC). http://www.cimacnoticias.com/site/
-Militares y violencia feminicida. Por Lourdes Godínez Leal México, DF, 17 dic 07. http://www.cimacnoticias.com/site/
– (Todas las voces. Amor es sin violencia, María Isabel Alvarado Guémez, febrero del 2007). http://www.cimacnoticias.com/site/
-(Todas las voces, La desigualdad estructural, Noemí Ales Gatti, septiembre 2003). http://www.cimacnoticias.com/site/
-(Todas las voces, Alejandro Olvera Hinojosa, febrero de 2007). http://www.cimacnoticias.com/site
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LA VIOLENCIA EN SINALOA y ya dos años del régimen de Calderón
Arturo SANTAMARIA GOMEZ
La muerte de Valentín Elizalde
El asesinato de Valentín Elizalde, los enfrentamientos en Oaxaca y la reyerta en la tribuna del Congreso de la Unión, fueron loa últimos casos más de la crisis de autoridad al finalizar el sexenio del primer presidente de origen panista en Los Pinos.
Vicente Fox dijo irse contento después de ocupar seis años la Presidencia de la República, pero sus desmayos parecían decirnos metafóricamente que se fue desfalleciente, heredándole a Felipe Calderón un poder político erosionado hasta la raíz.
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No son pocos los que opinan que la etapa histórica que ahora padecemos es el costo inevitable del paso de un sistema político autoritario a la democracia. Muy cierto es que las transiciones sistémicas no suelen ser tersas. Los quiebres históricos, es decir, el paso de una forma de hacer u organizar la cosa pública a otra, por lo general son acompañados de sucesos traumáticos. Lo grave para nuestro caso es que la transición es ya demasiado larga y los traumas cada vez más fuertes.
No es nada claro, para nuestra mala fortuna, que se consolide un sistema político democrático en el país. Las pasadas elecciones dejaron tantas dudas de su limpieza e institucionalidad que hicieron retroceder la legitimidad alcanzada con el triunfo de Vicente Fox el 2 de julio de 2000. Este retroceso es uno de los factores que explican la exacerbada turbulencia en la que el PAN y el PRD son los principales protagonistas.
Mientras que el blanquiazul defiende la legitimidad del triunfo de Calderón y presume la consolidación democrática, el PRD habla de su ausencia y regresión. Mientras que unos académicos y políticos se alinean con una postura, otros con la antagónica. Este choque de interpretaciones ha debilitado no tan sólo la estabilidad sino la misma fortaleza del Estado.
Sin embargo, las cuotas de responsabilidad en la producción de esta crisis son diferentes. Quien tiene el poder no puede evitar ser el principal actor en la conducción de la vida política de una nación y, por lo tanto, ser el responsable número uno en el respeto a la institucionalidad, la democracia y la autoridad.
En estos planos, Fox falló al grado de ser el primer responsable en la crisis política que sufre el país. Los defensores de Fox enlistan las políticas económicas como las más positivas del conjunto de su gobierno. Al margen de que fuese exitosa tal gestión, lo cierto es que hoy la dimensión que supera, oculta o minimiza cualquier otra es la política. Y en ella, las cuentas que entregó el guanajuatense fueron desastrosas.
La ausencia de autoridad en unos casos y los excesos de ella en otros, fueron minando la capacidad del Estado para afrontar los desafíos de una sociedad en transformación. La violencia, la crisis social y política avanzan a un ritmo tal que pudieran, a corto plazo, acelerar una crisis económica, y con ello provocar una crisis del conjunto del sistema.
La violencia del crimen organizado, la más peligrosa de todas, porque disputa el uso de la violencia al Estado llevando ventaja a estas alturas, con cálculo político o sin él, a diario pasa por encima de la autoridad estatal. Si los “cárteles” de la droga están leyendo políticamente
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lo que sucede en el país y le dan una connotación táctica a sus acciones, estaremos frente a un uso calculado de la violencia en la que se desafía de manera consciente al Estado y, por ende, al Presidente de la República. Este escenario es mucho más grave porque estaríamos hablando de una organización criminal con visión estratégica. Si, en otro caso, los “cárteles” actúan sin cálculo y estrategia, sino por acciones de venganza o táctica criminal, de cualquier manera ignoran al Estado y lo desafían.
El asesinato del cantante Valentín Elizalde atizó aún más la imagen violenta de México, y fue tema recurrente en los medios de comunicación del mundo. Y luego la trifulca en el recinto del Congreso de la Unión, que recorrió el mundo a través de CNN, reforzó con creces el estigma sobre el país.
Lo peor de todo es que, mientras los admiradores de Valentín Elizalde discutían en los blogs y portales quién pudo asesinarlo y manejaban múltiples conjeturas, los diputados panistas y perredistas se agarraban a golpes y después cantaban rancheras, el presidente con los pies en el estribo ya no hacia nada al finalizar 2006 y el electo no podía ni siquiera pisar el edificio del Congreso de la Unión. En Internet aparecían páginas en los que supuestos “carteles” amenazaban a otros cantantes y grupos musicales, lo cual revelaría no sólo una descomposición del medio musical que interpreta temas del narco sino que, más grave aún, revelaría cómo el crimen organizado desafía abiertamente a la seguridad pública.
Una “guerra” perdida
El Presidente Calderón, el jueves 17 de mayo de 2006, hizo un llamado a la sociedad mexicana para que apoye al Estado en la lucha contra el crimen organizado. La petición suena lógica porque en una guerra ninguna de las partes involucradas puede ganarla sin el apoyo de la población o, por lo menos, de un sector de ella.
En la llamada guerra del Estado mexicano contra el narco vemos que ambos reciben diferentes tipos de apoyo de la población. Nos costará trabajo aceptar que el narco tiene respaldo de mucha gente, pero es una rotunda verdad.
Por un lado, el Estado tiene el soporte de los medios, de organismos empresariales, sindicales, políticos y civiles, así como el apoyo amorfo y pasivo de gran parte de la población. Por otro, los narcotraficantes, sobre todo los más poderosos, también gozan de un soporte tanto activo como pasivo de las zonas donde tienen influencia. El
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pasivo se logra mediante el temor. El activo a través de la aceptación cultural y el poderío económico.
En términos estrictamente militares, es decir, observando las bajas de ambos lados y de la población civil, así como el impacto del enfrentamiento en la opinión pública, los narcos parecen irla ganando o han sido capaces, por lo menos, de hacer creer que no la están perdiendo. La violencia genera miedo o por lo menos temor. La guerra, que es violencia concentrada y potenciada, eleva los niveles de temor y miedo.
Los narcos, como el Estado vía las fuerzas armadas, o como las guerrillas revolucionarias, para ganarse el apoyo de la población no sólo recurren a la violencia sino que buscan la aceptación cultural, política, ideológica y psicológica de la población. El temor y el miedo con frecuencia son parte del entramado cultural, político y psicológico en torno al Estado, pero también del crimen organizado, y los grupos revolucionarios; y no sólo eso, porque tanto el Estado, como el crimen organizado y los ejércitos revolucionarios generan consenso y aceptación cultural, ideológica, política y psicológica. Mientras más denso y fuerte es el consenso, más poder y permanencia tendrán las organizaciones que las generan. Un bando que recurre a la violencia, y a la guerra, sin respaldo social y cultural, no podría triunfar o permanecer.
Pareciera que Felipe Calderón se precipitó al decidir la estrategia para enfrentar a los narcotraficantes. La urgencia política de la legitimación lo impelió a recurrir al Ejército para enfrentar a los carteles del narcotráfico, sin tomar en cuenta las profundas y serias implicaciones que tal decisión tenía para la ciudadanía y el mismo Estado.
A estas alturas debe quedarle claro a Calderón que las organizaciones del narco no existen al margen de sectores de la población de donde surgen, se protegen y reproducen, además de que los consumidores de las drogas crean un mercado tan grande y rico que surte los fabulosos ingresos de los “carteles” y les brinda la plataforma y financiera que sustenta sus actividades comerciales y militares.
El presidente parece que ya entendió que el narco no es un artificio superpuesto y y que brota de ciertos sectores de la sociedad; por ello ahora pide la colaboración ciudadana. Empero, ésta es de suyo difícil, al menos donde las raíces del narco calan hondo y su poder es enorme. Sobre todo en las poblaciones rurales; incluso en los barrios urbanos la delación es inimaginable. Todos podrán saber quiénes se dedican a actividades ilícitas y platicarán sobre ellas en privado, pero no delatan. Aún las propias autoridades proceden de la misma manera.
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La población civil, empresarios, periodistas, defensores de derechos humanos, estudiantes, profesores, etc., podrán hacer llamados y críticas en abstracto a las acciones de los narcos, pero, por un sentido elemental de realismo, no acusan a nadie en particular ni dan aviso a la policía, salvo que sean simples “puchadores”. Así, el llamado del presidente, angustiado, tendrá poco eco. El Estado tendrá que seguir actuando con sus propios recursos. Lo más grave del asunto es que la guerra de la que se habla trepa alturas mayores y no habrá triunfador ni a corto ni a mediano plazo.
Si tomamos en cuenta dos guerras contra el narcotráfico, una en Estados Unidos, donde no se echó mano del ejército pero sí de la policía, y la otra en Colombia, donde el ejército está involucrado desde hace lustros, podremos concluir que la que se libra en México seguirá la misma ruta: décadas sin erradicación del narcotráfico y altísimos costos para el Estado y la población civil.
Los gobiernos de Calderón y de George Bush ya contemplan pasar a una fase más alta del enfrentamiento contra el crimen organizado. El presidente mexicano ya dio un paso decisivo en los acuerdos con Estados Unidos al extraditar a un grupo importante de narcotraficantes. El siguiente, de extrema seriedad e implicaciones estratégicas para la soberanía, sería el de aplicar en nuestro territorio un plan parecido al que se ha llevado a cabo en Colombia, que ha implicado la intervención de las fuerzas armadas del vecino del norte en la conducción de la guerra e incluso en la participación de sus propias tropas en suelo colombiano.
George Bush ya no está en la Casa Blanca, pero cualquier otro presidente, incluyendo a Barack Obama, impulsaría el acuerdo de intervención estadounidense en México para combatir al crimen organizado. En Colombia, si nos atenemos a la prolongación de tal guerra, es un fracaso total porque ni el crimen organizado ha sido derrotado ni sus envíos de drogas a Estados Unidos han disminuido. En cambio, el debilitamiento de las libertades civiles en la patria de grandes escritores y músicos es preocupante. Colombia es una sociedad militarizada con un gobierno civil.
Los riesgos de involucrar al Ejército Mexicano en la lucha contra el narco en unos cuantos meses ya ha demostrado sus grandes peligros. Son muchos los observadores que han dicho y demostrado como los soldados no están preparados técnica, jurídica, cultural y psicológicamente para involucrarse en asuntos civiles.
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En Michoacán como en Sinaloa, para mencionar dos casos, los militares han cometidos graves abusos contra la población civil. El caso más brutal fue en tierras michoacanas, pero el que padeció el fotógrafo José Manuel Prieto Mariscal, en Culiacán, es relevante porque los soldados, sin atributo legal, trataron de impedir la labor periodística. El ejemplo también ilustra el inevitable temor y desconfianza de los integrantes de las fuerzas armadas hacia el crimen organizado porque se cree que cualquier civil puede ser colaborador o integrante de él.
Lázaro Cárdenas, Gobernador de Michoacán, en un implícito respaldo al presidente Calderón, declaró en una ocasión que el Ejército Mexicano era el único instrumento del Estado que podía enfrentar a los narcotraficantes. Y sí, tiene razón en decir que es el único que los puede enfrentar, pero no parece que los pueda derrotar porque el problema va a mucho más allá de la capacidad militar. La encrucijada del gobierno en la lucha contra el crimen organizado es de proporciones mayúsculas. Decidió enfrentarlo con el Ejército, es decir, con el máximo recurso de la fuerza del Estado, pero esa decisión se está convirtiendo en el principal problema político de su gestión, el cual podría ampliarse y provocar una crisis de su gobierno a mediano plazo.
En 2006 Vicente Fox se dobló ante la presión de la Casa Blanca y vetó la ley sobre las drogas ilegales que el Congreso Mexicano había aprobado. Tal ley hubiese legalizado la posesión de reducidas cantidades de drogas. Bajo dicha ley, la posesión de hasta 25 miligramos de heroína, 5 gramos de marihuana, ó 0,5 gramos de cocaína y cantidades semejantes de anfetaminas y peyote para uso personal ya no serían ilegales. Pero Washington no toleró la más mínima diferencia de su inflexible política. Cualquier país latinoamericano que intentase una estrategia propia contra el tráfico de drogas entraría en confrontación con EU y sufriría un severo castigo económico y político.
La subordinación de México a la política de EU la explica Ted Galen Carpenter, vicepresidente del Centro de Estudios de Defensa y Política Exterior del Instituto Cato, en su obra “Bad Neighbor Policy”. Carpenter dice sin tapujo alguno:
“Las autoridades estadounidenses han sobornado, engatusado, y amenazado a los gobiernos latinoamericanos intentando detener el flujo de drogas… El resultado ha sido una creciente ola de corrupción y violencia en dichos países y un creciente descontento por parte de las poblaciones perjudicadas hacia sus propios gobiernos y hacia Estados
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Unidos. La guerra contra las drogas hemisférica de Washington es la personificación de la Política del Mal Vecino.”
La declaración de guerra a los narcotraficantes de Calderón aparece como una urgencia política de consumo doméstico, pero en el fondo está circunscrita a las estrategias hemisféricas de Washington.
Estados Unidos se embarcó en esta guerra desde hace más de treinta años y ha sido un fracaso. En 2004, escribía Rudley Balko, del mismo Instituto Cato, que los gobiernos estatales y federal habían gastado entre 40 y 60 mil millones cada año, a partir de 2000, para enfrentar el consumo de drogas en Estados Unidos y miles de millones de dólares más en el mantenimiento de casi 320 mil personas encarceladas por vender y consumir drogas. Balko asombra cuando revela que esa población penitenciaria es mayor que el conjunto de prisioneros por cualquier tipo de delito en España, Italia, Alemania, Francia y el Reino Unido. La cantidad de prisioneros en EU se incrementó 400 por ciento de 1980 a 2004 mientras que la población sólo había aumentado 20 por ciento. Estados Unidos tiene la proporción de prisioneros más alta del mundo: 732 por cada 100,000 individuos están presos.
“A pesar de todo el dinero gastado y las personas encarceladas –sostiene Balko-, a pesar del daño realizado a nuestras ciudades y la integridad de nuestro sistema de justicia criminal, a pesar de las restricciones que hemos permitido contra nuestras libertades civiles; a pesar de las pérdidas de vidas inocentes y el innecesario sufrimiento impuesto en gente enferma y a sus doctores, a pesar de todo esto, el tráfico de drogas no sólo está proliferando, está creciendo. Las drogas ilícitas son más baratas, más abundantes y de mayor pureza que nunca antes”. (El fracaso de la guerra contra las drogas, Rudley Balko, Cato Institute, 2004).
La guerra contra las drogas en Estados Unidos se ha dirigido en lo fundamental contra el consumo. En México, se ha orientado contra los productores y comercializadores. En ambos casos se ha fracasado. Entre los factores que explican la derrota mutua, son muy visibles dos de ellos:
1. El consumo de drogas es parte consustancial de grupos cada vez más amplios de las sociedades contemporáneas.
2. La extensión, profundidad y complejidad del mercado de drogas, es tal que una estrategia policiaca/militar sólo combate a los actores y no a las causas.
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La dinámica e intereses de la industria del narco son de tal dimensión que hacen que cualquier estrategia de confrontación fracase. Si EU con todo y su poderío no ha podido derrotar a los mercaderes de las drogas, menos lo va a poder hacer México. El gran problema con nuestra sociedad, en comparación con nuestro vecino, es que el poderío del narco desestabiliza al Estado, mientras que en Estados Unidos no.
En términos de influencia política el narco mexicano se parece más a lo que ha sucedido en algunas etapas de la historia de Italia o Colombia que a lo que ha sucedido en Estados Unidos. En la dimensión cultural, la influencia del narco se asemeja a la que ha ejercido la mafia en el sur de Italia y en Medellín y Cali, en Colombia.
En México, Sinaloa ilustra el inmenso poderío de los antes llamados gomeros en todas sus esferas. Sus raíces y manos están entremetidas por múltiples recovecos de la sociedad. Aun sin desearlo ni buscarlo muchos individuos y familias se topan con la influencia de los feligreses de Malverde. Miles de familias sinaloenses por voluntad propia o a la fuerza son parte de ese mundo. Combatir al crimen organizado significa estremecer fuertes y arraigados tejidos de nuestra sociedad regional. A estas alturas, ningún gobernador puede con tal poder, con tal influencia y tal arraigo. La muerte de los hermanos de la diputada Sandra Lara Díaz en Sinaloa lo comprueba una vez más.
En este contexto, que ya no es exclusivo de Sinaloa, la estrategia de Felipe Calderón no tiene posibilidad alguna de triunfar, ni aun recurriendo a más fuerza, tal y como lo ha declarado a lo largo de su gestión. Si únicamente contáramos el número de caídos, del lado del Estado son más que del lado de las fuerzas del narco. Si una guerra se mide por el número de víctimas, es evidente que el Estado no va ganando.
El gran problema de esta guerra es que no sólo la va a perder el gobierno con Calderón a la cabeza, sino el Estado, lo cual compromete la seguridad nacional y, por ende, la estabilidad social. El presidente abrió la jaula del tigre y no sabe dar latigazos por más amenazas que lance. Su guerra está perdida y habrá qué pensar en otras estrategias que no hagan sucumbir ni al Estado ni a la sociedad. Y aunque la legalización del consumo de drogas esté muy lejos habrá que insistir en ella.
La Marcha de las Veladoras y el poder de los medios.
Los medios electrónicos de la Ciudad de México reiteraron el poder que tienen sobre la población. Una vez más, el centralismo que todavía impera en el país pesó sobre las decisiones que toman los
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habitantes del país. En la capital las manifestaciones tumultuosas son hechos comunes. Nadie se asombra de las grandes concentraciones. Lo que sí es novedoso es que se haya dado una cadena de manifestaciones simultáneas en diferentes ciudades en demanda de paz. Muy pocas veces se ha visto tal consonancia.
Bien se puede decir que la convocatoria que hicieron diferentes organizaciones civiles y empresariales, apoyadas por los grandes medios capitalinos, fue un éxito al congregar decenas de miles de personas a lo largo y ancho del territorio nacional. Lo que todavía no puede medirse es la efectividad de esas movilizaciones para lograr que los diferentes niveles de gobierno actúen con más eficacia para someter a la delincuencia organizada. Por lo menos a una semana de la marcha y a más de dos que se reuniera la clase política nacional para proponer un organismo coordinado de seguridad, es evidente que eso no ha sucedido en ningún rincón de la casa mexicana. La violencia campea como lo ha hecho en los últimos años, sin que nadie la dome.
Si bien en otros países latinoamericanos, como Chile, Venezuela o Argentina, en diferentes épocas y circunstancias, las clases altas y medias se movilizaron en protesta contra sus gobiernos, en México eso ha sido menos común. En Chile, lo hicieron contra Salvador Allende para detener las políticas socialistas; en Venezuela lo hicieron contra el populismo de Hugo Chávez y en Argentina contra los gobiernos neoliberales de De la Rúa y congéneres como contra el gobierno estatista de Cristina Kirchner.
Sin embargo, en México la protesta, aunque curiosamente esta es una palabra que no les gusta a los manifestantes del 30, quizá porque no quieren que los asemejen a los izquierdistas, fue contra todos los partidos políticos y todos los niveles de gobierno, de PAN, PRI o PRD. A pesar de que la mayoría de los líderes de las marchas apoyaron al PAN en las elecciones pasadas y simpatizan más con ese partido y el PRI, le reclaman al conjunto de la clase política su incapacidad para enfrentar a la delincuencia. Al menos por el momento, las masas movilizadas no le reclaman al gobierno su política económica, sino su nula eficacia para meter en cintura a los delincuentes. Y lo mismo sucede en las entidades de la república gobernadas por el PRI, el PAN o el PRD.
Una pregunta para entender la movilización de las veladoras sería: porqué tuvo éxito, y porqué cuando convocan grupos de provincia, con años en la lucha por los derechos humanos y contra la violencia, fracasan. Guadalajara y Monterrey, por ejemplo, a pesar de su magnitud como ciudades, es raro ver en ellas grandes movilizaciones sociales, como
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sucede en Acapulco, Oaxaca o San Cristóbal de las Casas, ciudades chicas donde las clases populares son muy activas.
Las capitales de Jalisco y Nuevo León son conservadoras. Ni sus clases populares ni las medias y altas gustan mucho de manifestarse en las calles. Ahora lo hicieron en cantidades nada despreciables, alrededor de quince mil en cada una, pero nada como la gigantesca manifestación que se vio en el Distrito Federal. En Sinaloa hubo varias marchas. Las más grandes fueron en Mazatlán y Culiacán. Unas dos mil 500 personas en Mazatlán y otras dos mil en Culiacán. Habrá que reconocer el esfuerzo de los manifestantes, pero para los niveles de la violencia atroz que padece Sinaloa la respuesta parece muy pobre. Aunque aún siendo reducidas, ambas marchas fueron mayores que las manifestaciones realizadas en los últimos dos años.
Como sabemos la mecha que desató la nueva protesta nacional fue el secuestro y asesinato del niño Fernando Martí, así como el elocuente reclamo de su padre, transmitido por las cadenas de televisión. Es decir, fue necesario que un hombre rico, influyente y decidido de México actuara, con todo el respaldo de la clase empresarial, para que se sacudieran un poco los habitantes de otras ciudades del país. Pudiera decirse que hubo una especie de conciencia de clase entre los sectores altos y medios para tomar las calles convocando también a la solidaridad de las clases subalternas; pero éstas fueron minoría el 30 de agosto, con excepción de lo que sucedió en la capital.
Tal solidaridad motivó la respuesta nacional más abierta y masiva que se haya visto contra una delincuencia que los amenaza y un Estado que no es capaz de controlarla. Pero esa convocatoria tuvo que venir nuevamente del centro, y aderezada además con una especie de glamour, propiciado por la televisión, mezclado con coraje y dolor. Muchos manifestantes daban la impresión de estar en una pasarela de modas callejera o en una campaña electoral y no en un acto de protesta civil.
¿Por qué el enorme dolor de los miles de muertos sinaloenses de los últimos años no provocó una movilización como la del 30 de agosto a pesar de constantes invitaciones, plenas de compromiso, que hicieron ciudadanos de Culiacán? En Mazatlán es muy posible que la participación de varios grupos sociales, en calidad de luto, haya sido alentada por la indignación que provocó la muerte de la maestra de ballet, Margarita Naranjo. Es decir, parece que es necesaria la tragedia de un personaje, de una figura o de un nombre poderoso para que se agite la
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conciencia de personas que de otro modo no participarían. Así fue con el niño Fernando Martí y con la maestra Naranjo.
Las muertes en Sinaloa parecen haber agotado la capacidad de indignación y asombro. Por lo menos en el caso de la marcha de las veladoras no fueron las razones locales sino las centralistas, que solemos llamar nacionales, las que motivaron a la gente a manifestarse. Mas, si se quiere avanzar en el combate a la delincuencia, los intereses y acciones locales serían la base de las estrategias ciudadanas y gubernamentales. Lo nacional sólo puede construirse con cimientos locales.
Las acciones locales por lo general carecen de los reflectores nacionales y de la espectacularidad que brindan los medios electrónicos, pero son ellas las que pueden transformar a fondo las cosas. Pero esas acciones no pueden ser sólo reacciones sino organización civil permanente. En el fraccionamiento o colonia, el trabajo, la escuela, y en relación a diferentes necesidades se reclama la organización colectiva. De esas atmósferas surgen las iniciativas y presiones para exigir a los gobernantes que den respuestas y no sólo promesas y demagogia.
Violencia sin fin.
El niño Fernando Martí en el DF, y el señor Marco Iván del Rincón Jarero, hijo de Jorge del Rincón, una de las personalidades políticas y empresariales más conocidas de Sinaloa, han sido dos de las víctimas más socialmente relevantes de la violencia que flagela a familias con amplio poder económico en México. Y a pesar de ello, o quizá por ello, les cegaron sus vidas. La condición social privilegiada no ha favorecido a nadie en esta brumosa etapa de la historia reciente.
Las muertes de Fernando y Marco Iván, por la prominencia de sus familias, oscurecen aun más las densas nubes de la terrible, larga y al parecer inagotable época de violencia que repuntó a final del siglo pasado y que se ha ensanchado y profundizado en los primeros ocho años del nuevo milenio. Nada parece detener la espiral violenta que azota al país. Algunos pensaban que sería la violencia política la que estallaría y se propagaría por todo México. La aparición del EZLN en 1994 y poco después del EPR, hizo pensar a analistas y científicos sociales que esa violencia sería la protagónica. Pero no. Tampoco fue la violencia de algunos movimientos sociales. La delincuencia que se masificó fue la desatada por el crimen organizado.
La descomposición estructural de la sociedad, cuyas manifestaciones más evidentes son la desigualdad social, un débil Estado
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de Derecho y la deshonestidad de los liderazgos políticos, no abrió los cauces para que las opciones revolucionarias se pudieran desarrollar. La alternativa de las guerrillas revolucionarias ha tenido poco eco. Sin embargo, el resentimiento social y la desigualdad en la distribución de la riqueza, la impunidad de la corrupción y la incapacidad de la clase política fermentó el suelo para que la delincuencia ganara terreno como no había sucedido en casi 150 años. Ni en el porfiriato, ni en el régimen de la revolución hubo tanta delincuencia como en los últimos veinte años. Lo paradójico es que cuando más presume la clase política haber alcanzado la democracia, es cuando más violencia delictiva ha habido.
Los zapatistas, aunque continúan armados, se han convertido en un movimiento social, y las acciones de los eperristas no han tenido como blancos a personas ni tienen la intensidad y poder de fuego como el que lanza el crimen organizado. No hay comparación de la violencia de la guerrilla con la que exhibe el conjunto de organizaciones criminales extendidas en el territorio nacional.
Los pronósticos de que la alternancia política y la transición a un nuevo régimen harían amainar las desigualdades económicas y sociales, al mismo tiempo que se combatían corrupción, impunidad y delincuencia, han fracasado. Es decir, las libertades políticas y civiles que ha ganado el país han quedado rezagadas ante el avance del crimen organizado. Ni un solo sector social, ni los privilegiados, ni los oprimidos, se salvan de la violencia. La descomposición social es generalizada.
En abril de este año, el Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad reveló los resultados de la Encuesta Internacional de Criminalidad y Victimización (Enicriv), auspiciado por la ONU. Participaron 30 países. Entre otros, Japón, México, Estados Unidos, Australia, Alemania, Canadá, España y Portugal, pero ningún otro latinoamericano, lo cual sesga un poco los resultados. De cualquier manera el estudio arroja evidencias muy graves para nosotros:
México registró la tasa más alta de robos cometidos con violencia. En 6 de cada 10 asaltos cometidos se utilizan armas de fuego; México registró el porcentaje más alto de agresiones con arma de fuego, seguido por Estados Unidos e Irlanda de Norte; Grecia y México tienen el mayor porcentaje de sobornos a servidores públicos y presentó la menor tasa de denuncia de todos los países participantes.
Este es el México del nuevo siglo. El de la alternancia y la fallida transición democrática. El de los grandes acuerdos comerciales con las potencias mundiales. Es en este contexto que la violencia aumenta sin
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que nadie sepa hasta dónde puede llegar. El delito está afectando la estabilidad social y emocional de millones de mexicanos.
En el campo económico, la inseguridad propicia el éxodo de empresas, según Vicente Yañez, presidente de la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD). El líder empresarial afirma que Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey, Culiacán y la Ciudad de México han sido abandonadas por un considerable número de empresarios, porque los atemoriza el alto nivel de secuestros y asesinatos.
Teniendo como fondo esa atmósfera, en el caso del niño Fernando Martí se maneja la hipótesis de que los asesinos están coludidos con altos mandos de la policía del Distrito Federal. En Sinaloa, se manejan muchas conjeturas sobre la muerte de Marco Iván del Rincón en los “blogs” de los periódicos estatales.
La muerte de Marco Iván del Rincón podría obedecer a motivos pasionales, como se especula en los “blogs”, pero al margen de los motivos, los autores del crimen lo hicieron en un contexto de extrema violencia, donde la mayoría de los delitos quedan impunes. Y como fondo una sociedad atemorizada, desorganizada y apática. El túnel de la violencia se ve largo, interminable, con nulas posibilidades de que, a corto plazo, pueda verse un resquicio para salir de él. Al gobierno de Calderón le restan cuatro años más, que amenazan ser de pesadilla.
El presidente creyó, sin análisis a fondo de por medio, que su guerra contra el crimen le iba a generar legitimad, y ha resultado lo contrario: es la principal explicación del declive de su aceptación como gobernante. Los cuatro años que faltan van a hacer largos para su partido y para él mismo. Por eso se mira de nuevo el relevo tricolor, el partido que durante 70 años afinó la corrupción, la impunidad, la antidemocracia y el uso de la violencia para dirimir sus diferencias internas.
Culiacán: 10 de mayo y la protesta pasiva
El 10 de mayo, fecha de alto simbolismo para los mexicanos, guadalupanos o no, de izquierda o de derecha, los culiacanenses se pusieron de acuerdo, así haya sido de manera pasiva, para rechazar la violencia que los daña y humilla. La protesta silenciosa, sin marcha, sólo acompañada por la noche con los sonidos de los gongs que generaron músicos dignos y sensibles, fue resultado de una reacción espontánea, suscitada por el miedo y el hastío. No hubo convocatoria alguna. Nadie llamó a protestar no saliendo de sus casas. No hubo líderes. Ni masas en la calle. Fue una protesta fragmentada en los hogares pero generalizada.
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“Ante la ausencia de Estado, dice el profesor universitario Pedro Brito, la gente se repliega al único perímetro en el que se siente seguro: su casa”. Esa atmósfera de miedo y desconfianza la describen con precisión los reporteros Javier Valdez, corresponsal de La Jornada, en Culiacán, y el enviado por ese mismo diario:
“Un empresario de Guasave, hospedado en un céntrico hotel de Culiacán, describió así el ambiente que se vive en la capital del estado: “Calles cerradas, helicópteros volando, militares y policías por todos lados, en cada esquina. Ahora nadie pita a otro, menos una mentada. Hay mucho miedo. En todos los semáforos la gente voltea a ver de reojo al otro conductor. Si es una troca, no avanza hasta que ésta se va. En cuanto acabe mi reunión me regreso a mi tierra. Allá sí está tranquilo. Los niños van a la escuela y todo; aquí no se puede”.
La del 10 de mayo fue también una gigantesca manifestación de miedo a la violencia, con la diferencia de que, por primera vez, en un profundo acto de reflexión, casi de contrición, la mayoría de los habitantes de la capital del estado, perciben a cabalidad la dimensión dantesca del poder del narco. Ese 10 de mayo de 2008, con todo y la relevancia de la contrición, podría quedarse como una fecha simbólica, que recordarán los padres a sus hijos como el día en que Culiacán festejó el día de las madres sin salir a las calles, si es que no es el inicio de un profundo acto de reflexión que precede a la acción civilizadora.
Si el miedo, la preocupación y el hastío no se traducen en la adopción de formas organizativas civiles que prevengan, y no que confronten la violencia, entonces, no hay ninguna posibilidad de disminuir la fuerza de aquella. La violencia del narco ha adquirido tales dimensiones debido a la debilidad del Estado para prevenirla y combatirla, pero también por la debilidad de la sociedad civil. En ambos casos, Estado y sociedad, ha habido una debilidad ética. En el Estado por su corrupción e irrespeto al derecho, y en la sociedad por ser poco activa; es decir, poco participativa y organizada. Y el Estado seguirá siendo corruptor y corruptible, débil frente a poderes fácticos, y prepotente ante los ciudadanos débiles, mientras haya una sociedad civil débil. La sociedad civil es más sólida si se va fortaleciendo en base a pequeñas pero constantes acciones sociales organizadas, que construyan un amplio tejido de participación.
Ninguna sociedad sobrevive sanamente, recuerda Norbert Elías, en su obra “Deporte y Ocio en el Proceso de la Civilización”, escrita al alimón con Eric Dunning: “sin instituciones sociales que, por así decirlo,
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proporcionan alivio emocional contrarrestando las tensiones y los esfuerzos de la vida ordinaria con sus luchas serias, peligros, riesgos y coacciones”. Las instituciones de las que hablan Elías y Dunning no son sólo las estatales, sino más bien las civiles, de diverso orden y tipo.
El mercado de las drogas es enorme en Estados Unidos y cada vez más grande en México. El simple sentido común nos dicta que mientras haya consumidores de drogas fuera y dentro de nuestras fronteras, sus productores y comercializadores seguirán floreciendo. Eliminarán a todos los capos del momento y desintegrarán a sus “cárteles”, pero vendrán siempre los relevos mientras haya mercado.
Las respuestas policiales y militares al narco, tienen más una intencionalidad política que el objetivo de la erradicación, al margen de que jamás han arrancado de raíz el consumo y mercado de drogas. Es más, dicen los expertos, ni siquiera las más profundas y masivas campañas de salud eliminan el consumo de drogas en todos los individuos, aunque sí puedan reducirlo.
En México, el Estado ha sido cómplice del crecimiento del narco, pero cuando algún gobierno, a nivel federal o estatal, han decidido enfrentarlo, básicamente recurren a las armas, lo cual ha despertado más violencia, y no emprende campañas de salud y educación contra el consumo y venta de drogas. Al contrario, como si fuera una campaña electoral o comercial, el Estado echa mano de la propaganda en los medios, que en estos casos resulta ineficaz.
Calderón, con síntomas de desesperación, busca en los medios a propagandistas y no a periodistas, porque exige que se hable en positivo: “para que manifiesten y divulguen las acciones que están, precisamente, deteniendo la estructura de los criminales; para que no se convierta la estrategia de los criminales, que buscan sembrar terror, en una estrategia compartida por los propios medios de comunicación”.
La propuesta de valores edificativos, humanistas y constructores de sociedad civil a través de los medios podrá hacer mucho más contra la violencia que difundir la propaganda gubernamental. La subcultura del narco, aun en situaciones extraordinarias, no aminora en algunas capas sociales, y sólo una contrapropuesta educativa, impulsada sistemáticamente, podría iniciar una marcha pacífica para disminuir el consumo de drogas y la violencia.
“Cero tolerancia” a la sinaloense
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El lunes 25 de febrero de 2008 se inició en el Municipio de Mazatlán la aplicación del programa “Cero Tolerancia” contra quienes ignoren los reglamentos de Tránsito Municipal o el Bando de Policía y Buen Gobierno. En términos mediáticos, la decisión adoptada por el alcalde Jorge Abel López Sánchez ha sido exitosa. Falta ver si disminuyen las violaciones a las normas de tránsito y mejora la educación vial de los habitantes del puerto. La frase no es nada original, ni tampoco la concepción del programa. La expresión se atribuye a Rudy Giuliani, ex alcalde de Nueva York, pero él mismo ha tratado de deslindarse de lo que los medios y la sociedad entienden por ella.
Mario Arroyo, del Centro Internacional de Estudios sobre la Seguridad, explica que desde los años setenta funcionarios utilizaron la expresión “cero tolerancia” para referirse “al control que debe imponerse a la delincuencia de menores, a las escuelas que están en decadencia e incluso al ámbito laboral con el propósito de controlar conductas desviadas”.
En la actualidad la opinión pública se refiere a ella como una política criminológica “basada en la transformación gerencial de la policía, el cambio de orientación de lo reactivo a lo proactivo, el acercamiento con las comunidades, el uso eficiente de la tecnología y la rendición de cuentas (…) sancionando todos los delitos o faltas administrativas por pequeñas que sean…”.
Pese a que en Nueva York esta política fue exitosa en términos criminológicos y no en el respeto a los derechos humanos o a la diversidad cultural, porque ha sido criticada con severidad desde distintas ópticas y medios sociales e intelectuales, en tanto centró sus acciones sobre los negros e hispanos, tanto Giuliani como George Kelling, coautor con James Q.Wilson de la obra “The Broken Windows: The Police and the Neighborhood Safety”, dicen que “la tolerancia cero es una tergiversación” de sus planteamientos originales.
De manera semejante a como Giuliani y Kelling se distancian de una expresión que les parece poco acertada, el gobierno del Distrito Federal, cuando contrató en 2002 a la oficina del ex alcalde neoyorkino, escribió que en su programa policial “la esencia del concepto, no es la intolerancia, sino la confianza”.
Sobre tal estrategia, Arroyo agrega que “es una ideología del delito que abreva de principios morales y despliega una serie de conocimientos criminológicos de carácter gerencial. Tiene como objetivo demostrar que los índices delictivos pueden ser reducidos demostrando que los
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argumentos de las teorías criminológicas convencionales –que consigna como causas de la delincuencia a factores estructurales como la pobreza, el desempleo o la estructura demográfica de la población– son erróneos y de carácter ideológico”.
Cuando el entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, contrató a Giuliani, además de padecer agrias y abundantes críticas de tirios y troyanos, uno de los argumentos académicos mas no políticos en su contra fue que tal propuesta nacía en un contexto cultural, social y político muy distinto al mexicano. Al margen de que los delitos fueran de la misma índole en la Urbe de Hierro o en la Ciudad de los Palacios, había enormes diferencias en los marcos jurídicos, las tradiciones cívicas, las condiciones laborales de los policías y en la participación de la ciudadanía.
A simple vista y tomando en cuenta las estadísticas de la delincuencia en la capital mexicana, el crimen no parece haber cedido gran cosa a pesar de la “tolerancia cero”. En Mazatlán, el alcalde López Sánchez, sin los pruritos ni sutilezas de los gobernantes capitalinos, adoptó sin más ni menos una especie de remedo de la “tolerancia cero”.
En escasos cuatros días, han proliferado las multas y las colas en la oficinas de tránsito para tramitar licencias, tenencias, engomados, placas. De primera impresión, esto demostraría un buen inicio del programa, pero muchos ciudadanos no lo ven como una medida para disminuir la ilegalidad, la delincuencia o, por lo menos, los accidentes de tránsito. Dicen, mientras hacen sus trámites en las oficinas, platican en los autobuses o en los jardines de la ciudad, que la medida obedece sólo a la intención de “jalar” dinero para las arcas del Ayuntamiento. Otros, quizá menos, ven positiva la medida. La mayoría no cree en ella y se imaginan o ven a los policías de tránsito con más dinero en los bolsillos como fruto feliz de su bondad para perdonar multas.
No es la primera vez que, en Sinaloa y en otros estados de México, se intenta meter a los conductores en cintura. Ha habido múltiples campañas. La cultura cívica mexicana es pobre, y la vial es paupérrima. Ante ella, todos los programas y todas las estrategias han fracasado. A corto plazo algunas funcionan pero a largo ninguna.
La ausencia
Diego Valadez, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, en 2006 dijo que en Sinaloa el Estado no había sido rebasado.
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De ser así, dijo, “aceptaríamos que el Estado sería el narcotráfico. Si hay un poder superior al del Estado, ese es el propio Estado”.
Habría que preguntar a Valadez si en el 2008 seguía pensando igual ante la fuerza que ha mostrado el crimen organizado; aunque en términos conceptuales, en efecto, el Estado no ha sido rebasado por una fuerza externa porque aquél es mucho más que el representante del uso legítimo de la violencia. En esta dimensión, el Estado ha sido superado por la violencia del narco, pero las funciones de aquél abarcan muchos más campos que el uso autorizado de la fuerza. Por ello no es posible decir con rigor conceptual que el narco ha rebasado al Estado. Lo que sí se puede afirmar es que, sobre todo después del 9 de mayo de 2008, en materia de seguridad, hay incapacidad, descuido o indolencia gubernamental. Simbólicamente, la representación más evidente de eso es la desaparición pública del Gobernador.
Lo anterior se agrava porque las patrullas militares y policiales circulan por Sinaloa pero no hacen sentir la presencia del Estado, salvo para amedrentar a la población civil. Si la ausencia pública del Gobernador fuese para eludir las preguntas incómodas de la prensa no habría mayor problema, pero el asunto va más allá de una táctica elusiva; tiene que ver con el reconocimiento tácito de que no tiene con qué enfrentar un poder que lo supera. Y más grave es que el Poder Ejecutivo Federal tampoco ha demostrado que puede contra ese poder fáctico.
La ventaja que tiene Calderón sobre Jesús Aguilar Padilla es que él no tiene que enfrentar a diario preguntas relacionados con muertos, balaceras e inseguridad. Si el Distrito Federal tuviera la cantidad de muertes violentas que padecen Chihuahua y Sinaloa, más del 65% de todas las muertes de ese tipo en el país, ni Marcelo Ebrard ni Felipe Calderón sabrían cómo enfrentar a los medios y la presión ciudadana. En materia de seguridad, la incapacidad entonces, tiene que ver con cierta forma de ausencia de los poderes a nivel municipal, estatal y federal.
Esta ausencia del Estado para combatir al crimen organizado aunque sepa cumplir con otras funciones de corte administrativo, educativo, social, cultural, coloca al gobierno estatal en crisis porque es quien representa la legalidad y la legitimidad. Y si el Estado pierde el monopolio de la violencia y su legitimidad para usarla, estamos ante la indefensión total, y postrados ante los poderes fácticos. Cuando el Estado pierde el monopolio legítimo de la fuerza presenciamos una crisis de poder. ¿Quién duda que, en Sinaloa, el uso monopólico de la fuerza no lo tiene el Estado? Pero pese a la violencia y la ausencia pública del
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Gobernador, Sinaloa no desmaya, ¿porqué? La gente sigue trabajando, porque otras funciones del gobierno siguen su marcha, porque las empresas, a pesar de dificultades crecientes, continúan produciendo. Es decir, hay un ausentismo público del gobernador, que la sociedad critica, pero nadie se queda cruzado de brazos.
Es cierto que no han surgido aun grandes iniciativas y movilizaciones para reclamar, como sociedad civil, al crimen organizado por la violencia que ha desatado, pero a la larga las actividades más efectivas para disminuirla sólo pueden provenir de esa sociedad civil; de mujeres y hombres y niños y niñas, como los que se manifestaron el último domingo de agosto de 2008 en Culiacán, como los que lo volvieron a hacer el siguiente miércoles y han prometido que lo seguirán haciendo en los subsiguientes días. Así ha sido en Colombia y en el sur de Italia, y así tendría que ser en Sinaloa.
La lucha de la sociedad civil contra la violencia del narco es muy distinta a la del Estado o la que éste debería hacer. La sociedad civil no utiliza la violencia, no usa las armas, no recurre a la fuerza, ni siquiera a la política. Sus únicos argumentos son la razón, la ética, la voluntad y la organización. El domingo10 de mayo de 2008 se manifestaron menos de mil personas en las calles de Culiacán, insignificancia si la comparamos con los cientos de miles que lo hicieron en el DF en 2005, cuando la delincuencia que azotaba a la capital parecía llegar a límites insuperables, pero paradójicamente ese puñado de gente ha dejado una lección moral.
Su enseñanza moral, siendo ejemplar y sencilla a la vez, no pudo ser entendida por el coordinador general del Consejo de Seguridad Pública de Sinaloa, Carlos Morán Dosta. Este funcionario fue incapaz de descifrar el inteligente y generoso mensaje de los manifestantes: no queremos más muertos, sean de donde sean. Esta es la lección ética de la sociedad civil: no queremos que nadie muera más por causas violentas.
La carta cívica está dirigida tanto a los gobernantes como al crimen organizado. ¿Es utópico el mensaje que empezó a navegar el domingo pasado? Sí lo es. No hay nada más utópico que luchar contra la violencia con la no violencia. Pero la sociedad civil sólo lo es siendo no violenta. Su única estrategia es la no violencia.
En su momento, la sociedad civil se convertirá en ciudadanía electora. En esa encrucijada, tanto en 2009 como en 2010, hará su juicio en la distribución de responsabilidades públicas. No sabemos cómo la ciudadanía va a enjuiciar la violencia. No sabemos si la violencia va a gravitar en la conducta electoral de los ciudadanos. Pero si va a contar, el
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Gobernador Jesús Aguilar Padilla tendrá que ir sacando cuentas de su ausencia pública. Tendrá que preguntarse si huir es más redituable que aguantar las preguntas incómodas y desafiantes de los reporteros.
No hablemos de la obligación moral del Gobernador de dar la cara en estos días aciagos para los habitantes de Sinaloa; hablemos de la eficacia política de tal conducta. Ninguna estrategia mediática es más eficaz, y sobre todo genuina, que pararse en persona ante los deudos, ante los ofendidos, ante los sufrientes, ante los agraviados. Un gobernante debe correr el riesgo de ser ofendido y no eludir los reclamos ciudadanos.
Jesús Aguilar Padilla no puede volver a esquivar la presencia pública, ya no tan solo por él, su gobierno y su partido, sino por lo que queda de estabilidad en el estado. No se puede gobernar a distancia. A sabiendas de que el gobernador se oculta, la confianza ciudadana se debilita y aumenta la de quienes desafían al Estado. A pesar de todo, los ciudadanos de a pie hacen el milagro de que Sinaloa no sucumba. Siguen sacando a sus familias adelante. Con gobernador ausente, soldados y policías por todos lados, narcos que se pasean por su casa, pero los sinaloenses, aun atemorizados, cargan al Estado sobre sus hombros.
Felipe Calderón y la soberanía nacional
”Padre Celestial y Muy Amado: envía tus ejércitos celestiales, tus armas son más poderosas que las de ellos, protege al ejército mexicano y sus habitantes, que no haya más muertes de quien está luchando por la paz de nuestro México. Perdónanos por la frialdad de nuestros corazones, por no haber respaldado nuestro país desde tiempo atrás. Danos la oportunidad de interceder por nuestro pueblo, de poder ver el fruto de nuestro verdadero avivamiento. Oh Jesús, respóndenos, haz volver a Sinaloa y todo México hacia ti, para que sepan que tú eres Dios y que vuelves su corazón hacia ti. Haz descender fuego del cielo en nuestros corazones, trae juicio sobre el narcotráfico, secuestro, prostitución, etc. Si le respondiste al profeta Elías, respóndenos igual, mediante el poder y la gracia de tu bendita sangre, Jesús. Amén.”
Esta oración la propagaron a través de internet grupos de cristianos de Culiacán a inicios del gobierno de Calderón. Los grupos cristianos del país se sumaban a la prédica contra la violencia del narco. La oración parece al mismo tiempo un apoyo al presidente y al Ejército, pero más que nada tiene un aroma de preocupación por lo que sucede en el país y en especial en Sinaloa. Es en este contexto y cómo enfrenta el gobierno a la violencia, Calderón reclamó que se exija que México combata el narcotráfico y que, a cambio, se pretenda su subordinación al Tío Sam.
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Recordó el presidente: “La batalla que está librando México todos los días cobra la vida de policías mexicanos, no obstante que la mayoría de los consumidores son americanos”. Añadió que “el problema del narcotráfico, que ha sido el origen y sigue siendo la principal causa de la violencia fronteriza, obedece fundamentalmente a un hecho clave: el mercado americano de drogas es el más grande del mundo”.
Al mismo tiempo que se ha agudizado la violencia del narco en México, en Estados Unidos se ha incrementado la persecución de inmigrantes mexicanos, pero el presidente no ha reaccionado con la misma energía en ambos casos; es más, se ha desatendido del asunto de los migrantes mexicanos sin documentos. ¿Por qué dice el gobierno mexicano que el problema del narcotráfico tiene que ser enfrentado por estrategias comunes y el de la migración no?
El problema de reconocer que los dos países comparten realidades comunes tiene que ver con las rasgos clásicas de los Estados, como el de soberanía. La redefinición de la soberanía del Estado en la era de la globalización es un proceso accidentando y sujeto a negociaciones, si no es que a enfrentamientos. Los Estados clásicos no cedían ni una sola parcela, al menos jurídicamente, de su soberanía. En su territorio decidían sus ciudadanos y el Estado. Cualquier injerencia externa mancillaba o debilitaba la soberanía. Sin embargo, esta concepción del Estado se fue modificando a lo largo del siglo XX y más después de la Segunda Guerra Mundial. Con el surgimiento de organismos internacionales, como la ONU y otros, los Estados empezaron a ceder espacios soberanos y con la incidencia de la globalización económica, las transnacionales debilitaron aun más las viejas concepciones. Los acuerdos comerciales multinacionales han sido uno de los últimos empujones en la transformación de las soberanías nacionales clásicas.
El gran problema en este cambio societario, radical en muchos sentidos, es que los países ricos con sus enormes empresas han salido ganando, y los países pobres y los asalariados han salido perdiendo. El problema es mayor cuando los titulares de los Estados nacionales que no son ricos se subordinan a los que sí lo son de manera unilateral. Que esto suceda o no, no es solo un asunto de correlación de fuerzas políticas y económicas, sino también de cercanías o distancias ideológicas. Si la ideología de los gobiernos coincide con la de los gobiernos de los países centrales, entonces será más fluida la pérdida de soberanía. Esto ha sucedido con los gobiernos mexicanos de los últimos 26 años, aunque, tal y como han revelado en sus investigaciones Sergio Aguayo y LoreMeyer, la mayoría de los presidentes priístas, hasta Luís Echeverría, trabajaban muy de cerca con los jefes de la CIA estacionados en México.
El tejido entre Estados Unidos y México es de larga data y de largo alcance, y por si fuera poco tiende a extenderse y profundizarse, pero el Estado mexicano tiene que pelear más por negociar y establecer acuerdos menos vulnerables para los intereses nacionales. No puede ceder sin llevarse algo sustancioso a cambio. No puede dejar que Estados Unidos solo, por ejemplo, decida qué hacer con los inmigrantes mexicanos sin documentos. Ellos necesitan fuerza de trabajo no calificada abundante y barata que México y otros países le brindan. Por lo mismo, habrá que exigir a EU que negocie el estatus migratorio de los trabajadores sin documentos con México y otros países del continente. Entre los presidentes de origen priísta fue común la retórica nacionalista que disfrazaba políticas entreguistas. Vicente Fox no necesitaba ocultar nada porque su inclinación ante Estados Unidos era de corazón. Con Felipe Calderón, aunque tiene preferencias marcadas por las empresas españolas, tal y como lo demuestra la conferencia de Antonio Solá, el creador de los comerciales políticos de la campaña del PAN en 2006, es difícil esperar una política exterior sólida y autónoma que defienda los intereses de las mayorías mexicanas; es decir, las que dice la Constitución.

Desafiar mata
Por: Salvador Camarena

Aunque es pronto para considerarlo ya una tendencia consolidada, la reciente eliminación del narcotraficante Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén nos obliga a preguntarnos si hemos llegado a un punto donde se puede decir que el Gobierno mexicano podría comenzar a reclamar para sí un poco más de respeto de aquellos que le desafían, o atenerse a las consecuencias.

La muerte el viernes 5 de noviembre pasado del jefe del Cártel del Golfo se da menos de doce meses después de que la Marina Armada de México eliminara a Arturo Beltrán Leyva, y a escasos 100 días de la caída, también a balazos pero esta vez del Ejército Mexicano, del prominente líder del Cártel de Sinaloa, Ignacio Coronel. Si a eso se suma la captura de Edgar Valdez Villarreal, mejor conocido como La Barbie, tenemos que en menos de un año hay cuatro capos menos, tres de ellos muertos.

Algunos aseguran que estos cuatro golpes se deben en buena medida a que han madurado los sistemas de inteligencia, información y herramientas que habrían servido para localizar a esos capos. Pero los operativos, lo que se ha sabido de ellos y los destrozos que quedan tras los mismos, dejan ver además otra cosa: la decisión de avasallar.

Distintos especialistas cuestionan la rentabilidad de estos golpes. Será sustituido rápidamente por otro cabecilla, alegan unos. No reduce la violencia, e incluso -como lo han reconocido los propios estrategas- la exacerba. Sin desestimar las alternativas que se proponen para que la guerra anticrimen sea menos cruenta y más efectiva, el descabezar cárteles pudiera constituir un golpe de ánimo que en algo contrarreste la fuerza de las voces de quienes no ven que el gobierno pueda eventualmente imponerse.


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